
Quiero hablar de Spinoza, lo tengo atragantado. Primero porque desde el optimismo del cual soy susceptible, me embarga una salida para la crisis existencial que recorre el mundo luego de haberse desprestigiado tanto la religión. Y esto no es algo tan recurrente si ponemos la moda del esoterismo sobre la mesa, es decir, que al perder la religión llegamos incluso a hacernos esoteristas, porque tampoco podemos decir que nos hicimos esotéricos, eso es para algunos que realmente vencieron todas sus alienaciones y desarrollaron su voluntad para convertirse en magos, pero bueno, no es el punto. Lo que viene al caso es Spinoza, el cual ahora también podemos cruzarle una línea con los cabalistas, ya que la Editorial Cactus publicó por primera vez en español el “Individuo y comunidad en Spinoza” de Alexandre Matheron del año 1968, en noviembre 2025. Este libro y el de Marinela Chaui “Spinoza, una filosofía de la libertad” del 2001 serán las fuentes para osar hablar del otro Benito, el que también proclama libertades y se erige como el filósofo de nuestra época.
Con Spinoza podemos hablar de Dios, de Política y de las Personas, pero dentro de mi delirio intentaré esbozar más un charquicán filosófico que podría dejar alguna reflexión si al terminar este breve comentario podemos hallar ciertos sentidos. Desde ya, permítame esta libertad:
“Nunca dejé de creer en mí. Tú también deberías de creer más en ti, vales más de lo que piensas”, este es el mensaje de Benito Martínez, el “conejo malo”, en el Súper Bowl de EEUU recién pasado. Nuestro Benito, el otro, el filósofo, por su parte, es un defensor férreo de este mismo mensaje, puesto que nos propone darnos cuenta de los alienamientos que nos obstaculizan para ser lo más libres posibles. Para ello, aborda al ser humano desde sus pasiones, las que cree son parte natural del ser, y que, por tanto, podemos aprender a administrarlas.
Esto de ser alienado, significa que algo externo se combina con nosotros y nos configura, en tales casos hasta el amor es alienante, todas nuestras relaciones sociales lo son también, y luego por supuesto, nuestros consumos y agentes impositivos y voluntarios de la vida actual. O sea, que en virtud de las pasiones, toda necesidad exterior a mi persona que me defina las pasiones es parte de un alienamiento; no podemos dejar de ser alienados porque somos seres sociales, pero cuanto más podamos desprendernos de las condiciones externas —sobre todo que estamos ultra alienados— más felices podremos ser, porque no necesitaremos tantas variantes que no dependen de nosotros, lo que generalmente lleva a la desdicha. En el fondo, la felicidad debiese surgir de mí mismo y de mi propia esencia como ser humano que existe y que es. Ese es el mensaje de los Benitos.
Spinoza, famoso por “liberar a Dios de la superstición teológica” (Chahui, 2001), nos viene a demostrar que el contento existe, que la felicidad es real y que tiene un camino claro para alcanzarla, la Razón, nutrida por el conocimiento permanente. Es lo que Matheron llama un filósofo spinozista, buscador de las causas, administrador de las pasiones y regidor claro de la Razón, la cual contribuye al desarrollo de la ética y del criterio.
La política podría tener un Estado libre, claro, siempre y cuando todos pudiésemos deliberar con criterio nuestras diferencias, así, gracias a la Razón, seríamos aún más independientes. Pero es parte de nuestro desarrollo, la sociedad política se crea por las pasiones, debido a que actuamos según nuestros intereses, condicionados por el amor o el odio. Estas pasiones nos hacen jurídicamente dependientes y es por ello que necesitamos del contrato social. Las pasiones nos mantienen menos libres, y nos llevan a la dualidad “esperanza-miedo”. Y aquí quiero de pleno adjuntar el ciclo de esta dinámica esperanza-miedo que tras un evento infortunado desencadena el siguiente recorrido, esto puede servir a más de alguien:
Imaginemos que somos una persona sin muchos tropiezos, sin grandes problemas y de pronto nos ocurre nuestro primer gran fracaso, esto haría iniciar un proceso que comprende 4 etapas:
1. Fase crepuscular, se activa la dualidad esperanza-miedo, donde predomina la esperanza al inicio, pero luego ya comienza a dominar el miedo. Inseguridad.
2. El miedo domina, ya no confiamos en nosotros ni en el universo. Solo pensamos en defendernos de los peligros que acechan. El miedo aumenta, hay desesperación. Nos aferramos a cualquier cosa, cualquiera persona o idea.
3. Fase Aurora. Ligeramente empieza a surgir la esperanza. Hay incidentes imprevistos que nos van cambiando poco a poco. La esperanza aun no vence al miedo. Nos sentimos frágiles, pero hay algunas mejoras. La esperanza se iguala con el miedo.
4. La esperanza domina. Actividad feliz. De la defensiva pasamos a la ofensiva. Cada vez tenemos más fe en la eficacia de nuestros medios y en la indulgencia del destino
Así llega la seguridad completa, nos volvemos otra vez arrogantes y nos volvemos a hacer blandos e inertes dice Matheron leyendo a Spinoza, hasta que volvamos a vivir un nuevo y duro fracaso que nos desequilibre de tal forma. Agrega el francés que en el pensador holandés también podemos ver este mismo ciclo aplicado en la política en plano de Barbarie, Civilización, Decadencia y Servidumbre, y luego otra vez Barbarie y así. Pero la intención aquí es la personal, más que la política que podremos abordar en otra oportunidad.
La esperanza y el miedo como dualidad aparecen cuando deseamos bienes externos sobre cuya obtención no podemos tener ninguna certeza. Ahora, si la seguridad es la confianza en nosotros mismos y en el universo, cuando una de las dos se cae aparece la incertidumbre. Para eso habría que advertir que Dios para Spinoza es la sustancia de la cual todo ha surgido, por tanto, todo lo que existe como materia es una extensión de esta sustancia primera. En tal caso, somos dioses como decía la biblia, estandartes de la extensión infinita, portadores de la flama positiva del amor, la instancia suprema por la cual adherimos por juicio y naturaleza.
Lo dijo también el Benito de hoy, el cantante, “al odio se le combate con amor”, y en nuestro caso, el amor es la conciencia de lo que somos. El egoísmo, en clave spinoziana, es superado con el deseo consciente de mí mismo. “Mi deseo es deseo de sí, y este deseo de sí, soy yo, en toda mi riqueza y toda mi complejidad” (Matheron, 2025, p. 116).
Dos Benitos que nos invitan a “creer en nosotros mismos”, dos hablantes de la condición humana positiva, sin el temor, ni el obstáculo de la culpa, en la serenidad del entendimiento. La búsqueda por el ser será el ejercicio por desprendernos de todo lo externo que nos modifica y nos cambia, bajo persuasión de ser “libres”, cuando en el fondo eso es solo un slogan político más. La verdadera libertad es ser uno mismo, los que lo logren serán parte de la construcción del futuro, los que sucumban decorarán como el maíz la mansa necesidad de las masas.
Franco Caballero Vásquez.









