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CRÓNICA La historia de Claudio Ferrari en Vichuquén

Claudio Ferrari lleva más de 40 años viviendo en Vichuquén, pueblo que conoce desde hace muchos años y del cual ha estudiado su historia y arquitectura. Texto y fotografía: Rodolfo De los Reyes Recabarren

Claudio Ferrari en el Día del Patrimonio de 2015

Según una revista literaria, el arquitecto Claudio Ferrari Peña dejó su exitosa vida de docente universitario, de ciudadano de las grandes ciudades europeas, de éxito comercial de su profesión, de la grandeza del mundo occidental, para auto relegarse a un pequeño caserío colonial enclavado en medio de la cordillera costina que no supera los 500 habitantes, y cuya somnolienta quietud se ve afectada por los veraneantes del exclusivo lago Vichuquén y de algunos turistas que por azar llegan al pequeño pueblo colonial. Un lugar de casi 500 años y que antes fue un importante caserío del imperio Inca en estas australes latitudes.

Ferrari lleva más de 40 años viviendo en Vichuquén, pueblo que conoce desde hace muchos años y del cual ha estudiado su historia y arquitectura, siendo mirado como un personaje algo “excéntrico” por los rurales habitantes del lugar, dado que gusta vestirse a usanzas antiguas y recorrer sus calles para conversar con quien quiera entablar palabra con él.

De todas maneras, es reconocido como una persona que ha hecho mucho por este pueblo que tuvo épocas de gloria hasta las bíblicas inundaciones de la década del 30, cuando los desbordes de los esteros circundantes arrasaron con tres cuartas partes de la entonces ciudad, dado que tenía hoteles, cárcel, periódicos y tiendas que hoy día evocar eso parece algo imaginario.

Ferrari en su afán de conservación adquirió la bella casa de Melitón Alvarez De la Fuente, antiguo gobernador de la zona, la única casa colonial de dos pisos, que data de 1830 y en la cual pasó temporadas estivales el Presidente José Manuel Balmaceda, como escribió en su memoria de título Arturo Alessandri Palma. Se salvó de ser visitada por Augusto Pinochet, porque unos temporales hicieron intransitables los tortuosos caminos. Esa casa tuvo tiempos mejores de conservación, dada su belleza arquitectónica, sus cuidados jardines y parques, además de sus glorietas y adornos traídos desde Italia. A eso se unía que limitaba con el estero Uraco que a veces era navegable en pequeñas embarcaciones, lo que le daba un aire muy especial. Ese espíritu fue rescatado en revistas de decoración y paisajismo del Diario “El Mercurio” y otras publicaciones nacionales. Sin embargo, el paso del tiempo ha deteriorado este antiguo edificio declarado monumento nacional, que hoy luce cierto abandono dado que una restauración global requiere una inversión elevada.

Llama la atención que Ferrari, hombre culto de grandes capitales,  dejó ese mundo urbano y se vino a refugiar en este caserío cuyos habitantes tienen fama de hoscos y “amalditados”. Pese a la pequeñez del lugar se trata de un “infierno grande” como dice el dicho, algo que ha mutado en la historia de brujos y que el escritor Enrique Lafourcade plasmó en su novela  “Cristianas, viejas y limpias” (1997), donde describe la beatería y los chismes del pequeño poblado, dejando de manifiesto las falsas apariencias, los doble estandar y la gazmoñería colonial reinante, en medio de la ignorancia, la superstición y el oscurantismo. Consultado sobre ese cambio, Ferrari señala que cuando él llegó a dicho pueblo, había un espíritu cultural mayor al que hemos visto siempre y que su reminiscencia colonial le encantó, sobre todo esa armonía entre vida campesina antigua y naturaleza, la que es contaminada con las mansiones del lago, sus veraneantes que llegan en helicóptero o avionetas, saturando de ruido los parajes con lanchas, motos y vehículos todo terreno, además de acometer uno de los mayores saqueos del patrimonio natural de  Chile al privatizar la casi totalidad de las riberas del lago por década, algo que se ha compensado mínimamente con la apertura de una playa pública en una pequeña extensión.

Ferrari, pese a haber sido arquitecto del empresario Carlos Cardoen y otros grandes hombres de fortuna, prefiere la sencillez pueblerina, por ello es un asiduo parroquiano de lugares como “Don Nuncio” y otros, degustando las cazuelas, las humitas y pasteles de choclo en verano, los arvejados, estofados y pantrucas en invierno, además de oscuros vinos de zonas de rulo, leyendo “El Mercurio” antes de la siesta inagotable de Vichuquén.

Es curioso que pese a todo lo que Ferrari ha hecho por Vichuquén y la zona costina no haya sido declarado “Ciudadano ilustre de Vichuquén”. Siendo un hombre de su cultura, de su sapiencia, de su trayectoria, de su capacidad de proyectar a Vichuquén, es lo menos que podrían hacer los vichuqueninos por él, dado que gracias a su pluma, a sus investigaciones, a sus proyectos, a sus propuestas, Vichuquén ha quedado para siempre en el imaginario nacional como un lugar misterioso, mágico, interesante y digno de conocer.

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