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«EL ZORRO PIERDE EL PELO, PERO NO LAS MAÑAS» por Rodrigo Biel Melgarejo

Con este refrán se da a entender que, si bien las personas con el transcurso de tiempo cambian externamente, por dentro siguen siendo iguales.

En sus orígenes se utilizó la figura del zorro (también se ha usado al lobo y al perro) por la astucia de dicho animal; la expresión maña, a su vez, como sinónimo de comportamiento, de “la forma de ser”.

Dándole otra interpretación, admitiendo que las personas con la edad van cambiando su apariencia física, en su fuero interno algunos acumulan experiencias que les permite mutar las mañas, otros mantienen sus comportamientos aun cuando la vida les indique que debieran modificarlos; espero que estos últimos sean los menos.

He recordado este refrán a propósito que se ha criticado que sean candidatos a constituyentes, personas de la tercera edad que han sido personajes relevantes en el pasado político; crítica que cuando la hacen los jóvenes, olvidan que la juventud es una enfermedad que se sana con el tiempo.

Como todo en la viña del señor es de dulce o agraz, hay mujeres y hombres que habiendo avejentado externamente, siguen siendo sabias como lo eran en su edad media, hay otros y otras que permanecen tan necios como lo han sido siempre, y quienes pudiendo madurar no lo han hecho ni lo harán. Seamos positivos y no juzguemos por los años de vida, es decir, no desdeñemos la experiencia, como tampoco los ímpetus de la juventud.

Por lo mismo, no puedo estar de acuerdo con la crítica aludida, que desprecia la experiencia de quienes ejercieron cargos de relevancia pública y que, acumulando años de maestría, carecen de títulos de postgrado como las actuales generaciones, estudios que, en todo caso, solo otorgan conocimientos teóricos. Ambos, la experiencia y el acervo teórico, deben complementarse y no repelerse. Lamentablemente la soberbia del que cree que sabe más, nubla su pensamiento y su decisión, como lo constatamos más a menudo de lo que quisiéramos, resultando necesario revitalizar, como tantas otras cosas, la virtud de la humildad, que nos obliga a obrar conociendo también nuestras limitaciones.

Puedo estar de acuerdo con que la y los expresidentes de la república, no sean candidatos a constituyentes, sustentándolo en la circunstancia que para mí ellos conforman de hecho, una especie de Consejo de Ancianos, es decir, un estamento asesor y consultor en el cual confiamos, a objeto que opinen sobre asuntos relevantes para el país, por la experiencia que el cargo y la vida les da, por ende no deben enfrascarse en la discusión pequeña ni estar sujeto a los vaivenes de candidaturas, sino que ser las luces que guían a los que gobiernan o trabajan en la elaboración de una nueva constitución.

En los países de cultura oriental se respeta y considera a los mayores, utilizando la sabiduría que dan los años, en cambio, en occidente, no se les valora, se les discrimina, incluso se les veja, lo que resulta por cierto altamente agraviante.

Mas de alguien me puede retrucar que mi refrán no aplica, ya que el zorro representa al engaño del cual hace gala la persona astuta, pero sepan estimados lectores, que la fábula de Esopo ha sido interpretada, en el devenir de los años, por muchos autores, dentro de los cuales están los que estiman que esa astucia, que algunos ven oprobiosa, no es más que sagacidad e inteligencia.

El riojano Miguel Ángel de la Fuentes González, profesor de la Universidad Complutense de Madrid, prolífico autor de Lengua y Literatura,  luego del análisis que hace de la fábula citada, y de la interpretación  que de ella hacen diversos autores, concluye con lo que él llama una metafábula, que por lo extenso no la puedo reproducir, pero que sucintamente fabula sobre un Congreso Mundial de las Fábulas, señalando las interpretaciones que hacen Esopo, Bierce, Koestler, “un español cualquiera y un quinto congresista que no expresó ninguna opinión, resultando ser una zorra camuflada e infiltrada en el congreso, que pensó para sus adentros:  «Lo que sucede, y todos estos pedantes ignoran, es que las zorras ya estamos hartas de que se metan, inútilmente, con nosotras los humanos, y se olviden de observarse y criticarse a sí mismos. Mi compañera se ha ido a buscar una escalera y esperará oculta por aquí cerca, para salir cuando comience la próxima sesión plenaria, y darse un banquete a sus anchas, sin la incomodidad de testigo alguno».

Rodrigo Biel Melgarejo

Abogado

Profesor universitario

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