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“Venegas, el obscuro maestro”

Los preparativos para la celebración del centenario de nuestra Independencia se hacen a base de menúes pantagruélicos sin que se hiciera nada positivo para el progreso del país. Los delegados extranjeros se impusieron de todas nuestras miserias, «han tenido que ver a nuestros magnates convertidos en mayordomos, en contratistas de banquetes que el Estado pagó a precios superfabulosos; han tenido que saber que esos arcos ridículos que se construyeron en la Avenida de las Delicias fueron contratados por $90.000 y el negocio pasó de mano en mano hasta llegar a las del que los hizo, el cual sólo recibió $14.000”, como lo denunció más tarde el «obscuro profesor de provincia», Alejandro Venegas en su libro Sinceridad.

Don Ramón Barros Luco estaba «ebrio de indolencia» al estilo del Presidente don José Joaquín Pérez. Sin duda alguna que era de «esas buenas personas» y cuya presidencia se caracterizó porque «los problemas nacionales que tienen solución se solucionan solos, y los que no tienen no se solucionan».

Este estado de cosas exasperó patrióticamente a don Alejandro Venegas. «No era hombre de asambleas decía de él don Baudilio Lagos Campos. Si hubiese tenido la figura de don Enrique Molina habría sido un tribuno de primer orden», pero, a falta de eso y de su excesiva modestia, expresaba sinceramente su pensamiento de gran filosofía frente a la situación chilena. Se ha pretendido encontrar en «La Procesión de Corpus», esa narración de fantasía evangélica, el nervio y corazón de su libro Sinceridad

«Señor -le dice frente al Crucificado- no me des la hermosura del cuerpo, dame el alma. Alumbra mi inteligencia, dame talento, purifica mi corazón, hazme virtuoso. Hazme justo, Señor, hazme sincero, dame el valor necesario para decir siempre la verdad».

Y dijo la verdad, sin importarle los cenáculos políticos y literarios de la metrópoli santiaguina, con el valor de un Francisco Bilbao y la ilusión de un Emilio Recabarren. Escribió su libro por impresión directa, para lo cual recorrió su país de sur a norte, haciéndolo por su cuenta y ocultando su calidad de funcionario, porque tenía un amplio concepto de sus labores docentes: «conocí la vida de nuestros inquilinos en nuestros campos, visité las minas de Lota, Coronel y Curanilahue para observar la de los que extraen el carbón; penetré al interior de la Araucanía, para conocer la situación de nuestros indígenas; recorrí las provincias de Coquimbo y de Atacama para formarme concepto de nuestros legendarios mineros, y por último en Tarapacá y Antofagasta comí en una misma mesa y dormí bajo un mismo techo con los trabajadores de las salitreras, para poder escribir con conciencia sobre sus necesidades y miserias».

Para Armando Donoso, Sinceridad es el libro más amargo y «acaso el más descamado de cuantos se hayan concebido en América. En medio de la cobardía colectiva significa un alto ejemplo de salud moral el valor de este hombre, de todo un hombre, que practica la autopsia de una sociedad, movido por un incorruptible deseo de mejoramiento y de verdad».

Dice en su libro: «La gente, en nuestro país se baña muy poco o no se baña; hemos heredado este mal hábito del pueblo español que, como buen cristiano, tuvo siempre las abluciones como cosas de moros y de paganos».

Y con cuanta amargura relata la fama de ladrones de que gozamos en el litoral y en el mundo entero, al regresar sobre cubierta desde Panamá: «Ha ocurrido un robo espectacular a bordo y mis compañeros de tercera clase y los empleados subalternos, mayordomos, camareros, pinches afirman que debe venir algún chileno en el vapor. Sólo los chilenos son rateros tan hábiles y audaces. No hay nada igual en toda la costa del Pacífico».

Su libro tuvo un revuelo nacional, pero se le persiguió a la usanza criolla, entre sombras e hipócritas sonrisas. Nadie decía nada de frente, pero se le hostilizó de mil maneras, fue postergado y quedó en la provincia siendo nada más que un «obscuro maestro» que, insolentemente, pretendió señalar rumbos a un país.

Su vida llega hasta ese famoso año de 1920 cuando se hizo derroche en la liquidación de dirigentes obreros y estudiantiles, cuando los universitarios estaban «vendidos al oro peruano», y los «vende patrias», los «derrotistas», los «traidores», los «agitadores» y «subversivos» son los términos que se usan en el lenguaje periodístico, con esa secuela honrosa de atropellos a nuestra democracia y libertad.

Significa la muerte del dirigente anarquista Julio Rebosio; en el hospital muere trastornado Domingo Gómez Rojas, recitando sus versos de piedad para su madre; es expulsado del país Casimiro Barrios; se acalla la FOCH y es encarcelado el dirigente máximo de la clase obrera, Luis Emilio Recabarren, hasta llegar a la más horrible de las pantomimas nacionales, la «Guerra de don Ladislao» que Carlos Vicuña Fuentes la analiza en los siguientes términos: «Ladislao Errázuriz repartió, en pocos días, más de cuarenta millones a sus amigos y parientes por pastos azumagados y porotos empedernidos destinados al Ejército, que se vendieron al gobierno a precios fabulosos».

Don Baudilio Lagos Campos con esa terquedad que le caracterizaba decía que don Alejandro Venegas era como esos focos de luz, cuyo brillo lo aprovechan los reflectores de brillante hojalata.

Don Enrique Molina, después de su muerte, expresaba en un ensayo que el alma del filósofo y del poeta esperaba en el umbral de la eternidad, el ropaje que lo haría inmortal, pero ambos juicios no quitaron que muriera como un «obscuro almacenero» en el pueblecito de Maipú.

Este hombre de contextura física de fierro que viajaba en cubierta entre los desheredados; huroneó en las minas para tratar codo a codo y corazón a corazón los problemas sociales de los mineros; encalleció sus manos en las salitreras aspirando el vapor de los cauchos y cortando los trozos de caliche, y que supo de la inclinación humilde sobre las espigas con la echona que daría trigo en las haciendas y pan en los banquetes, de improviso se trizó y no volvió a recuperarse.

Tuvo que abandonar la docencia y se instaló con una lechería.  Era el establo de los pobres porque es la verdad que la obsequiaba casi toda para los niños de los conventillos. Fue a tantear mejor suerte junto a sus hermanas en un «despacho» de Maipú y ahí, prematuramente, desaparece en 1922.

Y no hubo ni un revuelo.

La inmortalidad esperaba su espíritu según la conciencia mezquina de los hombres y para los cuales él lo dio todo.

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