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«Avatares de un héroe de la Independencia» por Jorge Valderrama

Rafael Gana y López combatió en Cancha Rayada y Maipú, integrando posteriormente la guardia de honor del Director Supremo. Acusado de conspirar contra O’Higgins, fue encarcelado y absuelto de los cargos, llegando a Talca en 1823, ciudad en la que formó su familia y fue electo regidor y alcalde. Sus restos descansan en el Cementerio Municipal de esa ciudad (Jorge Valderrama Gutiérrez)

Retrato del Sargento Mayor Rafael Gana y López, en la madurez de su existencia. Fue regidor (1823) y alcalde de Talca (1837). Anales de la Universidad de Chile.

Hijo de don Agustín de Gana Darrigrande y Doña Dolores López Guerrero Silva, Rafael Gana y López nació en Santiago en 1797, siendo bautizado en la parroquia El Sagrario el 24 de octubre de ese año. Después de haber cursado sus primeras letras, se dedicó al estudio del latín hasta concluir filosofía y otros ramos accesorios.

Asimismo, la alcurnia y prosapia de su familia era de antología, ya que su abuelo paterno, José Francisco de Gana y Amezaga, era de origen español, nacido en Vizcaya, y descendiente de las casas solariegas infanzonas de Gana, Amezaga Balsandúa y Gandia. Legó un libro de tapas coloradas que contenía el expediente genealógico de la familia, así como sus títulos de señorío y las preeminencias que por sus títulos le correspondían. Además, fundó la capellanía de Santa Rosa de Pirque.

De igual manera, su abuelo materno fue Francisco López, chileno nacido en Concepción. Literato distinguido, fue asesor de varios Presidentes de Chile y Virreyes del Perú. En tanto, su abuela materna fue doña Francisca Guerrero Silva, bella señora chilena nacida en Santiago. Su hermana Carmen Gana López contrajo matrimonio con el almirante Manuel Blanco Encalada, quien era su cuñado y depositario de los títulos de genealogía mencionados (donados por su abuelo Agustín). Su abuela paterna, doña Rosa Darrigrande, era chilena, nacida en Santiago. Aunque su familia fue de origen portugués, de sangre limpia y nobleza esclarecida, ella nunca quiso conservar sus títulos genealógicos.

PRISIONARO EN EL CALLAO 

En los turbulentos días de la Guerra de Independencia, su amor por la patria lo llevó a comprometerse por la causa aún con riesgo de su vida, y en su hogar todos anhelaban la emancipación de España, porque sus progenitores, al igual que sus hermanos José Francisco y Javier, fueron siempre leales a la causa patriota

Cuenta en sus memorias que, en 1816, “bullía en el pecho de la juventud santiaguina el amor sagrado a la Patria e independencia de la Metrópoli, quebrando el yugo que nos unía al carro del despotismo español. Mi señor padre, era uno de los muchos entusiastas de la dicha época; él entraba en los clubs secretos en que se fraguaban los planes patrióticos, lo que le valió juntamente con muchos de sus amigos y compañeros de principios una prisión y luego el destierro a Lima. Allí se les encerró en los subterráneos del castillo del Callao, lugar horrendo, espantoso y abominable, en donde tuvieron que sufrir un doloroso encierro. Mi hermano mayor, José Francisco, los acompañó en su destierro”.

Él mismo no escaparía a tal experiencia, porque cuando se dirigía a Valparaíso para enviarle recursos económicos a su padre en cautiverio -además de ropa y víveres-, fue asaltado una noche de diciembre por una partida de soldados realistas al mando de un oficial apellidado Manterola, quien lo encerró en el castillo de San José por considerarlo enemigo del Gobierno Español. El ambiente en esos momentos era confuso e inestable para la monarquía, ya que se hablaba en público sobre la pronta llegada de la expedición del general San Martín desde el otro lado de los Andes, encabezando un ejército que reconquistaría Chile. Por ello, y como represalia, los españoles tomaban diferentes medidas: desterraban patriotas, levantaban horcas para intimidar a los habitantes, y movían confusamente sus tropas para generar desconcierto. Razón por la cual apresaron en Valparaíso a cuantos creían enemigos.

Hecho prisionero, la patrulla que lo custodiaba, junto a varios compañeros de infortunio patriotas, llegó finalmente a la explanada del castillo. En ese momento, la violenta explosión de unos cajones de pólvora sacudió la estructura, haciendo volar techumbres, puertas y cuanto contenía el lugar de la guardia, frente a lo cual el gobernador de Valparaíso, José de Villegas, estuvo a punto de ordenar el fusilamiento de todos los presos, pero logró controlarse y ordenó su inmediato encierro en un calabozo de la fragata “Victoria”. Su prisión duró hasta el 13 de febrero de 1817, un día después de la Batalla de Chacabuco y de la derrota del Ejército Realista.

Aquel día solicitaron su libertad al comandante de la guardia de 50 hombres que los custodiaban, a cambio de una recompensa, a lo que accedió gustoso el Oficial de Guardia, pues por sus venas corría sangre chilena. Pero ante sus dilaciones -ya que volvió a meter en el entrepuente a los prisioneros- tuvieron que reducirlo por la fuerza, aprovechando que la tropa se había pasado a la causa patriota y no acudió a sus voces de mando. Poco después, sorteando los buques españoles surtos en la bahía -como la fragata de guerra “Bretaña”-, se pusieron a salvo en tierra. Mientras huía junto a un guía y a su compañero Ramón Sepúlveda (quien en su juventud fue capitán de artillería), se toparon con una partida armada de realistas, dispersos de Chacabuco, con la cual se vieron obligados a marchar, so pena de ser descubiertos como patriotas y muertos. Si bien estaban aterrorizados, “no sucedía lo mismo con nuestro guía, que era el ángel salvador, porque se mostraba más godo que los mismos soldados realistas, jurando y maldiciendo a cada instante a San Martín y a sus gloriosos generales” (Memorias de Rafael Gana). De esa manera, burlando la vigilancia de sus guardianes, llegaron a Casablanca el 15 de febrero de 1817.

SERVICIO MILITAR 

Por todas las penurias vividas y su acendrado patriotismo, ingresó al servicio militar en marzo de 1817, con el grado de teniente en la Compañía de Granaderos del Batallón N° 2 de Chile, que en aquel entonces se comenzaba a organizar. Poco después su batallón abandonó Valparaíso para dirigirse a la estancia de Las Tablas, cerca de Casablanca, donde formó parte de una división de las tres armas -infantería, caballería y artillería- a las órdenes del general Antonio González Balcarce.

Cuando el general español Mariano Osorio desembarcó para recuperar el territorio, el general San Martín -con cerca de 4.000 plazas de tropas- ordenó a O’Higgins dejar el sitio de Talcahuano y dirigirse a Talca, donde se encontrarían para formar un cuerpo respetable y hacer frente al enemigo. Así, cerca de la orilla del río Lontué, el coronel Ramón Freire -que organizó y mandó a los Cazadores de la Frontera, formado en Talca con la base de una compañía talquina- sostuvo encarnizados combates con las avanzadas realistas (Quechereguas). Entonces, con el propósito de cortar la retirada a los realistas (que iban dejando en el camino bagajes, cureñas caballos, heridos, etc.), el Ejército tomó el camino que conducía a Talca por el paso de las Lagunillas en el río Lircay.

En Talca se trabó un combate muy cerca del convento San Agustín, yendo él a la cabeza de la Compañía de Granaderos para ir en ayuda del comandante de artillería Manuel Blanco Encalada. Fue el preludio del desastre de Cancha Rayada del 19 de marzo de 1818. Durante la retirada, el teniente Gana resguardó la retaguardia.

Tras llegar a San Fernando al alba del 21 de marzo de ese año, junto a su superior, el coronel José Bernardo Cáceres, supo que el general San Martín se encontraba en el pueblo, en casa del gobernador José María Silva. En la puerta encontraron a su ayudante, el bravo comandante Santiago Bueras, y a don Mariano Encalada. Una vez en su presencia, le leyeron la correspondencia del general Las Heras, en que le daba a conocer que había salvado todo su división -más de 3.500 hombres- y que esperaba sus órdenes  para los movimientos subsiguientes de aquel Cuerpo del Ejército. San Martín, poseído del entusiasmo más vivo, exclamó: “¡Oh! Las Heras! ¡Valiente División…! ¡Ya tenemos Ejército…! ¡Venceremos!”.

El valor y serenidad de Las Heras, con prudencia y sangre fría admirable, salvó su división de un descalabro completo. Dos días después, el 24 de marzo, San Martín y O’Higgins entraban en Santiago. Poco después, a las 11 de la mañana del 2 de abril de 1818, San Martín ordenó al Ejército Patriota -5.500 hombres bien disciplinados- marchar al encuentro del enemigo, dando inicio a la Batalla de Maipú. Así, tras una descarga que barrió por completo con quienes iban al frente de sus batallones, el teniente Gana vio a caer a su primo Juan Gana en la flor de sus juventud.

Después de la victoria patriota, que selló el destino de la monarquía en Chile, se le mandó trasladar con el grado de capitán y la medalla de los vencedores de Maipú al Estado Mayor, hasta que el Director Supremo de la República, Bernardo O’Higgins, le hizo pasar a su Guardia de Honor con el grado de sargento mayor, donde tomó el mando de una compañía. Poco duró aquel puesto, porque se le encerró en una prisión del cuartel número 7 de San Diego -Santiago-, por efecto de una conspiración fraguada, según se le dijo, por su cuñado el general Blanco Encalada.

A pesar de su absoluta ignorancia y nula participación en dicho complot, se le siguió un Consejo de Guerra que lo absolvió y liberó de prisión… tres meses después. Presentó de inmediato la separación absoluta del servicio, a lo que O’Higgins se negó, dándole el mando de otro batallón. Sin embargo, ante la insistencia del sargento mayor, finalmente le dijo que se quedara en su casa con licencia temporal, hasta su retiro definitivo.

No obstante, cuando el descontento hacia el gobierno de O’Higgins se expresaba abiertamente y aires de revolución fratricida invadían la patria “llevado por mis opiniones y resentido al mismo tiempo por la terrible prisión que había padecido injustamente” (Memorias de Rafael Gana) se afilió los golpistas. Por ello, el 26 de enero de 1823 se la comisionó apersonarse al comandante de su regimiento, coronel Pereira, pidiéndolo a él y al cuerpo que mandaba una estricta neutralidad para no hostilizar al pueblo. Consintió, puesto que, si no se sometía, habría provocado un inútil derramamiento de sangre. Después ordenó a José Toledo, comandante de Serenos, colocar carteles en todas las calles de la ciudad, convocando al pueblo a Cabildo abierto para deponer al Director O’Higgins.

EN TALCA

Terminada la revuelta y depuesto O’Higgins, presentó su renuncia, obteniendo la separación del servicio con goce de fuero y uso de uniforme, y el 28 de agosto de 1823 llegó a Talca, año en que fue regidor por la ciudad. De igual forma, el 15 de abril de 1827 contrajo matrimonio con doña Benigna Castro y Cruz, hija legítima de don Juan de Dios Castro y de doña Francisca Cruz, prominentes talquinos, con quien tuvo 14 hijos: Agustín (1823), María del Carmen (1827), José Francisco (1828, quien fue General de División y prominente parlamentario), Ignacio (1830), Florencio (1831), Adolfo (1832), Agustín (1833), Rafael (1835), Segundo (1837), Javier (1841), Carmen (1843), Rosario (1845), Emilio (1847) y Rafael (1850).  Fue alcalde de Talca en 1837. Falleció en esa ciudad el 21 de julio de 1867, donde sus restos descansan en el Cementerio Municipal.

GALERÍA DE FOTOS

Su hermano, José Francisco Gana, Gobernador de Talca en 1827, diputado propietario al Congreso Constituyente de 1828 por Talca y director de la Escuela Militar. Museo de Historia Militar.
Su hermana Carmen Gana, casada con el almirante y primer Presidente de Chile, don Manuel Blanco Encalada. Archivo del autor.
Retrato del tercero de sus hijos, el General de División José Francisco Gana Castro. Museo de Historia Militar.
En la Batalla de Maipú, el teniente Gana vio a caer a su primo Juan Gana en la flor de su juventud, tras una descarga que barrió por completo con quienes iban al frente de sus batallones. Cuadro de Pedro Subercaseaux que se encuentra en el Museo Histórico Nacional.
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