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Entrevista: “El desafío de esta época es pasar del ego al amor”

En “Efecto Polilla en las organizaciones”, Carolina Marcone explaya un abanico de posibilidades para darle sentido a la vida, en esta época de turbulencias. “Ser coherente con uno mismo es la base”, precisa Marcone (por Mario Rodríguez Órdenes)

Carolina Marcone es empresaria, conferencista, escritora, consultora y coach.

Basta una mirada al mundo para darse cuenta que vivimos tiempos complejos y turbulentos. Pasa también en lo personal. Crece, en consecuencia, un cansancio existencial.

En “Efecto polilla en las organizaciones” (Ediciones Memoria Creativa, 2025) Carolina Marcone propone rutas para enfrentar esta situación.

Carolina Marcone (Santiago) es empresaria, conferencista, escritora, consultora y coach. Es ingeniera comercial formada en la Universidad Adolfo Ibáñez. Se dedica a la transformación personal y organizacional hace más de diez años.

 

Carolina, si compartimos que el dolor humano es una consecuencia de nuestra incapacidad de poner en el centro a las personas y de situar el encuentro entre los seres humanos por encima de intereses individuales y miedo, ¿cómo provocar el gran viraje?

“Me gusta pensar que como es adentro, es afuera. Esa incapacidad de poner al otro en el centro refleja nuestra dificultad para mirarnos a nosotros mismos, para abrazar nuestras luces y nuestras sombras. Cuando estamos desconectados de nosotros, inevitablemente nos desconectamos de los demás. El cambio comienza por aprender a ponernos en el centro, no desde el egoísmo, sino desde la certeza de que cuando uno está bien, se convierte en su mejor aporte al entorno, especialmente a quienes más ama. En mi experiencia como coach he visto muchas madres y padres que se postergan creyendo que sacrificarse por los hijos es amor, cuando en realidad —como me dijo una psicóloga tras mi separación— ‘si tú estás bien, tus hijos estarán bien’. Esa frase me cambió la vida. Ser coherente con uno mismo es la base. Cuanto más te escuchas y te conoces, más disponible estás para escuchar y comprender a otros, no desde la perfección, sino desde la humanidad: con aciertos y errores, con creencias que a veces nos alejan de quienes realmente somos”.

 

El mundo está en peligro, ¿qué plazo tenemos para hacer el gran cambio?

“El peligro somos nosotros mismos si no decidimos cambiar. La buena noticia es que cada vez más personas están recorriendo su camino espiritual, y eso tiene un efecto real. Según el Dr. David Hawkins, creador del Mapa de la Conciencia, la energía de una persona no es lineal: cuando alguien ‘vibra sobre 200’, está actuando desde el coraje y la integridad, y su nivel de conciencia ayuda a elevar la energía de miles de otras personas. En esa escala, 500 representa el nivel del amor y 600 el de la paz interior. Por eso, cada transformación individual contribuye al cambio colectivo. No se trata de salvar al planeta, sino de elevar nuestra propia frecuencia. El desafío de esta época es pasar del ego al amor. Estar sobre 200 es estar en acción consciente; sobre 500, en amor. Cuantas más personas vivan desde ahí, más rápido evolucionará la humanidad”.

 

¿Qué factores favorecen a Chile para alcanzarlo?

“Somos un país pequeño, y eso puede jugar a favor. Venimos de años de desgaste político y cansancio colectivo, pero también con la memoria de haber sido un país que se sentía seguro, solidario y capaz. Chile ha demostrado que en los momentos críticos elige bien. Creo que necesitamos un proyecto país sostenido en el tiempo, más allá del gobierno de turno, con foco en el bien común y visión de largo plazo.

Hoy, la ciudadanía está más despierta, menos tolerante a las malas prácticas, y eso impulsará cambios profundos. Lo vimos recientemente con la intervención de la Contralora en ENADE: el país está exigiendo coherencia y transparencia”.

 

¿Cuándo se da cuenta usted de la necesidad del gran cambió?

“Antes del estallido social, cuando hacía clases en la universidad, percibí un profundo descontento en los jóvenes. Estaban cansados de un sistema obsoleto, sin propósito. En paralelo, en las organizaciones veía lo mismo: personas desmotivadas, con la sensación de que su trabajo no tenía sentido. Eso cambió las reglas del juego. Las comunidades empezaron a tener voz y poder real. Las empresas entendieron que la coherencia se volvió un requisito, porque todos las observan en tiempo real. Internet y las redes sociales democratizaron la información, pero también trajeron un nuevo riesgo: si no sabemos filtrar, podemos ser fácilmente manipulados. Por eso hoy la clave no es solo acceder a información, sino desarrollar criterio y conciencia”.

 

Fuera de Gonzalo Menichetti, ¿quiénes han sido claves para ayudarla a comprender?

“He tenido la fortuna de trabajar con muchas personas que confiaron en mí y fueron parte de mi aprendizaje. Mi socia Claudia Barros, cofundadora de PolillaHub y docente del MBA de la UC, ha sido fundamental. También José Tomás Ruano del Banco Santander. Gonzalo Menichetti me contactó tras una charla en la Cámara Chilena de la Construcción, y gracias a eso trabajé cinco años con Grupo Patio. Más atrás, en la UAI, tuve la oportunidad de dirigir el Centro de Negociación inspirado en la biología del amor de Humberto Maturana, junto a Carlos Sanhueza, Jaime García y Branislav Babaic. Y más recientemente, Maurice Khamis (MK). Fue primero mi ‘coach’ y luego cliente. Una vez, su hijo me envió un mensaje diciendo que necesitaba más estructura. En ese momento dolió, pero fue el impulso para sistematizar mi trabajo y convertirlo en el método que hoy comparto en mi libro. Al final, crecemos por las personas que confían en nosotros, y también por quienes nos confrontan con verdades que impulsan nuestra evolución”.

 

¿Y qué libros han sido decisivos?

“Muchos. Soy lectora incansable. Me han marcado, por ejemplo, los trabajos de Humberto Maturana, Joe Dispenza, David Hawkins, Tony Robbins y Sri Sri Ravi Shankar. Estudio mucho y practico algo que llamo politomancia: buscar respuestas en los libros. Creo profundamente que la sabiduría está disponible para quien la busca con conciencia”.

 

Carolina, si las formas actuales de entender los negocios y el trabajo están obsoletas, ¿qué pasos se pueden dar para orientarnos en el cambio?

“Por eso nació Efecto Polilla. Es una guía práctica para acompañar a las personas y a las organizaciones en este proceso. La primera parte explica el contexto global del cambio; la segunda, cómo ocurre una transformación organizacional con un sistema de gestión simple y humano; y la tercera, cómo cada persona puede empoderarse a través de su talento único. Mientras más claro tienes quién eres y cuál es tu aporte, más fácil es movilizarte y movilizar a otros. Ese es el corazón del método: facilitar la evolución con sentido y coherencia”.

 

¿Qué sucede en regiones, como el Maule, que tienen un ritmo de vida más pausado?

“La pausa es una aliada. La transformación no depende de la velocidad, sino de la profundidad. En regiones, donde las redes son más cercanas, el cambio puede darse incluso más rápido si se conecta con las personas correctas”.

 

¿Qué es lo que llama usted Efecto Polilla?

“El Efecto Polilla es la capacidad que tiene cada persona de polinizar conciencia en otros. Así como las polillas viajan hacia la luna en la noche y son las grandes polinizadoras del mundo, cada ser humano tiene un talento único esperando ser descubierto y puesto al servicio de los demás.

Pero muchas veces nos perdemos tras ‘falsas luces’ —miedos, creencias o distracciones— que nos alejan de nuestro propósito. El libro invita a reconocer ese talento y usarlo para iluminar con sentido y contribuir a la evolución colectiva”.

 

¿Tiene confianza en un mundo más humano?

“Totalmente. Trabajo todos los días por eso. Ya comprendimos la importancia de la conciliación trabajo-familia, del deporte, de la creatividad, de la naturaleza y de la inclusión. Todo esto está gestando un nuevo tipo de ser humano, más coherente con su esencia. Como decía Humberto Maturana, somos el ser que ama al que ama. Cuando vivimos desde esa biología del amor —donde respeto, empatía y colaboración son la base—, surge la verdadera salud social y mental. El reto no es aprender algo nuevo, sino recordar quiénes somos realmente”.

 

Los años de neoliberalismo, ¿nos tienen atrapados en el mundo que queremos dejar atrás?

“Sí. El neoliberalismo nos enseñó a ver al individuo como unidad de producción y no como parte de un sistema vivo. Nos desconectó del propósito común y del sentido humano del trabajo. Hoy estamos viviendo el agotamiento de ese paradigma: exceso de competencia, pérdida de sentido y vínculos fragmentados. El sistema se agotó porque se basó en la luz del ego, no en la del alma. El desafío es pasar del ‘yo compito’ al ‘yo contribuyo’”.

 

¿Qué rescataría del neoliberalismo?

“Me gusta decir que uno no puede conocer la alegría sin haber conocido la tristeza. El neoliberalismo fue una etapa necesaria para aprender. Valoro su impulso inicial: la confianza en la libertad y la iniciativa individual.

El error fue confundir libertad con aislamiento.

Si logramos integrar esa autonomía con responsabilidad colectiva, podemos construir un modelo más completo: personas libres pero conscientes, empresas eficientes, pero con propósito, mercados abiertos pero guiados por valores. El futuro no niega el neoliberalismo, lo trasciende”.

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