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Crónica a las filas de mujeres que entregan encomiendas en la cárcel de Talca

El trámite de llevarle víveres a los internos de la cárcel de Talca es un rito que tiene sus normas. Las de Gendarmería, por supuesto, pero también de los familiares, la mayoría mujeres, que en esos metros cuadrados de espera llegan a sentirse tan prisioneros como sus hijos, esposos y amigos (Texto y fotografías: Rodrigo Contreras Vergara)

El portón permanece cerrado hasta que se abre para llamar al siguiente turno, con carteles que informan de los horarios establecidos para la entrega de las encomiendas.

Será media cuadra por la 1 Poniente antes de llegar a la Alameda. No más. Y quizás es mucho media cuadra. Unos cuantos metros que alcanzan para levantar unos toldos y acomodar mesas y sillas. Y listo. A un lado por la vereda se levantan los muros de la cárcel de Talca. Tan altos y protegidos como para perderlos de vista, haciéndonos los tontos, olvidándonos que tras esos muros habitan personas.

En esos escasos metros moran otros presos. Unos que se creen libres, o que lo aparentan. Pero en realidad no logran despegarse de esos muros, en una especie de limbo que les recuerda que el encierro, como la culpa, no se puede limitar a cuatro paredes.

“¡Oiga…!, si a nosotros nos tratan igual que si hubiésemos cometido un delito…”, dice la señora Rebeca, que atiende un puesto ubicado junto al portón por donde se reciben las encomiendas. No lo dice de manera despectiva. Tiene a un hijo adentro. El asunto es que si preguntan algo, los gendarmes les responden -asegura- de mala manera.

Como cuando requieren información del futuro traslado a la nueva cárcel La Laguna, ubicada en el sector de Panguilemo, al norte de la comuna. La “joya” de Gendarmería, la más moderna, pensada especialmente para fomentar la reinserción. La misma que el ex ministro de Justicia, Hernán Larraín, reconocía a comienzos de año que presentaba una demora en su ejecución. “El edificio está en un 99…98 coma y algo…en fin…está prácticamente terminado…”, decía el emblemático político de derecha.

En esa misma oportunidad se anunciaba que la nueva cárcel entraría en funciones en el segundo semestre del 2023.

Al hijo de Rebeca le dieron 2 años y le quedan 10 meses para salir. Fue por un hurto, explica, un delito menor. El problema es que se metió en las drogas. Pero él la ayudaba, la venía a dejar con sus cajas y mercadería para abrir el puesto que trabaja hace 14 años. “Afecta…una se pregunta cómo está, si come, si pasa frío…especialmente para Pascua y Año Nuevo…”. Del cambio a la nueva cárcel no sabe nada, pero intuye que no será muy pronto.

ESPERANDO JUNTO AL PORTÓN

Otra mujer que atiende un segundo puesto que también vende café y sandwiches en la misma cuadra, advierte que la nueva cárcel no tiene para cuando. Que el mismísimo alcalde de Talca le habría dicho que el terreno donde se emplaza tiene problemas y que su apertura se alargaría más allá de los plazos anunciados.

Una señora mayor se acerca. Se nota un poco tímida. Necesita información sobre un hijo. “No, acá no le van a decir nada, tiene que hablar con el abogado”, le explica la mujer del puesto.

La mayoría de quienes esperan que el portón se abra y las llamen son mujeres. Todas cargan bolsas que son revisadas al detalle por los gendarmes. Una madre le trae mercadería y útiles de aseo a su hijo. Le dieron 60 días por conducir y chocar en estado de ebriedad. “Quizás hasta esté bien lo que le pasó… para que tome conciencia”, comenta tratando de encontrarle sentido al asunto. Una joven cuenta que le trae una encomienda a su pareja que lleva 3 años y medio adentro, de una condena de 9 años y medio. Está explicando que hay cuarentena en la cárcel por casos de Covid cuando la llaman los gendarmes.

DEMASIADOS CIGARROS

A un par de metros del portón, un matrimonio cuenta que vienen a dejarle una encomienda a un amigo. En una de las bolsas asoman cajetillas de cigarros. Lo conocen de cabro chico. A ella él le dice que fue como su mamá. El único familiar que tiene el amigo es su papá, pero es un adulto mayor que poco entiende lo que pasa, así es que prácticamente se transformaron en sus padres adoptivos. En la cárcel le detectaron un cáncer, dice la mujer. Así es que le traen algunas cosas para que pueda vender adentro y se gane algunos pesos. El esposo va a dejar la encomienda y regresa con una bolsa a medio llenar con cajetillas de cigarro. Se queja que solo lo dejaron ingresar 10 cartones y no los 20 que traía. También asegura que están rechazando las jaleas y el aloe vera porque podrían usarlo para hacer licor. Las quejas siguen. Que el módulo 3 no tiene baños, solo el 1 y el 2. Que no les entregan medicamentos, que les botan a la basura algunos alimentos.

“Hay mucha injusticia aquí…nos tratan mal”, comenta casi a gritos la encargada de uno de los puestos mientras se toma un café.

La joven ya terminó el trámite de dejar la encomienda a su pareja y fuma un cigarro. Del traslado a la nueva cárcel no ha escuchado nada oficial, aunque sabe de un colectivero que se está ofreciendo para hacer viajes especiales a Panguilemo cuando la apertura se concrete. “Preguntamos, pero ellos (Gendarmería) dicen que no saben nada todavía”, señala con incertidumbre. Le preocupa, especialmente, que en el nuevo recinto se mantenga el sistema de beneficios a los reos.

En la 1 Poniente con Alameda el movimiento no se detiene en día de semana. Nadie mira hacia arriba. Todos se preocupan del portón, de acomodar sus bolsas y esperar el llamado de los gendarmes. Rebeca sigue preparando café a los clientes, preguntándose si su hijo tendrá frío o no.

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