Tres historias de amor (y algo más) en un nuevo Día de los Enamorados. ¿Era mejor el amor de antes, más normado y empaquetado, que el amor actual, joven y desprejuiciado? (texto y fotografías de Rodrigo Contreras)

Angélica está sentada en una de las bancas de la plaza de armas. Espera a su cuidadora, una mujer que ha trabajado a su lado durante 53 años. Angélica tiene 90 años. 90 años es mucho tiempo. Pero Angélica está perfecta. Solo un bastón da algunas señales. Me mira con desconfianza. Y la entiendo. Que un tipo se acerque de la nada y la interrogue sobre su historia de amor, es para desconfiar. Dice solo su nombre, sin apellidos.
Había llegado con sus padres a Talca desde España con 6 años. Nunca más se movieron de esta zona. Tiene doble nacionalidad. Tenía 12 años cuando se enamoró de su esposo. Se casó cuando cumplió 20 años y él, Nelson, 23. Tuvieron cinco hijos, todos hombres. Nelson era ingeniero agrónomo. ¿Amor? Pues amor, responde, es entregarse a una persona, en las buenas y en las malas, con dinero o sin dinero. No le hablen de lo que pasa hoy, donde solo importa la plata, pasarlo bien y tras cuatro años, o quizás menos, las parejas se separan. Todo ha cambiado, agrega, antes la gente creía en Dios, hoy no cree en nada. Su esposo falleció hace 12 años. Lo extraña todos los días. Cree en el amor. Le digo que se ve muy bien para tener 90 años. Me responde que se ha portado bien. Que ha sido una buena esposa, una buena madre, una buena amiga.
Me cuenta que conoció a los hijos de Juan C. Bravo, el mítico director del Diario La Mañana. Eran amigos y vecinos. Eran los años del Talca antiguo. Una vez Nelson debía viajar a España durante tres meses por una beca y ella se resistía a acompañarlo. Pensaba que debía quedarse a cuidar a los hijos. El menor tenía 5 años, así es que no era llegar e irse por tres meses. Pero la convencieron. Viajó y ha sido la única vez en que ha estado tanto tiempo fuera de Talca.
Creo que Angélica no me creyó cuando le dije que era periodista. Que aceptó conversar porque sí, porque tenía un poco de tiempo y nada más. No tanto tiempo tampoco. Pasados unos cinco minutos me dice que tiene que irse. No me atrevo a ayudarla a pararse. En realidad no necesitaba ayuda. La vi alejarse con su bastón de la mano de Nelson.
Lo dicen las estadísticas. Las mujeres viven más que los hombres. Me acordé de eso cuando Ana me contaba que su esposo había muerto a fines del año pasado debido a un cáncer. Fue terrible, dice mientras termina de tomarse un helado. Ana tiene 75 años y vive en Curicó, aunque es talquina. A él lo conoció en Talca. Vivieron un tiempo en la capital regional y después se fueron a Curicó. En Talca vive una hermana a la que visita regularmente. Ambas fueron de vacaciones a la playa. Recuerda, coqueta, que él estaba más enamorado que ella. Eran otros tiempos. Hoy la mujer dice altiro si el hombre no le gusta y chao. Se acabó. Tampoco, acota, hay romanticismo. El amor ha cambiado. La pareja no es pareja. “Se da mucho…”. Se detiene y piensa. No encuentra la palabra. “Eso de la…cómo es que le dicen…eso…amigos con ventaja”, dice triunfante después del titubeo.
Hoy ni siquiera hay amabilidad. Cuenta que en el viaje a Constitución con su hermana, junto a un grupo de adultos mayores, no tenían quitasol donde protegerse. Le pidieron uno a un grupo que tenía tres, pero no quisieron prestárselo. Eso es una falta de respeto, piensa. Pero algo de culpa tienen las mujeres, reconoce. Las madres, especialmente las de otras generaciones, transmitían el machismo casi sin darse cuenta. Es lo que Ana le decía a su esposo cuando llegaba del trabajo y se acomodaba para que preparara la comida. Tu mamá tiene la culpa, le reprochaba. También se acuerda de su mamá que la hacía lavarle la ropa a sus hermanos hombres, mientras ellos se iban a jugar a la pelota. Reconoce que no todos piensan igual. Una vez escuchó a un hombre mayor argumentar a favor de una novia que se acababa de casar que “la mujer no nació cocinera”. Esa frase no la había escuchado nunca y le gustó mucho.
El mundo ha cambiado. ¿Ha cambiado el amor? No lo tengo claro. Matías tiene 20 años. María Laura 19. Se conocen desde segundo básico. Eran compañeros de curso y lo siguieron siendo durante toda la educación básica y media, siempre en el mismo colegio. Salieron de cuarto medio y nunca pasó nada entre ellos. Pero el año pasado, ya fuera del colegio, en una “junta” con amigos saltó la chispa. ¿Cómo fue?, les pregunto pensando en una comedia romántica. Se miran y responden casi a coro: se dio no más. Pero cómo, ¿eso no más? Debieron. Reconocen mi decepción y para calmarme me explican que antes las relaciones eran más formales, con eso de tener que hablar con los papás y todo eso. Para no perderlas todas, les pregunto si iban a celebrar el Día de los Enamorados. Ella admitió que le gustaban las flores. Él que se acordaba de fechas importantes. Pero que no sabían todavía qué harían.
Nada que hacer. Los tiempos han cambiado. O tuve mala suerte o el amor también ha cambiado.









