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“Joseph Ratzinger será recordado como uno de los mayores teólogos del siglo XX”

En “Benedicto XVI, el Papa de la modernidad”, Jaime Antúnez se sumerge en una figura clave del siglo XX. “Una luz en los tumultuosos años ochenta. Una seguridad en todo lo que sigue en la vida”, precisa Antúnez (por Mario Rodríguez Órdenes)

Jaime Antúnez Aldunate es presidente de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.

Pensemos o no como él, Jaime Antúnez Aldunate (Santiago, 1946) ha sido un faro en la intelectualidad chilena. Acaba de publicar “Benedicto XVI, el Papa de la modernidad” (Ediciones UC, 2023) un libro necesario en el complejo mundo de hoy. Presidente de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales, accedió a conversar con Diario Talca.

Jaime Antúnez Aldunate es presidente de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales. Doctor en filosofía por la Universidad de Navarra. En su vasta trayectoria destacamos que fue editor del Suplemento Artes y Letras de El Mercurio, entre 1980 y 1995 y fundador y director de la Revista Humanitas de la UC, entre 1995 y 2018. Entre sus libros: “Para comprender un fin de siglo” (1988) y “Crónicas de las ideas” (2001) han sido señeros para el intercambio de ideas.

Jaime, la profunda amistad intelectual que usted tuvo con Joseph Ratzinger, ¿qué significó en su propio pensamiento?

“Una luz en los tumultuosos años ochenta. Una seguridad en todo lo que sigue de la vida adelante”.

Lo conoce antes de que fuera Benedicto XVI. ¿Cómo fueron esas circunstancias?

“En febrero de 1987 tuve la oportunidad de entrevistar al cardenal Ratzinger, cuando era brazo derecho del Papa Juan Pablo II y regía la prefectura de la Doctrina de la Fe. Fue antes del viaje del Papa polaco a Chile. Un encuentro muy deseado tanto por mi como por el diario El Mercurio que dio lugar a unas declaraciones muy importantes y clarificadoras. Este documento se reproduce en la segunda parte del libro y sugestiva y también objetivamente se tituló ‘En el núcleo de los problemas actuales’”.

¿Qué lo atrajo de su personalidad?

“La extraordinaria y armónica combinación de humildad y verdad en una persona de tan alto rango. Lo primero hacía que, en su presencia, por muy inferior jerarquía que tuviese cualquier interlocutor, éste estuviera siempre cómodo y a gusto. Lo segundo, es que era admirable su conocimiento de los temas que le concernían, así como la claridad y sencillez con que los exponía”.

¿Qué momento de especial cercanía con él recuerda?

“Diversos, pero mayormente con el pasar de los años. Por ejemplo, en su retiro, como Papa emérito, en el jardín vaticano cercano a su casa, en mayo de 2016, donde me invitó a visitarlo, desarrollándose una conversación entrañable que relato en mi libro, la última que tuve con él. También antes que eso, cuando en 1996 apareció revista Humanitas en que con mucha atención y cercanía me aconsejó acerca de la dirección de esa publicación, de algunos cuidados, de ciertos énfasis, todo con gran espíritu de libertad”.

Siendo editor de Artes y Letras de El Mercurio le dio espacio al pensamiento de Joseph Ratzinger. ¿Qué importancia tuvo esa difusión en el ámbito de la lengua española?

“Ese espacio fue siempre muy valorado por él y por su equipo de colaboradores como un vínculo o puente con el pueblo chileno y el mundo latinoamericano, que estuvo siempre en sus preocupaciones y en su corazón”.

Después lo respaldó en la Revista Humanitas de la que usted fue editor. ¿Cómo se fue articulando ese intercambio intelectual?

“Decir que ‘lo respaldé’ puede sonar un poco mucho… Más preciso sería decir que ‘me hice eco’. El Cardenal Ratzinger y luego Benedicto XVI estuvo siempre atento a prestar un apoyo decidido, de muy diversas maneras. Publicando en la revista, desde luego, citando la revista, convocando al director o a personas del comité editorial a importantes areópagos en el mundo que hacían internacionalmente conocida la tarea de Humanitas”.

Joseph Ratzinger no pudo escapar a su época. ¿Como lo marcó la barbarie nazi?

“Fue un drama para él y su hermano que, como tantos jóvenes adolescentes, tuvieron que dejar sus estudios ya encaminados a la vida religiosa o sacerdotal, siendo obligados a vestir uniforme militar y movilizarse al frente”.

¿Qué relevancia tuvo en su formación que haya realizado su tesis doctoral en San Agustín?

“Impulsado a ello por su maestro de estudios en la Facultad Teológica de la Universidad de Múnich, descubrió en lo personal una hondura en la fe que siempre ha agradecido a San Agustín. En el plano eclesial, desarrolló el concepto de Iglesia como ‘pueblo de Dios’, dando nuevo vigor en la teología de la Iglesia (eclesiología) al vínculo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, fortaleciendo el cauce de una eclesiología que prevaleció en el Concilio Vaticano II”.

Podría extenderse a qué alude Joseph Ratzinger cuando señala que: “El problema fundamental de nuestro tiempo es la verdad de nuestro encuentro con el Dios vivo”.

“Como explica el mismo cardenal Ratzinger en entrevista realizada en la Navidad de 1993 y publicada en el libro con el título ‘Primacía de la pregunta sobre Dios’, hay siempre que tener presente que ‘allí donde el cristianismo se reduce a la moral, muere precisamente como fuerza moral’. Pues la fuerza moral de la fe está ligada a la verdad de nuestro encuentro con el Dios vivo. El problema no radica por lo tanto en un moralismo. Sino que, en algo más hondo, como es la prescindencia de la cuestión de la verdad, que tiene como consecuencia, según las palabras textuales de Ratzinger, que ‘liquida la norma ética’. La reducción del cristianismo a una entidad moral fue característica del Estado enciclopedista en los siglos XVIII y XIX, cuando se le medía por su utilidad para el Estado, la educación y el funcionamiento de la vida social. Las realidades más profundas -la fe divina y trinitaria, la salvación por Jesucristo, la gracia, etcétera- se consideraban cuestiones inútiles. Esa tentación persiste y es más común de lo imaginado, entre los mismos católicos.

El tema central que enuncia la pregunta suya radica en la verdad, a la cual consagró su vida Benedicto XVI, quien ya en su escudo episcopal inscribió el motu Cooperador de la verdad. Como dice él en su entrevista realizada para El Mercurio en julio de 1988, ‘si no sabemos lo que es verdad, tampoco podemos saber lo que está bien y ni siquiera si existe el bien en absoluto; el bien -en ese caso- es reemplazado por ‘lo mejor’, vale decir, por el cálculo de las consecuencias de una acción… el bien se ve desplazado, favoreciéndose lo útil en su reemplazo’.

Resulta notorio que ese ‘utilitarismo’ es equivalente en el plano moral al ‘relativismo’ y se relaciona directamente con la famosa denuncia que formuló Ratzinger en la homilía de la misa antes del conclave que lo eligió Papa, en abril del 2005: ‘se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y deja como medida sólo el propio yo’”.

¿Cuáles fueron las tareas como perito de Joseph Ratzinger en el Concilio Vaticano II?

“Fue nombrado en esa condición de ‘perito teológico’ a solicitud del gran cardenal Franz König, arzobispo de Colonia, que lo llevó como su asesor personal al Concilio. Allí conoció, siendo muy joven, a teólogos eminentes de su tiempo, mayores en edad, como De Lubac, Danielou, Congar. En sus ‘Obras Completas’ se consignan cantidades de escritos suyos que a diario elaboraba para los ‘esquemas’ que discutían los padres conciliares en el aula. Jared Wicks S.J., que estudió las contribuciones de Ratzinger al Concilio, atribuye claramente a su pluma el n.10 de la Constitución Gaudium et spes”.

¿Qué implicancias tuvo que haya sido la mano derecha de Juan Pablo II?

“Voy a recordar algo especial. Cuando aquel Papa recibió por primera vez a Don Luigi Giussani y al grupo de ‘Comunión y Liberación’ -en un almuerzo con ellos en Castelgandolfo- al salir a la plaza, frente al palacio de verano, los invitados (entre los cuales estaba el futuro Cardenal Scola) fueron abordados por la prensa. Explicaron que Juan Pablo II había comentado la situación mundial, las tensiones de la guerra fría, los peligros que vivía la Iglesia y había dicho, con estas palabras, algo que a sus interlocutores impresionó y entonces revelaron: ‘¡Nos sentimos protegidos por el Cardenal Ratzinger!’ Corría el año 1985, quizá, y no hacía aun cinco años que Ratzinger estaba en Roma como prefecto en la Congregación de la Doctrina de la Fe”.

¿Cuál es la relevancia de Joseph Ratzinger como teólogo?

“Junto con Von Balthasar y De Lubac, Joseph Ratzinger será recordado como uno de los mayores teólogos del siglo XX”.

¿Qué diferencias tiene Joseph Ratzinger con la denominada Iglesia de Liberación, tan potente en América Latina?

“Hay que leer sus dos Instrucciones cuando era prefecto de la Doctrina de la Fe, ‘Libertatis nuntius’ y ‘Libertatis conscientia’, publicadas ambas por encargo de Juan Pablo II en 1984 y 1986, respectivamente. Se encuentran en internet traducidas”.

¿Cómo encaró Benedicto XVI el problema de la pederastia en la Iglesia?

“No hace mucho el Papa Francisco se refirió a su antecesor, Benedicto XVI, como el firme iniciador de la lucha contra los abusos sexuales cometidos por personas consagradas, que incluyen la pederastia. De hecho, fue a él, antes de su elección papal, siendo cardenal prefecto de la Doctrina de la Fe, a quien llegó el primer gran escándalo, de connotación internacional, concerniente al fundador de los Legionarios de Cristo. Era el final de Juan Pablo II, ya muy enfermo, y Ratzinger se hizo cargo: radicó en ese dicasterio que dirigía la revisión de ese y demás casos graves, que comenzaron a emerger por todas partes como un volcán en erupción. Nombrado Papa, fue sistemáticamente tomando medidas canónicas, disciplinares y estructurales para poner fin a este terrible mal, una muy dolorosa ‘traición’ como la llamó, que donde fue deploró, acompañando personalmente a las víctimas. Quien quiera con sinceridad ver el alma de Benedicto XVI crucificada por este drama pero levantándose frente a él -reanimando a sacerdotes, religiosos y familias- lea su Carta a los Católicos de Irlanda, del 19 de marzo 2010, un documento verdaderamente histórico”.

¿Y tuvo alguna intervención también como Papa emérito?

«Por último, ya como Papa emérito, es importante recordar dos momentos. Primero, su contribución a la Asamblea de Presidentes de conferencias episcopales de todo el mundo que convocó el Papa Francisco en 2018 para revisar el curso de las medidas disciplinares adoptadas, cuyo esclarecedor análisis remonta esta desgracia a la crisis cultural en Occidente durante los sesenta y a sus efectos secularizantes en la Iglesia, particularmente en los seminarios. Segundo, la contundente repuesta dada por él y sus abogados a las alevosas acusaciones de encubrimiento durante su conducción de la arquidiócesis de Múnich, en los setenta, hechas en su último año de vida. Ad perpetuam reí memoriam!»

De su pontificado, ¿cuál diría que es el sello de Benedicto XVI?

“Su vida, como su pontificado, tiene múltiples aspectos a destacar. Entre tanto, si hubiese que singularizar uno, pienso que un pontífice tan representativo de lo que significó el Concilio no es extraño que tuviese muy puesta su mirada en la celebración litúrgica y lo que a ella concierne. El Vaticano II partió con la redacción y la aprobación, en diciembre de 1963, de la Constitución ‘Sacrosanctum Concilium’ sobre la sagrada liturgia”.

Cuando fue a despedirlo a Roma, ¿qué se cruzaba por su mente?

“Que sin la masividad de los cinco millones de personas que fueron a despedir a San Juan Pablo II en abril de 2005 portando carteles que decían ‘Santo subito’ (Santo ahora), este momento sería un colofón de aquello, pero ahora en el marco de una Iglesia que había entrado de lleno en el tiempo del silencio”.

Don Jaime, su mundo intelectual ha girado en torno a las ideas. ¿Cómo aprecia el Chile actual, tan lejano a un diálogo profundo y a un reencuentro?

“Toda sociedad tiene necesidad de una sustancial cultura común para tomar decisiones fuertes y de interés general. En Chile, hasta la década de los noventa se hacían presente una cultura cristiana y una cultura ilustrada, que se combatían, pero que mostraban apreciable seriedad y universalidad.

Todo ello, a ojos vista -y no sólo en Chile- en los 30 años que van de entonces a hoy parece haber sido marginado y reemplazado por la arbitrariedad libertaria, neoliberal o como quiera llamársele. Culturas fuertes, serias, experimentadas, con raigambre y frente a ellas, o contra ellas, el gran absurdo, la nada del individualismo irracional, moralizante y a su vez olvidado de lo moral… Aquí estriba la gran fractura que nos afecta. Reducir o curar esa fractura requeriría una nueva cultura. Un futuro nuevo desarrollo exige una ‘nueva síntesis humanista’, dijo Benedicto XVI en su encíclica social Caritas in veritate”.

¿Cuál es su mirada del proceso constituyente que vive el paíss?

“Soy optimista de que al fin pueda resultar una Constitución mejor que la que tenemos. Me choca entre tanto oír a una persona con bastante recorrido político, como la ministra del Interior, hablar de ‘ese boliche’ refiriéndose al actual Consejo Constitucional, cuya mayoría su sector perdió en elecciones libres e informadas. Si no sana esa fractura que decimos, no hay caso… con la Constitución que sea”.

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