
En este candente periodo eleccionario, se oyen altisonantes discursos de no menos elocuentes candidatos que, repentinamente, traspasados por espasmos de oratoria, recurren al pasado para dar fuerza a sus ideas de futuros alcaldes, concejales, consejeros o gobernadores. Cito una frase: “Chile, durante dos siglos, ha elegido por voto libre, universal, secreto e informado a sus presidentes”. Y otro postulante, que declamaba con firme postura: “Salvo desde 1973 y hasta 1991, nuestras municipalidades siempre eligieron democráticamente”. Se escucha interesante, es cierto. Lástima que se equivocan. Veamos
Por Jaime González Colville, Academia Chilena de la Historia

Don Mateo de Toro y Zambrano, reconocido como el primer gobernante que no fue nombrado por el Rey, es designado el 18 de septiembre de 1810 por un grupo de vecinos de Santiago, reunidos en cabildo y previa invitación. No se votó, simplemente se aclamó a la junta que él encabezó. Más tarde se comunicó dicho acontecimiento al resto de las villas, a cuyos habitantes sólo les cabía jurarle lealtad. Como se ve, de democracia, nada. Claro, dirá alguien “eran otros tiempos”. Es cierto.
Siguieron luego varios Presidentes de Juntas de Gobierno, encabezadas por Fernando Márquez de la Plata, Juan Martínez de Rozas y Martín Calvo Encalada. Todos designados por grupos o en conciliábulos que no es el caso detallar.
Don José Miguel Carrera se hizo del poder a través de un golpe militar el 4 de septiembre de 1811. Tras varios cuartelazos, asumió la jefatura del país en 1812. En su gestión se creó la primera bandera y escudo nacional, se dictó un reglamento constitucional y se echaron las bases del ejército que detuvo al Brigadier español Pareja en Yerbas Buenas, en abril de 1813. Esto alejó a Carrera del Gobierno, siendo remplazado por don Francisco Antonio Pérez.

Luego formó parte y fue presidente de la Junta de Gobierno organizada el 13 de abril de 1813, junto a Agustín Eyzaguirre y José Miguel Infante. O sea, se le eligió con tres votos si consideramos el propio. Viene después Agustín de Eyzaguirre, quien asumió como Vicepresidente de la República, el 9 de septiembre de 1826 hasta el 25 de enero de 1827. E incluso un guatemalteco, Antonio de Irisarri, quien en 1814 debió asumir interinamente el puesto de Director Supremo de la Nación ante el retraso de la llegada de Francisco de la Lastra. Irisarri es hombre de triste recuerdo que manchó de sangre la plaza de Curicó al hacer fusilar a respetables vecinos en 1837 por un utópico intento de atentar contra el gobierno portaleano. Como se observa, todos designados por un congreso, grupo de vecinos, pero sin intervención alguna de la ciudadanía.
Tras un interinato de Francisco de la Lastra, Carrera reasume en julio de 1814 hundiéndose la naciente independencia en Rancagua, el 1 y 2 de octubre de 1814. El 15 de febrero de 1817, tras la primera derrota de los realistas en Chacabuco, menos de un centenar de vecinos de Santiago, aclamaron a San Martín como Director Supremo de Chile, pero éste declinó en favor de O’Higgins, quien quedó, de esta forma, investido como tal. Su gestión duró hasta el 28 de enero de 1823, sin que hiciera amago de convocar a elecciones. Cuando en 1822 dictó una Constitución que subrepticiamente extendía su mandato, provocó la asonada que vino desde Concepción al mando de Freire.
Tras la renuncia de O’Higgins, el 28 de enero de 1823, es designado Director Supremo Ramón Freire por – léase bien – los representantes de Santiago, Coquimbo y Concepción: o sea, con tres votos. En agosto de ese año, le fue ratificado el mando por el Congreso, elegido, también, sin la menor participación ciudadana.

En 1826, tras las modificaciones constitucionales de esa época, se establece que el cargo de Director Supremo es reemplazado por el de Presidente de la República. En estas circunstancias, es designado por el Congreso Nacional Constituyente, el argentino (nacido en Buenos Aires, hijo de español y argentina) don Manuel Blanco Encalada el 8 de julio de 1826, ejerciendo estas funciones hasta el 7 de septiembre con el carácter de Presidente Provisional de la República.
Tras un corto mandato de Agustín de Eyzaguirre, de nuevo el Congreso designa el 15 de febrero de 1827 con 37 votos a favor como Presidente de la República a Ramón Freire, quien renunció el 2 de mayo, designando él mismo como Vicepresidente a Francisco Antonio Pinto, el que, sin perjuicio de ser senador, dimitió para que sus colegas lo designaran, a su vez, Presidente.
Como se observa, todo se resolvía entre las paredes del congreso y, empleando un término acuñado en nuestros días, la ciudadanía “se enteraba por la prensa”.
Viene aquí un período de anarquía política, guerras civiles y asonadas. Las cosas llegan a tal extremo que, entre el 19 de noviembre y el 24 de diciembre de 1829 no existe en Chile un gobierno oficialmente reconocido.

Se designó entonces una Comisión Constituyente para redactar una Constitución, que estableció la elección indirecta de parlamentarios y Presidente. Para ser elector, se debía tener un bien raíz de cierto avalúo. En buenas cuentas, solo votaron los terratenientes y la aristocracia: llevado a las cifras, un 15 por ciento de la población. Surgió aquí la suplantación de electores y falsificación de cédulas, cuando no el asalto, robo e incendio de urnas electorales.
Mientras se implementaba este sistema, los diputados llamaron a Francisco Antonio Pinto para la Primera Magistratura, pero la vicepresidencia debía decidirse entre Francisco Ruiz Tagle y Joaquín Prieto. Saltándose todas las normas constitucionales, el Congreso designó en ese cargo a Joaquín Vicuña, hermano del Presidente del Senado. Pinto, hombre recto, renunció de inmediato ante tal atropello y, sin mayor trámite, asumió la Presidencia Francisco Ramón Vicuña. Días después estalló la Guerra Civil de 1829, que concluyó con la victoria de las fuerzas al mando de Prieto, en Lircay, al norte de Talca, en 1830. La anarquía había concluido, se dictaría la Constitución de 1833. La gestión de Portales marcaría el inicio de un nuevo período para el país, fortaleciéndose la figura del Presidente de la República.
Pero, sólo podían votar los mayores de 25 años, que supieran leer y escribir y tuvieran un bien raíz o un capital invertido en un giro o industria. El valor de lo anterior se reajustaría cada diez años y se fijaría de acuerdo a cada localidad. Como dato ilustrativo, los votantes debían publicar su calidad de tal y sus bienes en un periódico local antes de cada elección. En Loncomilla – San Javier y Villa Alegre de hoy – de unos seis mil habitantes, no tenían derecho a voto más de trescientos hombres (por cuanto la mujer no podía sufragar)
Con este antidemocrático y elitista sistema, se eligieron todos los mandatarios del siglo XIX y de comienzos del XX hasta don Arturo Alessandri en 1920. En la práctica, un Presidente dejaba instalado a su sucesor.
Alessandri, tras la crisis del año 1924, pidió facultades para dictar una nueva Carta Fundamental, conocida como la Constitución del 25. Se estableció así, por primera vez el derecho a sufragio de todos los chilenos (hombres) mayores de 21 años, que supieran leer y escribir e inscritos en los registros electorales, además de asegurar el voto libre, secreto e informado.

El candidato único: Ibáñez del Campo
El 21 de julio de 1927, y como “candidato único” asumió la presidencia de la República el Coronel (aún no lograba el grado de general) Carlos Ibáñez del Campo. No tuvo competidor válido y recibió el noventa por ciento de los votos. Dejó de lado la Constitución de 1925 y gobernó con decretos leyes. Suspendió las elecciones municipales y las reemplazó por Juntas de Vecinos, designadas por el Mandatario, cargos que recaían en los conocidos y amigos del jefe del estado de cada localidad.
El Congreso elegido… por el Presidente
Como Ibáñez del Campo fue advertido que “posiblemente” tendría un congreso totalmente opositor en las elecciones de 1930, mediante un resquicio de la ley electoral, dispuso que cada partido designara a un parlamentario y así “evitar el gasto de una elección”, lo cual el Presidente resolvió en marzo de 1930 en las Termas de Chillán, razón por la cual se le llamó “congreso termal”.
Y como la caridad empieza por casa, entre los elegidos estuvieron su hermano Javier Ibáñez del Campo, el pariente de su suegro Pedro Opaso Letelier, sus amigos Carlos Aldunate Solar e Isidoro Cruz Ferrada (este último de Linares), etc.
Pero, la crisis de 1930 provocó violentas revueltas en Santiago y otras ciudades. A mediados de 1931 los estudiantes universitarios de la capital, obreros y gente de clase media provocaron graves disturbios en las calles, con muertos y heridos. La noche del 26 de julio de 1931, ante la insostenible situación, Ibáñez, opuso resistencia hasta el final, pero ante el retiro de Carabineros a sus cuarteles y la negativa del ejército de salir a las calles, no quiso renunciar y pidió un permiso constitucional al Congreso. Se llamó al Presidente del Congreso, el talquino Pedro Opaso Letelier (como se dijo, emparentado con su esposa) y le entregó el mando a las once de la noche y él se refugió en la embajada argentina.

Don Pedro Opaso, sin demora, designó gabinete y entregó el poder al Ministro del Interior, Juan Esteban Montero, y en la mañana del día siguiente dejó La Moneda y volvió a Talca. Su mandato duró menos de 24 horas y la revista Topaze, que apareció por esos días para satirizar a la política, lo llamó “El Pasador”, nombre que le acompañó siempre.
Un dato anecdótico: el permiso pedido por Carlos Ibáñez, examinado por el Congreso que él mismo designó, fue rechazado y se le destituyó por abandono de funciones. Don Carlos debió pensar “cría cuervos…”.
Don Juan Esteban Montero permaneció en la vicepresidencia hasta el 20 de agosto de 1931, en que delegó el poder en Manuel Trucco Franzani (cauquenino) y él se presentó a las elecciones, siendo los primeros comicios efectuados con las disposiciones de la Constitución de 1925, es decir, voto libre, universal, secreto e informado… ”Universalidad” relativa, por cuanto no podían votar las mujeres.
Pero, de 4.429.000 habitantes y 388.959 votantes habilitados, sólo acudieron a las urnas 285.810 varones, logrando Montero 182.177 sufragios con el 63% y su contendor más cercano, Arturo Alessandri, obtuvo 99.075 sufragios. Es decir, votó menos del 15% de los chilenos.

El primer Presidente electo por esta nueva Carta –es decir con el sufragio de todos los varones aptos para ejercer ese derecho- fue don Juan Esteban Montero Rodríguez, quien asumió el 15 de noviembre de 1931, pero debió renunciar un año más tarde ante la crisis político-militar de ese año.
El 4 de junio de 1932 asume una Junta de Gobierno de la República Socialista, encabezada por el General Arturo Puga; después vendría Carlos Dávila Espinoza, el General Bartolomé Blanche Espejo, el Presidente de la Corte Suprema Abraham Oyanedel Urrutia, quien convoca a elecciones y el 24 de diciembre de 1932 asume Arturo Alessandri Palma, con 187.914 sufragios de 429.772 votantes registrados y una masa de 4.495.000 habitantes.
Pero faltaba aún el voto de la mujer, una larga lucha que concluyó el 15 de enero de 1934 cuando el Presidente Alessandri promulga la Ley 5.357 que permitió el voto femenino.
Esto se materializó por primera vez en las elecciones municipales del 9 abril de 1935.
Entonces, desde hace sólo 98 años, se puede hablar de voto libre, UNIVERSAL, secreto e informado.

Hace unos quince años, un senador dijo que, en la Galería de Presidentes de La Moneda “solo debían estar aquellos electos por voto universal”, y los demás debían ser sacados (aludía a uno en especial, el lector entiende)…Si se cumpliera esa premisa, sólo quedarían los mandatarios desde González Videla adelante. Así de simple.
¿Y las municipalidades?, para no alargar la historia, y como ya lo anticipamos, y sólo en nuestro siglo, los alcaldes y regidores electos fueron eliminados entre 1927 y 1935 y reemplazados por Juntas de Vecinos, cuyos miembros eran designados por el Presidente de la República (Ibáñez del Campo y luego Alessandri) y removidos a gusto del ejecutivo.
En la galería de imágenes, van personajes que, tal vez, el lector no sepa que alguna vez gobernaron nuestro país.
Como se observa, para citar la historia y comer pescado…