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 A PARTIR DE MAÑANA por Juan Carlos Pérez de La Maza

 

Prefiero no intentar adivinar el resultado de la votación de hoy domingo 14 de diciembre de 2025. Es que hay desafíos difíciles, pero este no es de esos.

 

Por lo anterior, me aventuro a pensar un poco más allá. Sólo un poco. Apenas a contar del lunes 15 y desde allí en adelante. Ese es un desafío bastante más arduo y complejo. Es que, pese a lo rotundo que pudiera ser el respaldo que la ciudadanía otorgue democráticamente al próximo Presidente, temo que la futura oposición sea más pertinaz, sectaria e intransigente que lo que su respaldo permitiría pensar. La negación del agua y de la sal habrá de quedar corta para ellos.  Por eso, me preocupa esa sensación creciente de que convivir ya no será posible sin elegir bando. Ese miedo, a perder la capacidad de conversar y acordar, a normalizar la deslegitimación del otro, a ver cómo se tuercen instituciones y se destrozan redes de confianza tiene nombre: se llama sociedad polarizada.

 

La izquierda siempre ha profitado de la polarización, lucha de clases le llaman, transformando la legítima discrepancia en un campo de batalla. Es que cuando las diferencias dejan de ser opiniones distintas, para convertirse en pruebas de identidad, las amistades, las familias y los grupos sociales se tensionan. En el contexto latinoamericano, donde la política suele entrelazarse con la economía y la memoria colectiva, esa perspectiva en blanco y negro, de buenos y malos, de amigos y enemigos, puede romper instituciones y redes de apoyo que sostienen a millones. En una sociedad polarizada la segregación política se vuelve una respuesta habitual, la deliberación pública se hace a gritos, los argumentos son reemplazados por consignas y la democracia se empobrece, reduciendo su capacidad de resolver los problemas comunes.

 

En numerosos países latinoamericanos, con memorias de dictaduras, revoluciones o desigualdades coloniales, la disputa por la historia alimenta resentimientos que atraviesan generaciones. Y en nuestro país, cuando se creía que esta actitud social estaba ya superada, temo que volverá a rebrotar, reduciendo referentes mínimos para dialogar y dificultando la construcción de consensos sobre economía, políticas sociales, educación y cultura.  Es que la polarización no es sólo un problema moral o cultural; tiene un precio económico real. Chile ha sido ejemplo, un mal ejemplo, de cómo el empecinamiento maximalista de los últimos años lleva a una ideologización normativa que desalienta la inversión y encarece proyectos de largo plazo, afectando especialmente a pequeñas y medianas empresas que sostienen gran parte del empleo. A partir de mañana, cuando la nueva administración enfatice en el pragmatismo legislativo y la estabilidad normativa, es de esperar que la inversión responda positivamente y Chile vuelva a ser un destino apreciado.

 

Por todo lo dicho, cabrá a la nueva administración la labor de emprender una deliberación racional, inclusiva y promotora. Un diálogo para avanzar y no para obstaculizar. Pero, así también, corresponderá a la futura oposición entender que la democracia confiere, faculta y unge de autoridad para conducir la sociedad a los triunfadores. Y a los otros, a los que no ganaron, no les compete más que controlar, sugerir y fiscalizar. En una democracia madura, como aquella a la que aspiramos, a la oposición cabe un rol tan decisivo como al oficialismo: articular el disenso, asegurar la pluralidad y ofrecer propuestas alternativas. Si, al contrario, se limitan a desconocer la voluntad popular, erigiéndose en muro de contención y freno, alimentarán una escalada polarizadora que niega la democracia y el legítimo derecho a gobernar de aquellos que ganaron.

 

A partir de mañana, es de esperar que aquellos no favorecidos por la voluntad ciudadana hagan de su comportamiento un ejemplo de democracia y de saber perder. Si en su momento no lograron avanzar en sus objetivos y desmoronaron más que construyeron, ahora deben permitir que otros, democráticamente respaldados, intenten reparar ese derrumbe y volver al país al orden, el progreso y el desarrollo. Rechazar de manera explícita la violencia como mecanismo de disenso sería el piso mínimo en la construcción de ese rol.

 

Juan Carlos Pérez de La Maza

Licenciado en Historia

Egresado de Derecho

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