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ENTREVISTA: “Busco en mis crónicas esa precisión que tiene la poesía”

Con “Juro que es verdad”, Gabriel Zanetti captura momentos personales y del complejo mundo que vivimos. “Chile está atravesado, entre otras cosas, por el miedo y por la muerte”, precisa (por Mario Rodríguez Órdenes)

Las crónicas de Zanetti, tienen una atmósfera poética que deslumbra al lector.

Gabriel Zanetti Reyes (Santiago, 1983) es poeta, cuentista y cronista. Entre sus libros anteriores destacamos: Cordón Umbilical (2008), poesía, junto a Sebastián Astorga; Prohibiciones & Títulos (2015) y El Pejerrey. Crónicas de temporada (2020), crónicas. Las crónicas de Zanetti, tienen una atmósfera poética que deslumbra al lector.

Aludiendo a Bolaño, Zanetti precisa un aspecto clave que también se puede aplicar a su propio trabajo literario: “La obra de Bolaño parece un vidrio o espejo destrozado en miles de pedazos y repartidos por diferentes territorios, que unen, separan, completan y deforman (forman) su trabajo. No vale la pena comparar el desarrollo de los géneros tratados, algo así como prosa versus poesía, ya que son porciones distintas de una misma de una misma obra, del mismo escritor”. Y concluye: “Bolaño es un clásico, su obra es máximo interés en cualquiera de los géneros desarrollados en su vida”.

También golpeado por la pandemia, Zanetti escribió en el momento más crítico: “La realidad la comenzamos a interpretar desde otro ángulo. No sé por qué me llama la atención que mis hijas esperen con tanta ansiedad que llueva o que hayamos visto un águila parada en la reja del antejardín – asunto comprobado por un ornitólogo aficionado -, amigo con que hablo me asegura que apenas termine la peste, buscará casa lejos de Santiago, o por lo menos, a las afueras de la ciudad. A vece pienso que es extraño, dadas las características de esta pandemia, que no nos hayamos contagiado todos de golpe. La esperanza de un cambio sube y baja… Algunas veces despierto ahogado, con dolor de pecho y otros con ganas de romper las barreras sanitarias. Por el momento, al parecer nos aferramos a una extraña fe, casi a un milagro. Pienso en los noventa y en el nuevo milenio como en una deriva que muchos mal llamamos aburrimiento. Ahora nos sentimos sujetos de la historia, no espectadores, y lidiamos con el costo que aquello implica”.

Gabriel, ¿poeta o narrador?

“Más que como una personalidad o construcción del yo, ser poeta o narrador lo asumo como el ejercicio de unos géneros. Mientras siga escribiendo narrativa y poesía estaré en ambos lugares”.

¿Cómo fue su acercamiento a la poesía?

“Llegué a la literatura a través de mi abuelo, Héctor Reyes Álvarez. Él me llevaba al teatro de la Plaza Ñuñoa a ver obras clásicas, con el compromiso que después de verla, me leyera el libro. Luego de un tiempo, comenzó a regalarme libros de poesía, de Pablo Neruda, Vicente Huidobro y Enrique Lihn. Como mis abuelos eran amigos de Enrique Lihn, me contaban historias de fiestas que participaron junto a él. Ello me estimuló a conocer su obra. En la adolescencia comencé a imitar su escritura”.

En sus crónicas revisa una variedad de autores…

“Ciertamente. Para escribir hay que saber leer y me refiero a leer como se aprende de niño. Conocer el lenguaje. Se suele hacer una separación entre experiencia y lectura, pero a mí me parecen que pertenecen al mismo lugar. Quiero decir que es equivalente a cualquier experiencia que consideramos goce. A veces me he preguntado ¿es más importante ser lector que escritor? Tal vez es más importante aprender a vivir, asunto que no se termina de aprender nunca”.

¿De qué escritores reconoce influencias?

“Muchos. Pero siempre nombro los mismos: Lihn, Teillier, Montale, Bolaño, Carrére, Lispector, Faulkner, Ginzburg, Mistral, De Rokha, Borges, Hemingway”.

Roberto Bolaño ha sido importante para su formación. Escribió una crónica, “Roberto Bolaño: un narrador forjado en la poesía…”

“Roberto Bolaño escribió poesía hasta el final de sus días. Es conocido mundialmente como el narrador de lengua castellana que más ha llamado la atención en los últimos años. Y, como le señalaba, no solo escribió poesía hasta el final de sus días, sino que fue formado por ella. Para quienes se hayan internado en la narrativa de Bolaño, leer sus poemas puede asemejarse a encontrar lo que está sumergido bajo el agua en sus novelas, cuentos y ensayos. Aunque muy rara vez se encuentran conclusiones y cierres en su lírica –tal como en su narrativa- su poesía completa –hasta cierto punto– enriquece la lectura de su prosa y viceversa”.

Gabriel, ¿cómo era su mundo literario en sus años de formación, sus lecturas, tras la larga dictadura?

“Hay un antes y un después con la muerte de mi abuelo Héctor. Antes de su deceso solo era un lector constante. En el mundo literario en mis años de formación había muchos poetas y lecturas de poesía. Era impresionante, a veces había tantos recitales en Santiago que se topaban y la gente iba un rato a uno y luego a otro. Me formé solo y con algunos maestros. Erick Pohlhammer y Diego Maquieira fueron muy generosos conmigo. También aprendí mucho del escritor y fotógrafo Emiliano Valenzuela, a pesar de tener unos pocos años más que yo”.

¿De qué manera lo marca la dictadura?

“Cuando era niño en mi familia muchos eran activistas por el NO. Tengo recuerdos de cómo hacían campaña tirando volantes por el auto mientras íbamos a cualquier lado. Parte de mi infancia fue oscura por esto. Para los cortes de luz nos fondeaban a todos en alguna pieza, no nos dejaban a mí y a mis primos acercarnos a la puerta. Esto incluso en los 90”.

¿En qué generación literaria se siente representado y con qué autores tiene cercanía?

“No sé de generaciones, supongo que la mía es la de los que nacieron en los primeros años de los 80´. Cercanía con Sebastián Astorga, con quién escribí el libro Prohibiciones & Títulos. Con Marcela Parra, Natalie Seve. Curiosamente tengo más afinidad, en general, con autores menores que yo como Cristian Foerster, Lucas Costa, Sebastián Gómez Matus o Ismael Sierra Contreras”.

En una de sus crónicas, Zanetti rememora sus años de juventud: “Al parecer las mejores épocas de la juventud vienen con los cambios de amigos: airean el lenguaje -modismos, formas de componer las frases, palabra clave-, cambia el modo de vestir, la forma de vivir en general. El puro hecho de ver caras nuevas son vitaminas para la vida social que no somos capaces de asumir con soltura que están gastadas”.

Una vida intensa…

“De repente me encontré con el grupo cercano de algunos vecinos del condominio donde vivía cuando tenía como veinte años. Me hice amigos de sus amigos, me gustaron todas sus amigas, mezcla punk y hippie – tal vez es el grunge -, depresivas, bailarinas, lectoras, fanáticas de las películas de cine arte. Pantalones rajados, chalecos sacados del clóset de las abuelas me cautivaron. También las nuevas actividades: fumar algo, echarnos entre varios en una cama, a ver películas de David Linch, Terry Gilliam, Kubrick, Kurosawa…Nos gustaba lo raro. Leer a Rimbaud, Baudelaire, Pizarnik, Anais Nin, y los infaltables poetas chilenos. Tomar té, prender inciensos, velas y fumar”.  

 Gabriel, ¿cómo va construyendo sus crónicas?

Las pienso igual que los poemas. Busco en mis crónicas esa precisión que tiene la poesía que me gusta e intento practicar. Tal vez por eso mismo no escribo tantas, lo informativo lo anulo, busco construir una historia de la que se desprenda algo nuevo, que ojalá ni yo conozca antes de escribirla”.

¿Algún modelo?

“Por darle un ejemplo, creo que Roberto Merino es un clásico de la crónica chilena y quien quiera escribir debe leerlo. Así como a Edwards Bello o Lira Massi. Lo que más me influye en Merino es el humor, el oficio de la entrega semanal y el desafío de reflexionar”.

Las nuevas generaciones parecen inclinarse por la narrativa…

Es un poco el sueño del escritor escribir una novela o un libro de cuentos. A lo mejor ese deseo se pone sobre los otros géneros o nubla la vista”.

¿Juro que es verdad sigue la línea de Pejerrey (2020)?

“Por supuesto. Todo trabajo literario tiene una continuidad que no cambia, pero sí muta. Van apareciendo nuevas cosas, pero dentro de la misma propuesta que se creó”.

¿Qué piensa cuando escribe?

“Pienso en mis amigos, en mis cercanos, mi familia. Si les gusta a ellos ya me doy por satisfecho. Pero obviamente hay una intención de comunicar algo más allá de los círculos cercanos”.

¿Reconoce en sus crónicas cierta mirada de Jorge Teillier y ese sello de dejar constancia de la fragilidad de la vida?

“Jorge Teillier está en mi trabajo como tantos otros autores. Debo admitir, sin embargo, que no es primera vez que me lo dicen. Algo así como crónicas láricas. Pero no sé si sea precisamente eso. Dejar constancia de la fragilidad de la vida vendría siendo, al menos para mí, una característica obligatoria de cualquier obra de calidad”.

Juro que es verdad aparece tras el estallido social y el covid. ¿Considera que la sociedad chilena está atravesada por el miedo y la muerte?

“Al menos en mis treinta y nueve años percibo que Chile está atravesado, entre otras cosas, por el miedo y por la muerte”.

¿Qué proyectos literarios le preocupan ahora?

“No estoy escribiendo mucho. Estoy en un período de recambio, inflexión y todo eso. Tengo hartos libros escritos, espero que se publiquen pronto. Algunos títulos: Nombres propios; Sistema frontal; Vuelvo y no están; Bosque de la mente; Hasta que me muera”.

“Juro que es verdad” (Editorial Aparte, 2022) es su segundo libro de crónicas.
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