Hoy debemos concurrir, una vez más, a depositar nuestro sufragio. En los últimos 13 meses los chilenos lo hemos hecho en seis oportunidades, si es que participamos en las elecciones primarias. Si sumamos todos los procesos electorales, los chilenos que viven en Regiones par, han debido marcar 16 papeletas diferentes. Los maulinos, Región impar, “sólo” hemos debido marcar 14 de esas papeletas. Y, aún, nos queda la muy probable segunda vuelta de la elección presidencial de hoy. ¿No será mucho? ¿No será que se puede producir una suerte de saturación ciudadana? Es más, ¿podría producirse un desencanto democrático en muchos que, habiendo concurrido a votar para cumplir con su deber cívico, observan que nada sustantivo cambia? El voto, ¿sirve para algo, más allá del evidente efecto elector?
A estas alturas del día, cuando casi 15 millones de chilenos votan, se aprestan para hacerlo o han decidido no concurrir, conviene recordar que el sufragio no es un derecho natural, inmanente o congénito a nuestra humanidad. Al contrario, el derecho a voto ha sido una conquista larga, difícil y apasionada. Y, como tantos otros derechos, su logro ha debido sortear obstáculos políticos, económicos, raciales, sexuales y sociales. En la evolución del derecho a sufragio se han mezclado otras luchas, intereses y antagonismos.
Ya en la Grecia clásica asoman los primeros antecedentes de mecanismos en que los ciudadanos emitían su opinión frente a algún asunto público. Atenas, cuna de la democracia, hace 2.500 años aseguraba a todos sus ciudadanos ese derecho. Sólo que, hay que precisar, la ciudadanía la tenían apenas unos cuantos de los habitantes de aquella polis. Se excluía a las mujeres, a los esclavos, a los que pertenecían a clases sociales inferiores y a los no nacidos en Atenas, de padre y madre ateniense. O sea, eran una ínfima parte de la población total quienes tenían aquel derecho a votar. Más tarde, en la República romana, la situación no mejora sustancialmente. Por cierto, la civilización romana aseguraba a sus ciudadanos el derecho a voto, sólo que, al igual que en Grecia, la ciudadanía era una condición restringida a unos pocos. Sólo los Patricios, los miembros de la nobleza, es decir hombres, que hubieran cumplido con sus obligaciones militares y tributarias, tenían el derecho a emitir su voto en las Asambleas. Pero, la organización y estructura de ellas estaba tan acomodada a los intereses de los más poderosos, que rara vez una votación resultaba diferente a quienes la promovían.
En la larga Edad Media hablar de derecho a voto es imposible. Apenas habría que señalar que tenían derecho a expresar su opinión algunos consejeros de los reyes, ciertos miembros de la alta nobleza y nada más. Tendrá que llegar la Revolución Francesa, con sus ideales liberales, para que se vuelva a considerar que emitir una opinión acerca de un asunto público es un derecho. Igual restringido, por supuesto. La burguesía no estaba dispuesta a perder su influencia en medio de la muchedumbre popular. Por ello inventó el sufragio “censitario”, cuya letra chica incluía requisitos de edad (usualmente 21 años), cultura (saber leer y escribir, que no era habitual en las clases bajas) y patrimonio (poseer un determinado monto de fortuna). Con estos requisitos, la burguesía se aseguraba el predominio en cualquier decisión ciudadana. Sólo el siglo XX conceptualizará el voto como un derecho extendido. A todas las clases sociales, a todas las condiciones culturales, a todas las razas y credos. A todos. Y a todas, por fin, porque la larga lucha de las “sufragistas” obtendrá, con diferencia de algunas décadas, la ansiada igualdad de derechos políticos con los hombres (en Chile, en 1934 el voto municipal y en 1949 el voto pleno).
Por todo lo anterior, hay que ejercer este derecho arduamente ganado. Mientras Ud. lee esta Columna y espera pacientemente emitir su sufragio o conocer los resultados del escrutinio, sepa que el proceso en que hoy participó no ha sido fácil, ni gratuito ni fluido. Ha costado luchar contra discriminaciones, ha implicado derrotar intereses mezquinos, pero ha significado, siempre, avanzar de una forma esperanzadora. Votar, conscientemente, de manera responsable, libre e informada, es un derecho que nadie debiera desechar. Ni por hastío, ni por desencanto, ni menos por desidia. Por eso, una vez más, ¡todos a votar!!!