La tradición, que partió en Talca en 1979, de ir a visitar a los difuntos la noche del 31 de diciembre ha ido variando. Del recogimiento se pasó, sin escalas, al jolgorio, a la música, al alcohol y fuegos artificiales (texto y fotografías de Rodrigo Contreras)
Lo que está claro es que la tradición partió con la familia Opazo Albornoz, vecinos del sector del Cementerio Municipal de Talca.
También que la primera vez fue el 31 de diciembre de 1979. En mayo de ese año falleció don Julio Opazo y la noche de Año Nuevo de ese mismo año su viuda, Elvira Albornoz, junto a algunos de sus hijos, Elisa, Pedro, Jorge, Julio, Ricardo, Carmen, Marta, Luisa, saltaron la pandereta del cementerio y fueron hasta la sepultura de don Julio para recordarlo, emocionarse y recibir a la década de los 80.
Jaime González, jefe operativo del Cementerio Municipal, cuenta la misma historia, aunque con algunas diferencias. Asegura que don Julio trabajaba en el cementerio de nochero y que tomando en cuenta esa condición, la administración de la época le pasó a la familia las llaves para que accedieran en Año Nuevo a su sepultura.
Elisa, nieta de don Julio y doña Elvira, aclara que su abuelo, efectivamente, trabajaba en el cementerio, pero no de nochero, sino como funcionario de la morgue del camposanto. Y lo de las llaves, precisa, se concretaría años después de iniciada la tradición. Pero que el primer año la familia saltó la pandereta.
Después, lo que conocemos. Se corrió la voz y, año tras año, los deudos, primero del sector y luego de toda la ciudad, se instalaron la noche del 31 diciembre en el cementerio. Jaime González calcula que hoy deben ser entre 2 mil 500 y 3 mil las personas que llegan cada fin de año. A las 11:00 del 31 se abre el recinto y se realiza una liturgia.
Han pasado más de 45 años y la tradición ha cambiado, advierte González. Lo que partió como un acto de recogimiento en recuerdo de los difuntos, fue derivando a algo más festivo donde se ingresa al cementerio con música, fuegos artificiales, alcohol e incluso drogas. Y si bien la administración advierte que esto no se puede hacer, la gente lo hace igual. No tienen, dice el jefe operativo, facultades para fiscalizar.
A Pedro Gutiérrez, vecino del sector, no le gusta, así como está, con fuegos artificiales, música y alcohol, la tradición del 31 de diciembre. Vive, desde 1965, en una casa ubicada en la 12 Norte, a escasos metros del cementerio, donde descansan los restos de sus padres, Pedro Gutiérrez y María Rojas. Nunca ha ido el 31 de diciembre a visitarlos.
Trabajó desde los 15 años en el cementerio construyendo sepulturas y mausoleos. Hoy está jubilado. Tiene hermanos que hasta el día de hoy trabajan en marmolería. Se supone, dice, que las personas cuando mueren van al cementerio a descansar, no a que les metan bulla con fuegos artificiales, ni música, ni escándalos de borrachos porfiados. En el cementerio tiene que haber paz. La misma paz que, en otras épocas, recuerda, los universitarios buscaban para estudiar en medio de lápidas, bóvedas y sepulturas.
Eladio Rojas se llama igual que el mítico futbolista de la selección chilena del mundial del 62. Igual que el jugador que fue figura en Rangers en 1997. Y al igual que ellos, Eladio, talquino del barrio norte, 52 años, tiene un vínculo con el fútbol. Jugó en las cadetes del Rangers y conoció personalmente a Eladio Rojas el 97 cuando el equipo era dirigido por Raúl Toro y él era ayudante de utilería en los rojinegros.
Luego se alejó de la pelotita, o al menos del Rangers, y comenzó a vender flores en un puesto cerca del cementerio. Y hace unos cuatro años se puso a trabajar en el oficio de la marmolería, dejándole las flores a su ex esposa. Se sabe de memoria la historia de la familia Opazo Albornoz. Y con tantos años en el sector, reconoce la cara de pena y angustia de los deudos una vez que dejan el camposanto después de enterrar a familiares.
El 31 abren el negocio hasta mediodía. Su madre, María Isabel Sandoval, falleció hace seis años. Está en el Cementerio Municipal. La va a visitarla todos los días. No es necesario ir la noche de Año Nuevo. Pero le parece bien la tradición. Que la gente se reúna a celebrar y, al mismo tiempo, a recordar a sus seres queridos, en un ambiente de confraternidad, donde se reparten abrazos y copas de champán. ¿Qué hay de malo? Eladio Rojas, o más conocido como el “chico” Giovani, se emociona al recordar a su madre.
Un día María Elena Lagos pensó que era mejor ayudar a su hija en el negocio de las flores que seguir trabajando en casas particulares. Para qué continuar con la presión de un horario complicado y los malos ratos. Tiene 11 nietos. Trabaja con la nieta mayor en el puesto de la 12 Norte. La gente la saluda. Una señora le devuelve una escoba y unas tijeras que le prestó para ir a arreglar las flores de una sepultura. Vive cerca. Tiene a tíos, abuelos, primos, comadres y compadres en el cementerio, pero no va a visitarlos la noche del 31.
Estuvo unos años abriendo el local ese día, pero le pedían cuidar los autos y se aburrió. Como mucho, sale a ver cuántos locales de flores están abiertos. La tradición de visitar ese día a los familiares muertos se ha transformado con el tiempo, asegura, más en desorden que otra cosa. María Elena prefiere hablar de sus nietos. De la nieta mayor que la ayuda con las flores, y del menor que la corrige y le dice: “Yayita, yo no soy un bebé…¿Correcto?”.
FOTO 1: La tradición partió cuando falleció Julio Opazo en 1979. La familia, que vivía cerca del Cementerio Municipal, saltó una pandereta para ir a verlo la noche del 31 de diciembre.








