En “Yo soy la feliz Violeta”, la escritora Ana María del Río se sumerge en años cruciales de Violeta Parra: sus 15 años y los rescata a través del testimonio de la propia Violeta (por Mario Rodríguez Órdenes)

Escrita por Ana María del Río, “Yo soy la feliz Violeta” (Editorial Catalonia, 2025) y con ilustraciones de Karina Cocq, esta biografía novelada no solo nos lleva a la niñez de Violeta Parra, sino que nos revela el germen de su arte: la mirada curiosa, la memoria del pueblo, la raíz profunda de la tierra.
Ana María del Río (Santiago, 1948) es novelista, cuentistas. Pertenece a la generación de la Nueva Narrativa de los 90’. Es una de las narradoras más relevantes de su generación. Es profesora de Castellano por la Universidad Católica de Chile.
Su producción ha sido pionera en temas feministas y tiene una visión crítica de los grupos familiares tradicionales. Karina Cocq (Santiago,1984) es licenciada en Artes de la Universidad de Chile y especializada en ilustración para publicaciones infantiles y juveniles en EINA, Barcelona. Actualmente vive y trabaja como ilustradora en Barcelona.

Ana María, ¿cómo surge su encuentro con Violeta Parra?
“Desde la Universidad Católica, Campus Oriente, años 1970- 1972. Ahí me encontré con las Décimas y supe que era un libro para no olvidar. Luego, muchos años después, la Biblioteca Nacional me encargó que escribiera un libro sobre Violeta niña basado en sus Décimas. Lo escribí, citando muchas veces las décimas correspondientes. Pedro Pablo Zegers, director entonces de la Biblioteca Nacional, fue a mostrárselo a Isabel Parra. A ella le gustó, pero dijo que había que pagar derechos de autor por cada verso de su mamá. La Biblioteca Nacional no tenía plata entonces (y sigue sin tenerla, creo, jaja), entonces, muy triste Pedro Pablo volvió y me dio la mala noticia de que el libro no podía publicarse. Entonces le propuse una solución: parafrasear y armar la historia de Violeta Parra niña como un cuento novelado. La Biblioteca lo publicó con las preciosas ilustraciones de Karina Cocq… y ahí quedó el libro, porque no tuvo repartición en librerías, hasta que años después, se lo mandé a Arturo Infante, de Catalonia. Él sí se interesó y este es el libro que tienes en tus manos”.
Construye el libro basado en las Décimas de Violeta. ¿Usó otras fuentes?
“Utilicé todas las fuentes de investigación existentes impresas, pero me basé sobre todo en la increíble historia de su vida contada en las Décimas”.
Da la impresión que la propia Violeta estuviera recordando…
“Sí. Está escrita desde la voz de Violeta Parra niña que va creciendo. Sus recuerdos son muy nítidos, tal como son en las Décimas”.
La obra recrea los primeros quince años de Violeta. ¿Quién era Violeta a esa edad?
“Era una niña inquieta, inteligente, sensitiva, artista, y sobre todo libre, totalmente libre, hija de una familia campesina de pocos recursos, con una chorrera de hermanos”.
¿Cómo fue la infancia de Violeta, siendo tan numerosa la familia y con tantas carencias?
“Las carencias fueron un incentivo para las dotes artísticas de Violeta. Los mejores versos de las Décimas recrean ese vivir al ‘dos por cuatro’ de toda su niñez”.
¿Qué rasgos de su carácter, de sus inclinaciones artísticas ya se perfilan?
“Muy niña –a pesar de tener prohibido tocar guitarra- le saca sin permiso la guitarra a su papá – también músico y cantor – que guardaba bajo llave y comienza a pulsarla y a entrar sola en el mundo de la música con plena libertad y curiosidad”.
¿Cómo fue el trabajo con Karina Cocq, qué ilustró el libro?
“Karina es una artista que tiene lo que muchos artistas pintores no tienen: una exquisita amabilidad. Trabajar con ella fue una delicia. Y considero que no se la puede llamar ilustradora del libro: es más bien una escritora gráfica de éste. Porque la historia que ella cuenta a través de sus pinturas es tan potente como la escrita con palabras”.
Ana María, siendo la lectura tan importante, ¿cómo fueron sus lecturas en sus años de formación?
“Yo leía todo. Lo permitido y lo no permitido -sobre todo este último- en mi niñez. En la universidad seguí también haciendo lecturas de muchos autores. En mi tiempo, todos los del boom, poetas latinoamericanos, escritores medievales, todo. Pero no leía todas las obras enteras: hacía una ‘lectura aduanera’: picoteaba en trozos, me saltaba páginas. A veces leía el libro entero. Otras, me bastaba con algunos párrafos. Tenía mis favoritos, pero leía todo. Y lo mejor, escribía después de leer. Hacía mis propios ejercicios literarios al estilo del autor que me había impactado”.
¿Qué importancia les asigna a los talleres literarios?
“Extrema. Sobre todo, son sanadores en épocas de gobiernos de represión. Resguardan el ejercicio creativo de los autores y permiten la libre expresión, aunque esta sea censurada afuera. En épocas de paz, son importantes para no perder la necesidad de confrontar textos con las creaciones de otros. La mirada de otros ojos siempre es vital”.
¿Asistió a algunos?
“Asistí al taller Somos Trece, de Pía Barros. Intenté hacer lo mismo con el de Lafourcade, pero eran cerca de 70 personas en aula y no servía para nada. Luego, después del primer premio que obtuve –Premio Municipal de cuento-, cerca de 1980-1985, hice un taller a dos voces con la Pía en mi casa”.
Sus estadías fuera de Chile, ¿cómo enriquecieron su escritura?
“Extraordinariamente. Me dieron perspectiva. Vi a Chile como desde un vehículo espacial: un hilo de tierra casi sumergido en el sur más sur del mundo. Aprendí mi proveniencia mestiza y propia, con una voz propia. Me sumergí en la cruzada de hacer saber a los gringos de educación media que Chile no era una parte de México, como me preguntaban continuamente”.
Usted es una figura gravitante en la literatura chilena de postdictadura. ¿Qué balance hace?
“Me gusta su adjetivo: gravitante. Creo que el balance es que me atreví a escribir sobre la mujer puertas adentro, la mujer como rebelión contra la tradición”.
A su juicio, ¿qué escritores de esa generación han sobrevivido al paso del tiempo?
“Diamela Eltit de todas maneras. Ahora, por supuesto, Ramón Díaz Eterovic. Gonzalo Contreras. Y mi amado Jorge Marchant, del que me encanta su literatura. Y la Andrea Maturana, que está sumergida, pero es muy potente en su literatura. No hablo de poetas porque no es mi campo, pero por supuesto ahí están la Teresa Calderón y Thomas Harris”.
En 1993 escribe Siete días de la señora K. La temática de ese libro, ¿le trajo problemas con la sociedad de esa época?
“Sí. Hay que acentuar que fue con la sociedad de esa época. Hoy no haría ni cosquillas. Desde mi familia hacia afuera recibí críticas y denuestos. Curiosamente, la curia me apoyó. El lanzamiento de la novela fue divertido: todo el Centro Belarmino estuvo ahí. Era la época del escándalo con el libro de Martorell. Yo establecí el escándalo dentro de una pieza cerrada. Mis principales apoyadores fueron los psicólogos. Una de ellas me dijo una vez: ‘Todo este kárdex está lleno de casos como tu señora K’”.
Tenemos nuevo presidente de la República. ¿Cómo ve el Chile actual?
“No lo veo todavía. Estoy a la espera, una espera reticente. No soy de derecha. Observo los pasos de Kast, su nombramiento de 25 ministros: harta vieja guardia, harto UDI, algunos brochazos de partidos más de oposición, más de apertura a la otra voz. Pero poco. No sé qué pasará en el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, MICAP. Ojalá que pase algo, cualquier cosa”.
Ana María, ¿qué está escribiendo ahora?
“Estoy terminando una novela que me preparo a mostrar a editoriales. Por supuesto, no puedo decir el título: es mala suerte. También estoy haciendo croquis de un texto futuro, raro, y corrigiendo una novela para niñas”.
¿Sigue siendo buena lectora, como me lo dijo alguna vez?
“Sigo siendo una lectora picoteante, aduanera. Leo párrafos de todo, tanto literatura como otras ciencias. Me encanta la Matemática, precisamente porque no sé nada de ella. No hay ninguna obligación de imponerse la lectura de todo un libro si a uno le da lata o rabia”.








