En “La Música de los domingos por la tarde”, Gonzalo Garay busca el equilibrio que permita encarar la fragilidad del mundo actual. “La democracia madura no se construye sobre trincheras, sino sobre acuerdos que duelen. Así de simple, así de difícil”, precisa el autor (por Mario Rodríguez Órdenes)

El escritor y exjuez, Gonzalo Garay Burnás publica su nueva novela, “La música de los domingos por la tarde” (Editorial Trayecto, 2025).
Una historia oscura, íntima y potente que indaga en los márgenes de la moral, la locura y la redención, con una narración que incomoda, interpela y seduce. Narrada en primera persona por Nicolás, un joven escritor chileno, la novela comienza con su retorno a Concepción tras un caótico período en París.
Allí se convierte en aprendiz en una pastelería dirigida por Bastián, un personaje tan carismático como perturbador, que droga a sus clientes y utiliza ingredientes humanos en sus recetas.
Gonzalo Garay Burnás (Concepción, 1973) es abogado. Ejerció la judicatura civil y penal en las ciudades de Chillán y Temuco hasta el año 2015. También ejerce la docencia. Entre sus libros destacamos “El sueño de los justos” (2021) y la novela “Vicente” (2020).

Gonzalo, esta notable novela muestra los inquietantes tiempos que vivimos. ¿Refleja la oscuridad humana, la soledad?
“Sí, absolutamente. Refleja la oscuridad humana, pero no desde el lugar común del pesimismo, sino desde esa penumbra cotidiana que todos hemos aprendido a domesticar.
los que uno guarda bien doblados en el clóset. Y claro, también habla de la soledad, esa compañera fiel que en estos tiempos inquietos ya no necesita ni pedir permiso para entrar.
Vivimos una época de contradicciones: hiperconectados y profundamente solos, informados hasta el hartazgo y cada vez más incapaces de mirarnos a los ojos. Lo inquietante no es la oscuridad en sí, sino lo cómodos que nos hemos vuelto dentro de ella. Y ahí nace la literatura: cuando se entiende que la sombra no es un fenómeno exterior, sino un reflejo interno que se parece demasiado a nosotros mismos”.
Nicolás, uno de los protagonistas, no puede escapar a la fragilidad humana. ¿Qué le puede dar sentido a su vida?
“Nicolás es frágil porque es humano, y eso ya es una condena bastante democrática. Lo interesante es que él no busca un sentido grandilocuente para su vida; quiere algo más terrenal, más incómodo: quiere comprenderse. Y eso, para cualquiera, es una empresa casi épica.
A Nicolás el sentido no lo salva; lo provoca. Lo encuentra en la escritura, en ese acto medio insensato de sentarse a mirar lo que uno quisiera evitar. Él escribe no porque tenga respuestas, sino porque escribir le permite sostenerse de pie mientras el resto tambalea.
¿Qué le da sentido? Lo mismo que a muchos de nosotros: la posibilidad de agarrar el caos con las manos y ordenarlo aunque sea por un rato. La música de los domingos por la tarde —esa banda sonora interna que suena cuando todo parece derrumbarse— le recuerda que incluso en la fragilidad hay un pulso, un ritmo, algo que insiste en seguir vivo.
También está Bastián, ese vértice peligroso que lo obliga a mirarse sin filtros. Porque a veces el sentido llega disfrazado de tentación, de error o de abismo. No siempre viene en envase celestial”.
¿Y la escritura?
“La escritura, para Nicolás —y también para mí— no es un pasatiempo ni un oficio ordenado: es una forma de sobrevivencia. Escribir es ponerle nombre a lo que te persigue cuando apagas la luz. Es enfrentar el ruido interno y convertirlo en algo legible, aunque a veces duela más de lo que alivia.
La escritura es peligrosa porque te obliga a decir la verdad incluso cuando no te conviene. Y también es liberadora, porque te permite recomponer el mundo con tus propias manos, aunque ese mundo esté hecho de trozos rotos.
En la novela, la escritura no es un recurso narrativo, es una enfermedad benigna, una fiebre necesaria, un trance que le permite a Nicolás seguir respirando cuando la realidad se pone áspera. En estos tiempos, como los nuestros, tan llenos de consignas y pobres en reflexión, escribir es casi un acto de rebeldía. Es detener la máquina para pensar. Y eso, créeme, hoy es más subversivo que nunca”.
¿Qué excesos se pueden cometer cuando no se le da un sentido a la vida?
“Cuando la vida no tiene sentido, los excesos no son un accidente: son una especie de refugio improvisado. Adicciones, relaciones tóxicas, fanatismos, ideologías de catálogo, causas mesiánicas: todo sirve con tal de no escuchar el eco interior. La historia está llena de sociedades que, al perder su horizonte, se entregaron a fanatismos ridículos o promesas milagrosas. A nivel personal pasa lo mismo: se confunde intensidad con profundidad, vértigo con libertad, euforia con felicidad. Nicolás cae en varios de esos excesos porque busca anestesiar su fragilidad en vez de comprenderla. Es humano, nos pasa a todos. El peligro no está en el exceso mismo, sino en la ilusión de que puede reemplazar al sentido. Cuando deja de preguntarse ‘para que’, termina viviendo a punta de impulsos, como quien conduce de noche sin luces y espera que el camino se ilumine solo. Spoiler: no ocurre. Por eso la novela muestra que el mayor exceso de todos es el autoengaño. Ese sí que es letal: te convence de que estás avanzando cuando en realidad solo estás girando en círculos. Y ahí, de verdad, ni la música de los domingos por la tarde te salva”.
En el relato hay hechos históricos que han tornado más frágil a la sociedad chilena. ¿Como superar las fracturas dejadas por el 11 de septiembre de 1973?
“Las fracturas del 73 no se superan con consignas ni rituales automáticos. Se superan mirando la historia sin dogmas y sin el infantilismo político que ha dominado el debate.
Seguimos atrapados en el mismo reflejo: repetir discursos como si la historia fuera un museo. La sociedad se vuelve frágil no por la fecha, sino por la incapacidad de construir un relato común que no nazca de la culpa ni del miedo, sino de la responsabilidad. Superar esa fractura exige algo muy impopular en estos días: renunciar a la comodidad del victimismo político, reconocer que el siglo XX fue, en algún sentido, brutal para todos, y admitir que la memoria no puede seguir operando como arma arrojadiza. Si queremos avanzar, debemos cambiar la pregunta: en vez de «¿quién tuvo la razón?», preguntarnos «¿qué aprendimos? Chile no necesita olvidar el 73; necesita dejar de usarlo como coartada, y eso será posible cuando entendamos que la democracia, la democracia madura no se construye sobre trincheras, sino sobre acuerdos que duelen. Así de simple, así de difícil”.
El encuentro de Nicolás con Bastián también es perturbador. ¿Las enfermedades mentales también nos tienen atrapados?
“El encuentro entre Nicolás y Bastián es perturbador, porque revela algo que preferimos esconder: que la frontera entre salud mental y desequilibrio es mucho más delgada de lo que admitimos. Sí, las enfermedades mentales nos tienen atrapados, pero no sólo porque existan- siempre existieron- sino porque vivimos en un ecosistema que las multiplica. Hemos construido un país donde pedir ayuda parece una debilidad y donde la angustia se tapa con estímulos rápidos, como si la mente pudiera resetearse a punta de consignas motivacionales.
En la novela, Bastián es un espejo deformado: magnético y peligroso. Encarna el desequilibrio que seduce tanto como destruye. Nicolás se ve atrapado porque, en el fondo, todos buscamos una explicación para nuestro propio caos, y a veces esa explicación llega en la forma menos conveniente. La trampa es pensar que la enfermedad mental es un problema individual. NO: es la factura emocional de una época que exige fortaleza, pero no enseña a sostenerla”.
“La música de los domingos por la tarde” invita a una profunda reflexión a los seres humanos. ¿Queda tiempo para un mundo mejor?
“Siempre queda tiempo; lo que escasea es la voluntad. La novela invita a pensar qué hacemos con el tiempo que nos queda. Aunque el libro no es un jardín de optimismo, hay un pulso que insiste, un ritmo interno. ‘La música de los domingos por la tarde’ no es una melodía alegre, pero es constante; es ese recordatorio de que, aunque el mundo esté reventado, aún es posible detenerse un momento y pensar. Y pensar, hoy, es un acto casi revolucionario. El único mundo mejor posible es uno más honesto: uno donde dejamos de delegar nuestra responsabilidad moral en consignas, eslóganes o instituciones. El tiempo está; falta el coraje de usarlo sin autoengaños. Quizá por eso este libro provoca tanto: porque recuerda que, antes de mejorar el mundo, cada uno tiene que mejorar el suyo. Ahí hay esperanza, aunque sea del tipo más humilde y trabajoso”.
¿Acaso se acaba un ciclo y se visualiza un mundo mejor?
“Los ciclos no se acaban porque queramos; se acaban porque ya no dan para más. Sí, estamos viendo el derrumbe de un modo de pensar, de gobernar, de relacionarnos. La vieja promesa del progreso automático murió hace rato; la crisis no es solo política, es moral, cultural, emocional. Habrá que poner atención porque el fin de un ciclo no garantiza uno mejor; solo garantiza un cambio, que ya es bastante. La historia es maestra en esto. Cada vez que se cierra una época aparece un período confuso donde convivimos con lo viejo que no termina de morir y lo nuevo que no termina de nacer. Chile está exactamente ahí, en ese limbo donde los discursos del pasado suenan gastados y las respuestas nuevas aún no logran articularse. Todo va a depender de qué entendamos por ‘un mundo mejor’. Si es un mundo más lúcido, más responsable, menos fanático y entregado a consignas infantiles, entonces podría decirse que existen ciertas señales de la que la sociedad está cansada de la misma cantaleta ideológica y empieza a exigir algo más adulto.
En este proceso no hay espacio para el autoengaño. Un mundo mejor no cae del cielo ni emerge por decreto. Requiere algo que hemos postergado por décadas: asumir que la libertad implica responsabilidad, que la democracia no se sostiene con nostalgia, y que las fracturas de un país no se remedian con discursos sentimentales. El ciclo que se acaba es el de la ingenuidad. Si logramos entenderlo, lo que viene puede ser efectivamente mejor. Al menos, más honesto”.
¿En qué proyecto trabaja ahora?
“Trabajo en varios frentes, no lo puedo evitar. Estoy escribiendo una reflexión incómoda sobre cómo la sociedad chilena ha ido premiando la flojera, el resentimiento y la victimización, que probablemente será una columna, ensayo o algo híbrido. En paralelo, sigo desarrollando ideas para futuros libros. Uno siempre está escribiendo el próximo, aunque no lo quiera admitir. Así que sí, hay proyectos”.








