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Chile, país de primera (b)

Ahora que gracias a una honorable diputada se pusieron de moda las metáforas, recordé que desde mi lejana infancia los fanáticos del fútbol repetían la frase “¿Quién es Chile? Colo Colo!!”.

Y como esta semana ese club disputó en nuestra ciudad un partido de vital importancia para su permanencia en la liga mayor de aquel deporte, no pude dejar de observar la singular alegoría que se nos ofrecía.  El resultado favorable del encuentro deportivo señalado definía la permanencia del club en el exclusivo grupo de aquellos de mejor desempeño o, de serle desfavorable, descendía a una suerte de segundo peldaño en la jerarquía de los clubes profesionales, a la que se denomina “Primera B”.

¿Está Chile en la misma situación que Colo Colo? ¿Se cierne sobre nuestro país el peligro de descender a un escalón inferior en la jerarquía de países? ¿Chile podría convertirse en miembro de la “Primera B”? Ante todo, una duda: ¿nuestro país está en esa primera categoría, de la que peligraría descender?

Existen múltiples indicadores, económicos, sociales, políticos, culturales o demográficos que clasifican y jerarquizan a los países. En algunos de ellos, dependiendo del criterio, Chile se sitúa en lugares positivamente destacados. En otros, al contrario, nuestro país ocupa lugares menos favorecidos. Por ejemplo, el Índice de Desarrollo Humano, elaborado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, sitúa a Chile en el primer lugar de Latinoamérica y 43 entre los 189 países del mundo en desarrollo humano. Sin duda allí estamos en la primera división. No obstante, en el índice de desigualdad, medido con el Coeficiente de Gini, nuestro país se sitúa en el lugar 10 entre los países de mayor desigualdad social en Latinoamérica y 25 en el mundo, lo que nos deja claramente mucho más abajo de la primera división. La paradoja y el contraste de ambos datos es innegable.

Una mirada a otros indicadores, tales como el ingreso per cápita, la corrupción, el narcotráfico, la facilidad para emprender, la transparencia, la victimización, el índice de escolaridad o la cobertura de agua potable corroboran lo dicho. Chile, más que un país de primera A o B, segunda o tercera división, es un país de contrastes. Exhibimos cifras tremendamente favorables, cercanas a países desarrollados de verdad, pero a la vez tenemos otras que describen nítidamente nuestro subdesarrollo.

El progreso en ciertas áreas es innegable y habría que ser demasiado renuente para negarlo. En las últimas décadas varias veces hemos mirado con optimismo el avance en pos del desarrollo. Nos hemos ilusionado con pertenecer al “primer mundo” y convertirnos en una sociedad como las de la OCDE que a algunos gustan mucho. Pero, cada tanto, nuestros comportamientos, carencias y defectos revelan que no poseemos las cualidades y no tenemos las condiciones para situarnos en esa categoría. Sea el conflicto en la Araucanía, la calidad de nuestra educación, la inseguridad ciudadana, la deficiencia previsional, las movilizaciones sociales o cualquiera de los múltiples asuntos que nos inquietan, todos contribuyen a hacer difícil ese ansiado paso que pondría a Chile definitivamente en el escalón más elevado.

Por ahora, y me temo que por muchos años, habremos de conformarnos con permanecer en el expectante lugar que ocupan los eternos aspirantes. Esos que, como en el fútbol, son de Primera, pero Primera B.

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