Los Platters, un grupo musical de hace demasiadas décadas, popularizó una canción que habla de alguien que finge ser lo que no es. Eso, intentar ocultar la propia naturaleza, la esencia del ser, y ponerse un disfraz con el cual se pretende aparentar ser otro, es un juego de alto riesgo. En algunas ocasiones el disfraz no consigue cubrir del todo aquello que se quiere esconder o la simulación es tan evidente, que la realidad se impone. En otras, es el propio círculo del “pretender” quien le tironea el disfraz y busca dejarlo tal cual es. Como canción, fue enormemente exitosa. Como estrategia, tremendamente azarosa. Ocultar lo que se es y fingir ser diferente, pocas veces brinda buenos resultados.
Hace unas semanas recordé el título de la canción cuando, con asombro, escuché a Jeannette Jara definir su candidatura presidencial como de “centro-izquierda”. Por un momento pensé haber escuchado mal, pero con posterioridad la definición ha sido reiterada una y otra vez, como si la repetición tuviera la virtud de convertir lo falso en verdadero. Es que yo sé, al igual que el Lector, que la memoria política de la ciudadanía es de corto plazo. Y que la comprensión lectora de los chilenos deja bastante que desear. Pero pretender domiciliarse políticamente en la centro-izquierda es, por lo menos, temerario por parte de la candidata.
La ex ministra del Trabajo inició su vida política integrando las Juventudes Comunistas a los 15 años, logrando ser miembro del Comité Central del Partido Comunista algunos años más tarde. Como representante de dicha tienda política tuvo una destacada participación como dirigente estudiantil y, más tarde, sindical. En aquellas instancias, por cierto, jamás dejó de exhibir su militancia política y, menos, las ideas que se desprenden de esta. Nunca lo hizo cuando ocupó diversos cargos durante el segundo gobierno de Michelle Bachelet. Y, tampoco, cuando fue designada ministra del Trabajo del actual gobierno en 2022. Incluso cuando fue designada candidata en las elecciones primarias del oficialismo, esas ideas estaban muy presentes en el esbozo de Programa que llevó. El problema comenzó con su triunfo en aquellas primarias. Lograr los votos de su partido, y agregar a estos un caudal de sufragios mucho mayor, se transformó en la tarea prioritaria de la candidata. Y, para lograrlo, es menester ampliar el espectro ideológico vaciado en las propuestas con que apelar al electorado.
Es por lo anteriormente dicho que la candidata ha intentado, con poco éxito, aligerar, atenuar y suavizar sus postulados. Sin banderas comunistas, sin lucha de clases, sin aborto ni expropiaciones, se pretende alcanzar el sello de la centro-izquierda. Sin extremos, que espanten, y sin propuestas que asusten, la idea ha sido rebajar unos grados al cóctel que se ofrece a la ciudadanía. Al menos esa ha sido la intención de la candidata y su comando. Sin embargo, otra ha sido la actitud de su partido. ¿Será porque el triunfo está lejano y el desperfilarse más cercano? ¿Será que Carmona, el líder comunista, no le tiene fe a su candidata y por eso, cada tanto, la pautea, la corrige y la rebate? ¿El rigor ideológico, la tenacidad dogmática y la consecuencia doctrinaria valen más que un millón de votos? Pensando en esto es que yo decía, más arriba, que hay veces en que el velo que atenúa los rasgos sustanciales del “pretender” es tironeado por los propios.
Observando la actual campaña electoral presidencial, no puedo dejar de decir que, junto a los ejes tradicionales que traspasan nuestra política, derecha-izquierda, elite-pueblo, tradición-renovación, etc., se esboza otro parámetro con que la ciudadanía medirá a los candidatos y decidirá su sufragio. La autenticidad, la coherencia, la persistencia de las ideas y propuestas, frente al oportunismo, el disfraz y la especulación ideológica. Esta no será la vez, otra vez, en que el triunfo se lo lleve el candidato más acomodaticio, complaciente o disfrazado. Esta vez, una vez al menos, la sinceridad ideológica y la honestidad doctrinaria percibida por los ciudadanos les permitirá distinguir la autenticidad de la simulación. Así, “The great pretender” volverá a ser sólo una hermosa canción y no una estrategia de campaña.
Juan Carlos Pérez de La Maza
Licenciado en Historia
Egresado de Derecho