En “Cuarenta y cinco escalones”, Juan Carlos Díaz Saenger muestra que el pasado siempre está al acecho. Una experiencia límite de Pablo, el protagonista, que también es colectiva, el tsunami del año 2010, lo lleva a replantearse su vida (por Mario Rodríguez Órdenes)

Tras publicar dos libros de poesía y una novela, “El soñador”, el escritor Juan Carlos Díaz Saenger con “Cuarenta y cinco escalones” consolida una escritura madura y reflexiva. Cercano al Maule,
Díaz Saenger fue profesor en la Universidad Católica del Maule. También destaca su amistad con Javier Pinedo Castro, fundador del Instituto Abate Molina.
Los largos encuentros literarios que tenía con Javier, a veces en largas conversaciones en su casa en San Clemente, Juan Carlos los atesora en su memoria.
Juan Carlos Díaz Saenger nació en Concepción en 1950. Estudió Literatura en la Universidad de Chile y Sociología del Trabajo en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica.
Es autor de dos libros de poesía y de la novela “El soñador” (Editorial Forja, 2000). Además, ha desarrollado una destacada labor como traductor de obras clásicas como “Papaito piernas largas” y “Mi querido enemigo”, de Jean Webster, “El jardín secreto” de Frances Hodgson Burnett, “Sin familia” de Héctor Malot y “El origen de las especies”, de Charles Darwin.
Juan Carlos Diaz Saenger vive en la actualidad en Quillota.
“Cuarenta y cinco escalones” (Editorial Forja, 2026) de Juan Carlos Díaz Saenger es una novela íntima y profundamente humana. Se despliega como un viaje interior marcado por el desarraigo, la memoria y la búsqueda de sentido.
Con una prosa sensible, directa y emocionalmente honesta, el autor construye la historia de Pablo, un hombre común enfrentado a una pérdida radical que lo obliga a replantear su pasado, sus vínculos y el sentido mismo de la existencia. Desde los recuerdos de su infancia en Valparaíso hasta la experiencia del quiebre amoroso.

Juan Carlos, sus inicios en la literatura están ligados a la poesía. ¿Cómo llega a la novela?
“Es un paso muy natural en muchos escritores. Trabajando con las imágenes y sentimientos se llega luego a los relatos cortos y luego a la novela. Pero el trasfondo es poético, por esa especie de invención de la realidad”.
Siendo muy joven participó en los talleres de literatura de Nicanor Parra y Enrique Lihn. ¿Cómo fue esa experiencia?
“Fue una experiencia humana y literaria muy enriquecedora. Ambos maestros me iniciaron en mi vocación literaria y me enseñaron el valor de la independencia y libertad del escritor para expresar lo que siente”.
¿Qué otras experiencias fueron decisivas en su formación como escritor?
“Tal vez las experiencias duras de la vida. Cuando logré tomar distancia de ellas, las fui relatando en pequeños cuentos y luego en novelas. Sin duda que también las buenas lecturas me mostraron caminos, formas, calidad narrativa”.
En sus años de colegio, ¿qué encuentros lo marcaron?
“Conocí a Nicanor Parra siendo adolescente. Y recuerdo siempre que le hice una pregunta a Cortázar cuando vino a Chile el año 1970 o 71: ¿Hay que vivir primero para escribir? No, -me respondió- todo junto, vivir y escribir, escribir y vivir”.
Juan Carlos, ¿cómo lo afecta el 11 de septiembre de 1973?
“El golpe de Estado de 1973 me afecta en forma brutal, desgarradora. Nunca imaginé tanto mal”.
Sus dos novelas: “El soñador” y “Cuarenta y cinco escalones” están cruzadas por esos años…
“Fueron años duros, a pesar del entusiasmo inicial. Pero no lo debiéramos repetir. Creo que ahora amamos la democracia y la paz. Disfrutar de la vida y del amor”.
Los dolores del 73 persisten, ¿cómo poder superarlos?
“Fueron dolores que calaron muy profundo: muertes, familias separadas, silencio, abuso, exilio, tantas cosas. Se supera con autocrítica sincera, empatía, diálogo, comprensión, reparación y justicia”.
¿Es posible sanarlos?
“Tarea para las próximas generaciones. Por ejemplo: ¿quién llora hoy los 10.000 muertos de la guerra civil del 91? ¿Quién llora por los que murieron en tantas masacres de trabajadores? Sí, se olvida. Es una forma de sanación. Injusta pero no hay remedio”.
“Cuarenta y cinco escalones” es su segunda novela, ¿qué le significó escribir este libro?
“Una experiencia que ha cambiado mi vida. Hoy vivo con un foco: la literatura, contar historias y expresarlas de la forma más bella y profunda posible. Para entender la vida, para conocernos.
La metáfora central de la novela – la caída y el ascenso – nace de una vivencia personal reelaborada literariamente. Como señala el propio Díaz Saenger: “Sí. Hubo una experiencia personal que luego el narrador reconstruye con las imágenes y los sentimientos que quedaron de aquello.
La historia, en este caso, tiene un referente doloroso reelaborado desde las cenizas que permanecieron en el tiempo”.
Aparte de la memoria y su propia experiencia, ¿qué otras fuentes utilizó?
“Las vidas de los demás, de los amigos, de los que vivieron el exilio, de los que sufren soledad, del mal de amor, del desarraigo”.
El personaje después del 73 se establece en Barcelona. ¿Qué lo hace volver a Chile?
“El terremoto del 27 de febrero de 2010 en Chile y la añoranza de una infancia y adolescencia en el puerto de Valparaíso, despertó un deseo en el personaje por volver que ni él sabía por qué”.
¿Con qué Chile se encuentra?
“En lo externo, el desastre del terremoto y tsunami. La pérdida de vidas y la destrucción. En lo íntimo: el amor”.
En lo personal, ¿cómo lo impactó el terremoto del 2010?
“En lo personal, mucho, porque nací en Concepción y viví en Talcahuano. Sufrimos allí varios terremotos devastadores”.
Lo que vive Pablo, el protagonista, ¿muestra que en la vida siempre hay segundas oportunidades?
“Las oportunidades no se nos regalan, hay que buscarlas. Para algunos, una sola caída es para siempre. Otros, se levantan, no una, sino que varias veces. Solo basta creer en sí mismo. Pablo cree en sí mismo”.
¿A qué se alude con el título de 45 escalones?
“La casa en la cual vivía el personaje en el Cerro Alegre de Valparaíso tenía 45 escalones para llegar a ella desde la calle”.
¿Cómo aprecia Chile actual?
“Un país maravilloso, donde se valora la democracia y el arte. Saboreamos la libertad, somos acogedores, tenemos una pobreza muy reducida. Somos grandes”.








