
Respetables lectores y lectoras de Diario Talca, el cambio de ciclo ocurrido durante la semana se torna umbral de la política chilena en cuanto a que el cambio de mando le otorga ahora el timón de La Moneda a un nuevo gobierno, y como en toda nueva actualización de los mandatos, podemos aprovechar la bisagra para reflexionar acerca del proceso eleccionario que coloca a tal o cual gobierno en el cargo, y si bien hablar de democracia en la semana donde asume un nuevo gobierno puede que no venga mucho al caso, pensar en lo que llamaremos “mecanismos de influencia” sí tendría utilidad para al menos reflexionar acerca de las relaciones que tendremos con las nuevas jefaturas que arriban en el ámbito de lo público.
Primero sacudamos un poco el polvo, la democracia se viene cuestionando cada vez con mayores ahíncos, y en síntesis la podemos reducir a un simple y profundo problema, las elecciones. Vayamos a las bases, para Sócrates, los que debían votar eran los informados y los que debían gobernar eran los expertos (La República, Platón). Para Spinoza debían gobernar los filósofos y votar las personas libres (Tratado político, Spinoza). Una idea que vi por ahí, y que interpreta la alegoría del barco de Sócrates, sería pensar que si te enfermas ¿quién quieres que te atienda? Un experto, claramente. Esta idea vendría a criticar a los representantes, pero solo nos sirve de bocadillo para el problema principal que queremos abordar a continuación:
Para Spinoza los votantes debían ser personas libres, porque los que no lo eran votarían según lo que indicasen sus superiores. Tan certero y sentido motivo. Esto es polémico, pero nos sirve para la idea central que buscamos plantear. Para la selección de los dirigentes Spinoza excluye a los presos, locos, niños, esclavos y siervos, porque o sino votan por lo que sus superiores dicen. Al ser subalternos tienen demasiado que temer y tienen implicancias directas con las jefaturas.
En definitiva, excluye a los servili aliquo oficio vitam sustentant que podríamos entender como a todos los que son asalariados. Ahora bien, tampoco estamos en el siglo XVII (¿o sí?) hoy los conceptos de libertad son diferentes, o sea dónde no lo serían, en los casos por ejemplo donde un patrón de fundo que tiene 20 empleados los asusta con que si votan por el contrario pierden su trabajo, me imagino que ya eso se reduce a ciertos casos particulares de trabajo. Pero apelando a que los tiempos han otorgado mayor libertad ¿dónde queda entonces el resabio de aquellas prácticas? En los “mecanismos de influencia”.
Ese es el problema actual, y que creo necesario abordarlo, sobre todo ahora que cambiamos de gobierno y vienen nuevas jefaturas. Porque hablando bien biopolíticamente, pensando en los trabajos ahora de oficina, en la onda postfordista, donde los colegas son amigos y las fiestas de trabajo se vuelven más divertidas que las de amistades, muy de capitales y grandes ciudades; allí donde abunda el after office, allí podemos advertir el problema sobre todo cuando pensamos en las personas que llamamos “rankeadas” y de alta categoría como las jefaturas que sí que lo son, sobre todo si son jefaturas y yo no lo soy o si tienen un cargo superior al mío.
Por ejemplo, si veo que Juan Mardones comenta una película de Netflix mientras se bebe un mojito, posiblemente solo sea Juan Mardones hablando y bebiendo como cualquier otro colega más, pero si veo que Juan Torrealba comenta un film de culto en Mubi mientras se bebe un Negroni, posiblemente llegue a casa a suscribirme a la plataforma y en la siguiente salida pediría el trago, solo porque este último es jefe de alguna unidad en mi empresa y yo aspiro a ser como él. Lo que incluso puede hacer que de por sí ya me agrade más, o al menos le considere más. Los ejemplos siempre son burdos, pero la reflexión puede entenderse.
Ese es el problema con ser apolíticos, que si no tenemos una postura creada a raíz de nuestros principios podemos ser susceptibles de las influencias no solo con la bebida en tendencia o la película citada, sino que también con la política, y quizás, sobre todo con la política. Debe pasar mucho en Las Condes, por ejemplo, donde ser de derecha debe ser algo bien visto, y cuando estamos en el trabajo ser bien visto es lo fundamental porque todos queremos lo mejor para nuestras familias.
Esas personas entonces no serían libres, porque están bajo la influencia de otras que son las superiores. Piense usted en cuantas personas no se “encantan” con sus jefaturas. Se fascinan, por estar rankeadas, por estar bien catalogadas e incluso nos sirven hasta para seguir creciendo y hasta adoptamos la postura de las jefaturas para ser como son. Esas personas en el mundo hipotético de los grandes filósofos no tendrían acceso al voto. Entonces no digamos que los asalariados no pueden votar, sino que aquellos que no son libres, independiente de la naturaleza de su trabajo, son las que no podrían ejercer dicho derecho. Esa sería la versión actualizada.
Pero claro, debe dar hasta risa leer algo así, sobre todo cuando decimos “grandes filósofos”, debe sonar irrisorio, pero cuidado, no vaya a tener razón Sócrates al decir que la democracia aplicada así —donde todo el mundo vota— termina destruyendo las naciones. No vaya a pasar que de tantos “mecanismos de influencia” terminamos eligiendo tipos auto-destructivos que en la ceguera de su dogmatismo terminan extirpando las bases de una vida libre y segura.
Por eso, ojo con las influencias socioafectivas de quienes ocupan cargos superiores, no vayamos a convertirnos en Marco Rubio o en Samuel L. Jackson interpretando a Stephen en Dyango, que en los trabajos nos puede pasar. Ahora que la libertad tirita, y ser auténticos es extraño debido a la producción de masas, tenemos que poner atención de quienes nos influencian, que de seguro vendrán de aquellos que tenemos bien “rankeados”, que para peor muchas veces no solo son los de buena reputación y gran trabajo, sino también los más visibilizados. Por eso la reflexión es ¿soy una persona libre?, es bueno preguntárselo para ser personas capacitadas de votación en cualquiera de los sistemas democráticos que existan, en el real y en el hipotético. Además, que casi siempre, yo creo, los auténticos son los que se distinguen. Sea usted una persona auténtica, libre y piense por sí misma, esa también es una clave de éxito.
Franco Caballero Vásquez
Filosofía Política








