La ilusión por identificarnos se percibe abiertamente. Ante el vacío que genera la inconformidad que provoca el exitismo y mercantilidad del estilo de vida actual, surge la necesidad de identificación que una vez hallada pareciera sosegar la conducta, pero a costa de determinarla. Así me puedo justificar por ser Capricornio o tener déficit atencional, pero al momento de identificarme con ello me congelo, evadiendo la incertidumbre del constante hacerse, en cada momento, situación y relación. Dígase usted que es tímido y lo será siempre.
Por ello es preciso atender la genealogía del diagnóstico psicológico para instalar su juicio en tiempos de relativismo identitario, y/o crisis de identidad. Antiguamente las personas que padecían algún problema en el dominio mental estaban envueltas por una atmósfera de misticismo y brujería, lo que implicaba aislamiento, encierro, o lo que era peor, tortura y muerte.
La incorporación del diagnóstico gracias a Philippe Pinel permitió un terreno más “seguro” para estas personas, al aportar explicaciones de aquellas “anormalidades” que escapaban al canon. Es así como el diagnóstico pasaría a formar un espacio dentro del campo salud-enfermedad, generando una zona en la ciencia para lo psíquico. De esta manera comienza a fundarse la psiquiatría, basada en un método empírico, quedando lo psíquico sometido únicamente al cerebro.
Años más tarde un vehemente Sigmund Freud plantea el mismo método con el que se exploraba el cerebro para investigar el pantano desconocido de lo psíquico, postulando el concepto de instinto, al integrar lo biológico con lo energético, lo que para la época fue revelador. Sin embargo, su planteamiento aún mantenía el paradigma de la ciencia clásica.
No es hasta que aparece un vanguardista Paul Watztawick, quien revoluciona la forma de pensar acerca de lo psíquico, incorporando una nueva epistemología, una nueva forma de mirar el mundo. Añade al diagnóstico el contexto, las relaciones, el sistema familiar y por sobre todo la comunicación y el lenguaje como constructor de realidades. Aquí ya comienza a integrarse la mente y el cuerpo, y el observador se incluye en el objeto que observa y con esto surge el constructivismo.
Sin embargo, a la fecha, y muy fuertemente, el diagnóstico es visto de una manera estática traducida meramente en una etiqueta nosográfica, como el “trastorno bipolar”. Esto tendería a fijar la personalidad, la encriptaría, y peor aún predispondría su futuro. Un profesional con cierto grado de poder y status -por tanto, creíble- que le indica a una persona un diagnóstico como el anterior, genera en ella consecuencias que pueden determinar su actuar de ahí en adelante. Un terapeuta aporta no solo con conocimiento, sino también con todas sus creencias acerca de cómo debería vivirse la vida, pero ¿quién es cada uno para decir lo que es correcto o incorrecto, normal o anormal, para la vida de otra persona, cuando la subjetividad moral no cabe dentro de manuales estandarizados? Podemos decir que la etiqueta siempre determina una conducta, pasando incluso a tener más poder que la persona que la recibe, dominando en muchos casos la mayoría de los espacios de ese individuo.
Si se utiliza un diagnóstico más descriptivo que aborde a la persona y su contexto, como lo hace la terapia familiar, podríamos atender la idea de que los problemas no son exclusivamente de un sujeto particular, sino que son relaciones, colectivos y culturales. Es por eso que muchas veces las personas sufren problemas que la sociedad con sus constructos les ha instalado. Como, por ejemplo, personas solteras entre los 30 y los 45 años que se conflictúan porque el código social impone el deseo de tener hijos y formar familias, no siendo este necesariamente un anhelo auténtico. Así como adultos mayores que podrían percibirse poco útiles para el sistema de vida actual, o sentirse desvinculados de la diversión y el ocio, producto de la hegemonía productiva, cuando cada día es un nuevo comienzo.
Franco Caballero Vásquez/Sofía Olave Bastías, psicóloga