
Apelando a su buena memoria, el Lector recordará que la semana pasada intentábamos un paralelo entre los regímenes de Hussein, en Irak y Maduro en Venezuela. Su origen, sus mecanismos de manejo y permanencia en el poder, los factores que les ayudaron y el contexto en el que colapsaron y finalmente cayeron. Terminábamos haciendo un breve listado de semejanzas entre ambas dictaduras. Corresponde ahora abordar las diferencias, que son varias.
Primero, la naturaleza de la caída: Hussein fue derrocado en marzo de 2003, cuando una coalición militar liderada por Estados Unidos invadió Irak. La operación Libertad Iraquí constituyó la primera etapa de la guerra de Irak. En menos de tres semanas, las fuerzas de la coalición invadieron Bagdad y pusieron fin a su régimen de 30 años; Maduro, en cambio, fue capturado mediante una muy planificada (y anunciada) operación militar exclusivamente norteamericana, que enfrentó una escasa resistencia. Sin embargo, el régimen bolivariano sigue subsistiendo en manos de (casi) los mismos personajes que acompañaban a Maduro. Si bien es muy temprano para vaticinar qué pasará en el futuro venezolano, pareciera que se avizora una larga etapa de estabilización, recuperación y, tal vez, por fin una transición a la democracia.
En cuanto al contexto geopolítico en que desaparecen ambas dictaduras: Irak estaba en el centro de la históricamente convulsionada zona del Medio Oriente, por lo que a nadie sorprendía en aquel entonces que hubiera un conflicto (otro más) allí. En cambio, Venezuela se encuentra en una América Latina en que las dinámicas son distintas. Durante décadas los problemas latinoamericanos no importaban a nadie. Y una dictadura (otra más), tampoco era relevante ni causaba cuidado. Hasta la llegada de Trump y el renacimiento de la Doctrina Monroe (hoy Donroe) con el que la mirada estadounidense se volvió a Latinoamérica. Mientras que con Hussein la justificación para su derrocamiento eran las supuestas “armas de destrucción masiva” que, se dijo, tenía en su poder, en el caso de Maduro sería el narcotráfico que, usado como arma, dirige hacia Estados Unidos. Pero, lo sabemos, bajo el discurso oficial se esconde el petróleo. Y, además, el crudo iraquí estaba lejos y en una zona compleja, mientas el venezolano está mucho más cerca y en un área tranquila. En el ámbito político también se aprecian diferencias. Mientras que al régimen de Hussein no le apoyaba ningún país de la zona y, paulatinamente, se iba transformando en un paria, a Maduro hasta hace poco, aún le apoyaban algunos líderes regionales, como Petro, Lula y Ortega, los que, pese a declaraciones altisonantes, pareciera que progresivamente hoy día están aceptando que su caída y prisión son irreversibles.
Por último, ¿qué consecuencias se derivan de la caída de ambos dictadores? En el caso de Maduro, ya señalamos que es un proceso en desarrollo y los desenlaces aún están por verse. Pero en el caso iraquí, las dos décadas transcurridas permiten visualizar con bastante certeza algunas conclusiones. Que tienen, además, el valor de servir de pauta para el análisis del caso venezolano. Primero hay que señalar que la invasión de Irak en 2003, y la captura de Hussein, marcaron el inicio de una etapa de caos. La disolución del ejército iraquí y la exclusión de sus partidarios en el nuevo gobierno generaron un vacío que fue aprovechado por grupos insurgentes y, más tarde, por Al Qaeda y el Estado Islámico. La sociedad iraquí quedó fragmentada, y el país aún lucha por reconstruirse. De democracia, nadie ha escuchado hablar. La lección es que la caída de un régimen autoritario no garantiza, por sí sola, la estabilidad ni la democracia. Al contrario, puede abrir la puerta a conflictos más profundos si no existe un plan de transición sólido y consensuado. Tal vez por eso Trump desairó a María Corina Machado. Tal vez.
Hoy Venezuela enfrenta enormes desafíos. Primero que todo, la reconstrucción económica. La hiperinflación, la destrucción del aparato productivo y la dependencia del petróleo requieren reformas profundas. Luego, la reconciliación social. El país está polarizado, y la transición necesitará mecanismos de justicia y reparación. También se requerirá abordar la migración inversa. Un desafío en que millones de venezolanos podrían regresar, lo que implicaría un reto logístico, social y económico. Y, por último, la reconfiguración política. No se debe olvidar que el chavismo, aunque debilitado, sigue siendo una fuerza con capacidad de movilización.
(En este link puede leer la primera parte de esta columna publicada por Diario Talca
Juan Carlos Pérez de La Maza
Licenciado en Historia
Egresado de Derecho








