
En este periodo la gran mayoría de los niños, niñas y jóvenes que se encuentran de vacaciones ya comienzan a anticipar su ingreso o retorno a los establecimientos educativos. Hay quienes acceden por primera vez, a sala cuna, al jardín infantil, a los colegios, liceos o a la educación superior. Algunos viven este retorno con tranquilidad, esperan felices la oportunidad de conocer nuevas personas, de aprender y hacer amistades. Otros, en cambio, se muestran ansiosos, con dudas e inseguridad ante los cambios que pueden presentarse.
Ciertamente todo proceso de cambio genera inquietud, pero la clave está en cómo lo enfrentamos, y en cómo ayudamos a que otros vivan estas transiciones de forma positiva. Como adultos, nuestro ejemplo puede ser determinante, especialmente para quienes recién ingresan al sistema educativo.
Por ejemplo, si nos ven preocupados es probable que también se preocupen. Si nos perciben inseguros o escuchan que cuestionamos a los educadores o bien que los descalificamos, es probable que aprendan que eso es lo que se debe hacer. Si les transmitimos que se asiste al jardín infantil o al colegio sólo porque no hay opción, les estaremos enseñando a buscar la forma de evadir esa situación.
Por el contrario, si confiamos en los niños, niñas y jóvenes, les hacemos ver las oportunidades que se les abren al asistir y cambiar de un nivel a otro, o si nos permitimos conversar, escuchando sin prejuzgar, les estaremos ayudando a ver en estas transiciones un espacio de conexión con los otros. Es más probable que haya disposición a conocer a nuevos compañeros o compañeras de curso, o a aprender una nueva materia. Su actitud podría ser de mayor apertura y no una postura desafiante como la que en ocasiones adoptamos cuando el miedo nos invade.
Toda transición genera un espacio de incertidumbre, puede bloquear a la persona, pero justamente atreverse y dar el paso adelante requiere confiar en uno mismo y también que los demás confíen en uno. Debemos pensar en el mensaje implícito que comunicamos al otro. Tal vez, inconscientemente decimos “tú puedes, estarás bien” mientras nos contradecimos expresando con voz temblorosa una y otra vez “no te preocupes”. O bien cuestionamos cada acción: ¿por qué no jugaste con él?, ¿por qué no le dijiste a la educadora?, ¿por qué no avisaste antes?, ¿por qué mejor no haces otra cosa?
Confiar en los niños y niñas significa escucharlos, permitir que nos comenten con libertad y sin tanto cuestionamiento, validando sus emociones y conflictos como parte de las experiencias. Para confiar se requiere que el otro y el entorno tenga estabilidad, que el actuar sea coherente, que los límites estén claros.
Esta confianza se construye desde el primer año de vida, permitiendo que exploren y manteniéndonos cerca por si nos requieren, pero sin invadir ni presionar. Enseñando a los bebés que son dignos de confianza y que si nos necesitan contarán con nosotros. Confiando en que son capaces de mucho más de lo que hoy saben o pueden hacer, animándolos a intentar algo tantas veces como se requiera, y valorando cada logro, sin importar su envergadura. Se requiere anticipación y estabilidad, mantener hábitos y rutinas.
Para enfrentar la transición en el retorno a clases no podemos evadir el tema, tampoco esperar hasta uno o dos días antes. Tenemos que construir confianza desde las primeras experiencias y entender que cada uno vive estos procesos de forma particular, dejando a un lado comparaciones innecesarias. Debemos adoptar nuestro rol de adulto, de una persona que actúa en coherencia, en quien también el otro puede confiar. Las transiciones son oportunidades de crecimiento innegable en cualquier etapa de la vida, que no sólo dependen de quien la experimenta sino de todo su entorno.
María Teresa González Muzzio
Directora
Escuela de Pedagogía en Educación Parvularia
Universidad Católica del Maule
Sede Curicó








