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EL INFIERNO DE LAS HUMANIDADES por Javier Agüero Águila

  1. En la mitología griega Orfeo –probablemente hijo de Apolo– argonauta que con su lira y su canto podía detener el curso de los ríos, dominar a bestias salvajes y tranquilizar almas atormentadas, descendió a los infiernos (el inframundo) para intentar resucitar a su amor Eurídice, quien habría muerto mordida por una serpiente.

Fue tanto el amor que Orfeo mostraba por su esposa muerta, que después de haber librado todas las batallas y sorteado todos los peligros, deteniendo con su música a todos los tormentos del infierno que se le presentaron, Hades y Perséfone, dios y diosa del inframundo, se conmovieron y permitieron que rescatara a su amor y volvieran así al mundo de los vivos (la historia no tiene un final feliz).

  1. El economista de la universidad California, Sebastian Edwards, sostuvo hace algunos días que “Yo cerraría las Becas Chile en humanidades por 10 años. Solo las otorgaría a estudiantes de ingeniería aplicada». Hablamos aquí de que las “áreas” por el economista identificadas como susceptibles de ser exiliadas del perímetro de los apoyos estatales y enviadas, como Eurídice, al calvario del inframundo, serían todas las que siempre se han desarrollado ejerciendo el oficio desde un cierto margen, precariedad y persecución: la literatura, la filosofía, la teología, la sociología, la antropología, seguramente las artes, en fin.

Y todo este magma de ignorancia se alinea con una serie de infamias cometidas en la historia que, siendo más radicales y monstruosas por supuesto, no dejan de entrar en sintonía con el rictus humanista-fóbico de Edwards. En una línea de tiempo más amplia, recordada es la quema de libros por parte de los nazis en mayo de 1933 y en las que se pretendía acabar con todo pensamiento disidente que acechara el proyecto de “el imperio de los mil años”. Marx, Freud, Spinoza y otros grandes filósofos judíos fueron los primeros en ser lanzados a la hoguera.

Y aquí en Chile, sin ir más lejos y reverberando el mismo gesto de brutalidad nazi, Pinochet también ordenó la quema de libros –entre ellos los de la editorial Quimantú, que fue intervenida el 15 de septiembre de 1973 y en la que se destruyeron miles de sus textos editados–. A esto le sumamos el consabido cierre de las carreras de ciencias sociales, quedando la filosofía y la literatura desterradas durante este período a su dimensión puramente pedagógica, mientras eran monitoreadas por la inteligencia militar aduciendo que pensar era subversivo (en esto tenían razón) y que alimentaban el tumor marxista que había que extirpar antes de que hiciera metástasis definitiva y la sociedad chilena se degenerara por completo.

Posteriormente, durante los gobiernos transicionales y la década de los 90 en general, el deseo anti-humanista de Edwards parece haber tenido su momento. Las ciencias sociales, tecnificadas al máximo y asumiendo acríticamente el rol subordinado al que las había sometido una tecnocracia devenida paradigma y significante amo de las políticas públicas, fueron despojadas de todo su arsenal crítico pasando a ser nada más que otro rodamiento bien engrasado de la máquina neoliberal, que producía en serie no solo capital para las grandes fortunas del país o tratados de libre comercio que “nos abrirían al mundo” sino que, igualmente y con la misma potencia, racionalidades, cuerpos subalternos; sometidos a las lógicas del mercadeo legitimadas y legitimantes que se asumían como el canon, la forma de vivir, “el régimen de la idea”.

La propuesta de Edwards que, claro, no es un nazi sino un neoliberal de genoma, límite –chicago boys de cepa que a veces le da por escribir novelas sobre la Revolución cubana– es que las carreras de humanidades son una amenaza para el expansionismo salvaje y sin óbices de un mercado en el cual no existan diques de ningún tipo para su elasticidad infinita; expansionismo en el que aparece una suerte de metafísica de las ecuaciones, y en la que él mismo lanza el imperativo de que solo merecen financiamiento las “ingenierías aplicadas”.

Ahora, para “tranquilidad” de quienes vivimos de las humanidades ya sea dentro o fuera de las instituciones universitarias, el economista apunta que “no se trata de prohibirlas, pero tampoco de facilitar el acceso a ciertas carreras que no tienen proyección”. Se agradece la consideración y el gesto. El de no cerrar como se hizo en dictadura lo único que al final del día puede dar algo de decencia a un país intoxicado de índices y que, a ojos de Edwards, debe entregarse completamente al devenir siempre triunfal de “las hegemonías aplicadas”.

Todo lo demás es grasa: el pensamiento residuo, la disidencia desecho, la creación escombro. Entonces, cierto, para todas estas variantes críticas de colesterol alto, infecciosas y que enferman el cuerpo del capital pues, de plano, no debería haber financiamiento.

  1. ¿Seremos capaces, valientes y arrojados como Orfeo, de bajar al infierno del inframundo y resucitar a nuestra Eurídice, es decir, a las humanidades? O por el contrario ¿nos quedaremos en silencio, una vez más, dejando que académicos de universidades norteamericanas desde sus laboratorios saneados y esterilizados de crítica vengan, de cuando en vez, a pontificar sobre lo que las humanidades debieran ser –o más bien no ser– en Chile?

No sé si tendremos el favor de los dioses, pero las humanidades, como Orfeo lo hizo por amor a Eurídice, merecen nuestro descenso al inframundo del desagüe económico-ingenieril y, quizás, armados solo de la escritura y la palabra, derrotar a uno que otro monstruo con rostro “aplicado”.

Javier Agüero Águila

Académico

Departamento de Filosofía

Universidad Católica del Maule

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