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SOSPECHA DEL PRESIDENCIALISMO, LA CRÍTICA LATENTE DE KELSEN por Franco Caballero

 

Cien años han pasado de la Constitución de 1925 y todavía sigue latente la férrea crítica de Hans Kelsen, jurista asesor (casi ideador) de la ONU, con respecto a la Constitución chilena de entonces, por su excesiva concentración del poder en la figura presidencial. Dicha crítica aparece en su página de Wikipedia inclusive. Cien años después, un siglo entero y seguimos siendo los mismos, ahora neoliberales a la fuerza, biopolíticos por padecimiento y asustados en el paraíso político de Latinoamérica, pero igual de presidencialistas que antes. Ya sabemos que los problemas educacionales nos tienen atormentados y engañados, pero no deja de ser insólito que cien años han pasado y la crítica de Kelsen siga intacta. El show eleccionario ocupa todo el espectáculo mediático, las redes sociales se consumen en las campañas políticas que ahora no solo son hechas por parte de las comisiones propagandísticas, sino que por cada uno de nosotros, hablando, compartiendo, escribiendo, reposteando y sumando likes a los candidatos de nuestro criterio. Pensémoslo un poco, el presidencialismo es lo mismo que el patrón de fundo, es lo mismo que la monarquía segmentada en periodos, es lo mismo que el CEO, el gerente y todo eso que diluye el verdadero fundamento de la democracia: la soberanía social.

 

¿Será endémico de la idiosincrasia nacional? Así como que nos gusta la figura individual como dirección de todos nosotros, algo así como relativo, desde las herencias eclesiales, a un pequeño dios que nos gobierne y haga de nosotros lo que su merced sostenga. No creo en esto de las idiosincrasias, aunque no deja de asomarse esta idea cuando vemos el gusto por la autoridad, la cantidad de iglesias y su influencia en la cosmovisión de la población caricaturizada por la idea de que “el chileno es culposo”. Debe haber algo más, porque esto a mi parecer corresponde al sentido común, el presidencialismo levanta las figuras y atrasa las multitudes. Una sola persona con la capacidad de dejar el país, casi 20 millones de personas, patas para arriba o tal cual o mejor ¿eso es normal? Si fuese así, los que creemos en la democracia verdadera tenemos que armarnos de paciencia para que cada ciertos siglos aparezcan las figuras de, por ejemplo, Pedro Aguirre Cerda, que pensaron en la gente y que en tan pocos años de gobierno fundó Las Concentradas de Talca, entre la IANSA, la ENAP y tantas otras instituciones que realmente dan para levantarle el más grande monumento en la vacía ex Plaza Italia. Qué decir de la expansión de la instrucción primaria, algo que hablaremos en otra ocasión. Todo eso hizo una sola persona, un solo presidente, pero esos son casos inauditos. Una sola persona puede dejar la escoba o arreglar el país para cien años más, así de radical es el presidencialismo, y eso que estamos viendo el caso positivo.

 

La propuesta constitucional, con todo su “sesgo”, fue un ejemplo por restarle relevancia a la figura rígida del presidencialismo, una propuesta que todos tacharon de ultra izquierda, pero que en el fondo acogía la crítica de Kelsen, el austríaco que desde EEUU contribuyó en formar la Organización de Naciones Unidas, la principal coalición jurídica del mundo. La propuesta del 2022 creía en un presidencialismo “atenuado” y “controlado”, proponía un Congreso de diputados/as como principal cuerpo legislador y fiscalizador (reemplazando al Senado) y una Cámara de Regiones (como nueva cámara de diputados) como nuevo órgano con funciones enfocadas en los asuntos regionales. En definitiva, restar presidencialismo y descentralizar el país.

 

Otros gestos e intentos similares fueron concretados como los que vinieron después del golpe, el cual, luego de dejar el periodo presidencial en ocho años, se pudo revertir con la vuelta de la democracia para ser cambiado en 1994 a seis años y luego en 2005 a cuatro años. Filósofos políticos que luchan desde sus teorías por la democracia insisten en la idea de revertir las fuerzas y dejar al poder Ejecutivo por debajo del poder Legislativo (como Negri), no solo por los problemas del presidencialismo, que es un problema puntual del caso chileno, sino porque la democracia tiene que ver más con el movimiento y las demandas civiles que con la representación.

 

Nuestra geografía nacional al menos lo amerita.

 

La relevancia de Kelsen es pensar en colaciones antes que en individualidades, esto vuelve a ser novedoso, sobre todo después de que muchos analistas (como Negri) pensaran en que los grandes imperios del mundo se habían convertido hoy en alianzas y coaliciones, lo que en cierto modo pudo haberse pensado a comienzos del 2000 (lanzamiento de “Imperio” de Negri y Hardt) por la OTAN o la misma ONU, pero a la larga se sigue sosteniendo la figura del presidente, incluso con más autoritarismo que antes. Algunos analistas dicen que la nueva sociedad aclama por mayor mano dura y por eso aparecen estas figuras, lo cierto es que demuestra un retroceso en el ejercicio democrático, evidente de todas maneras, en el delirio y pérdida de sentido común en actores como Trump o Milei. En la otra línea más sosegada y racional de hacer política encontramos una coalición que muy al estilo chino, avanza sin grandes especulaciones ni tantas luces, como lo es la BRICS, una coalición de peso y estratégica. Analíticamente entonces, todavía siguen siendo las coaliciones una cosa novedosa, porque el presidencialismo ha vuelto a elucubrarse, cada vez peor y con menos democracia, como el vicio soberano del pequeño dios. Cien años transcurridos y la crítica de Kelsen sigue viva.

 

Franco Caballero Vásquez

Profesor y estudiante

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