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ENTREVISTA: “Necesitamos una democracia más participativa”

Náusea, investigación periodística de Esteban Contardo, deja al desnudo las desigualdades de la sociedad chilena. “La existencia de zonas de sacrificios, es consecuencia de un largo recorrido histórico en donde las políticas del Estado han privilegiado el interés económico por sobre el interés de los ciudadanos”, precisa el autor (por Mario Rodríguez Órdenes)

(Crédito: Antonia Fernández): Esteban Contardo estudio en el Colegio La Salle de Talca.

Una zona de sacrificio es un área donde el gobierno autoriza la actividad de industrias contaminantes. De manera implícita, se entiende que los recursos justifican la devastación. En Chile se reconocen cinco zonas de sacrificio: En el Norte Mejillones con industria, pesca y puerto; Tocopilla con termoeléctrica y minería; Huasco, con una planta de pellets y termoeléctricas; Coronel que fue productor de carbón y que hoy tiene industria y termoeléctricas y el Parque industrial Quintero – Puchuncaví y Ventanas.

Esteban David Contardo, acaba de publicar Náusea (Ediciones La Pollera, 2022) una valiosa crónica periodística donde relata su propia experiencia en el Parque industrial Quintero – Puchuncaví y Ventanas. Un viaje doloroso, que relata a Diario Talca, donde muestra una población castigada por el sistema.

Esteban David Contardo González (Talca, 1992). Estudio en el Colegio La Salle de Talca. Es licenciado en Letras Hispánicas de la Universidad Católica. Náusea, su primer libro publicado, obtuvo el premio especial, en categoría inéditos, en el Premio Escrituras de la Memoria 2021.

Esteban, ¿cómo surge su interés por la problemática de las zonas de sacrificio?

“Cuando viajé por primera vez a Quintero en octubre de 2018 -mientras sucedían las intoxicaciones masivas de ese año- , me di cuenta de que lo que conocemos de una zona de sacrificio es poco o nada. Y lo que conocemos de una u otra forma lo olvidamos, normalizamos el hecho de que existan zonas de sacrificio y por tanto damos por hecho que personas puedan enfermarse o incluso morir solo por vivir al lado de una industria. Entonces el libro surge como un rescate a la memoria de ambas comunas, de tratar de que los eventos de contaminación y las graves consecuencias no las olvidemos y podamos también empatizar con el sufrimiento y el dolor de aquellas personas para que se puedan tomar medidas al respecto”.

La existencia de estas zonas establece un Chile completamente desigual, ¿cómo llegamos a esto?

“La existencia de zonas de sacrificios, es consecuencia de un largo recorrido histórico en donde las políticas del Estado han privilegiado el interés económico por sobre el interés de los ciudadanos, de sus vidas”.

¿Cuánto influyó la política neoliberal vigente en Chile en las últimas décadas?

“Bueno hay que recordar que fue en 2009 cuando se permitió la construcción de la última termoeléctrica en el parque industrial que rodea la bahía de Quintero. Entonces, en este sentido, la política neoliberal de las últimas décadas ha afectado claramente. Se siguieron aprobando proyectos de termoeléctricas no solo en esa zona, sino también a lo largo del país”.

Los teóricos que justifican estas zonas de sacrificio, pensando en el desarrollo económico, ¿consideran a las personas que viven en estos espacios meros fusibles que pueden ser reemplazados?

“Desde la teoría biopolítica no cabe dudas que las personas que viven en zonas de sacrificio, para el Estado, históricamente, son consideradas como números en una plantilla de Excel. Judith Butler diría que sus vidas son negadas incluso antes de nacer. Pero también hay que tener en cuenta cómo nosotros, como ciudadanos, naturalizamos esto y podemos hacer nuestra vidas como si nada ocurriera, aprovechando los recursos que se extraen o llegan al parque industrial. Es parte de una discusión teórica muy profunda, porque conlleva pensar otros aspectos sociológicos que están imbricados en todo el sistema neoliberal que sigue existiendo en Chile”.

¿Era inevitable para el desarrollo económico del país, la existencia de zonas de sacrificio?

“Es difícil contestar esta pregunta si no eres un experto en economía o historia, porque hay que ver el contexto en cómo se desarrolla todo esto. De que se podría haber pensado de otra forma, sin lugar a dudas. Pero creo que lo importante es ahora ver cómo se soluciona”.

Los gobiernos que autorizan las actividades en estas zonas de sacrificio, ¿cuánta responsabilidad tienen?

“Tienen responsabilidad, claramente. Creo que la mayor parte de la responsabilidad la tienen ellos, pero acá estamos ante un problema que interpela a todos los poderes del Estado y el ejecutivo es uno más. Y no hay que dejar a un lado a los empresarios…”.

¿Con qué argumentos se defienden?

“Con argumentos económicos, claro”.

¿Cómo se pueden defender los habitantes que han visto severamente afectada su salud y calidad de vida?

“Los habitantes desde hace ya varias décadas han venido luchando en la calle. Sobre todo en los últimos quince años. Progresivamente la gente se ha ido empoderando para tratar de cambiar la situación en la que viven”.

¿Pueden demandar al Estado?

“Claro, y ya lo han hecho”.

¿Cómo la eventual nueva Constitución puede terminar con esto?

“Hay que tener en cuenta que la actual Constitución declara el derecho a vivir en un lugar libre de contaminación. Entonces la nueva Constitución puede ayudar en fortalecer este tipo de derechos, pero también es necesario que de la mano haya instancias fuertes de fiscalización, se creen normativas, y por sobre todo se puedan realizar consultas ciudadanas que permitan que los habitantes puedan elegir qué es lo que quieren para sus vidas. Necesitamos una democracia más participativa, y creo que la nueva constitución puede ir en esa dirección tal y como el Tratado de Escazú, por ejemplo”.

¿Por qué la sociedad chilena elude enfrentar estos hechos?

“Creo que, y como se ha descrito muchas veces, la dictadura destruyó gran parte del tejido social que tuvo Chile. Hoy nos encontramos con una sociedad individualista y consumista que genera que nos quedemos ensimismados en nosotros mismos y no logremos empatizar con el resto. Sin embargo, luego de la revuelta esto está cambiando, lentamente, pero está cambiando”.

Usted viajó a la zona de sacrificio medioambiental de Quintero Puchuncaví – Ventanas, ¿que buscaba?

“Yo me quedé en Horcón durante un mes con el fin de recabar la mayor información posible, ya sea a través de un recorrido por los territorios afectados o mediante conversaciones y entrevistas que les realicé a los habitantes de ambas comunidades. Buscaba, en otras palabras, conocer en terreno qué significa vivir en una zona de sacrificio, en un ambiente contaminado”.

¿Es precisa la denominación de esta zona como el Chernóbil chileno?

“A pesar de que pueda sonar un tanto exagerada la comparación, creo que el símil entre lo que pasó en Chernóbil y lo que pasa en las comunas de Quintero y Puchuncaví sirve para esclarecer que estamos, ante todo, frente a una catástrofe del tiempo, tal y como señala la premio Nobel de literatura, Svetlana Alexievich. Y a lo que se refiere es que los contaminantes y químicos que están contaminando el ecosistema de aquella zona van a permanecer durante cincuenta, cien, doscientos años en la tierra o en el agua. Es por ello que la comparación sirve para comprender que estamos frente a una tragedia que permanecerá durante mucho tiempo”.

Estuvo en la Escuela de La Greda que fue profundamente afectada por la contaminación, el año 2011. ¿Qué pasó en la Escuela de la Greda?

“En marzo de 2011 una nube tóxica, proveniente de una falla en la Fundición y Refinería Codelco Ventanas, cubrió la Escuela de La Greda, dejando a decenas de profesores y alumnos intoxicados. Luego, en noviembre del mismo año, ocurrió lo mismo y las autoridades del Ministerio de Salud decidieron clausurar la Escuela indefinidamente. Por lo cual se tuvo que construir una nueva escuela a dos kilómetros de la antigua. Hoy, la primera escuela se encuentra abandonada y mayormente destruida”.

Estuvo con personas que vivieron ese día. ¿Qué testimonio le dieron?

“Bueno. Una de las profesoras más afectadas fue Claudia Tapia. Ella, durante la primera intoxicación, asistió a sus alumnos y colegas quienes vomitaban o se desmayaban. A ella le encontraron 38 microgramos de arsénico y 1.8 microgramos de plomo en el cuerpo. Cuando conversé con ella en 2020, Claudia padecía de un cáncer al pulmón. Ella falleció el año pasado. En general, los testimonios que aparecen en ‘Náusea’, son testimonios desgarradores sobre las consecuencias que significa vivir en una zona de sacrificio, pero también testimonios de lucha y de empoderamiento con el fin de acabar con la contaminación”.

¿Qué enfermedades se han producido derivadas de la contaminación?

“Las principales enfermedades son enfermedades respiratorias, enfermedades cardiovasculares y cáncer. Con respecto al cáncer hay que decir que hace un par de semana un estudio de la Universidad de Valparaíso detectó que el gen que nos ‘protege del cáncer’, en los habitantes de Quintero y Puchuncaví se ha visto modificado y por lo tanto se ven ahora desprotegidos frente a esta enfermedad”.

¿Cómo ha sido el apoyo del Estado chileno?

“Si bien han existido algunas medidas y una serie de reuniones con altas autoridades del Estado como parlamentarios o ministros, para los habitantes de ambas comunas el apoyo del Estado chileno ha sido poco o nulo. Aún no existen medidas concretas que ayuden a mejorar la vida de aquellas personas que se ven expuestas a los contaminantes que emiten las empresas del Parque Industrial. La zona se encuentra en un punto en donde no solo sirve generar normas y fiscalizaciones acuciosas, es necesario que haya una reparación en tanto sus cuerpos cada día sufren las consecuencias de vivir en un ambiente contaminado”.

¿Qué pasó con Alejandro Castro, un dirigente que trató de establecer la verdad de lo que pasaba?

“El activista medioambiental Alejandro Castro fue encontrado muerto en octubre de 2018 frente a las vías del metro tren de Valparaíso, colgado con los tirantes de la mochila. No sé si Alejandro quería establecer la verdad de lo que pasaba. Por lo que sé, Alejandro era un luchador que quería acabar con el parque industrial. Su muerte provocó muchas sospechas, ya que cada año, alrededor del mundo, se asesinan a muchas activistas y por ello fue difícil pensar que su muerte haya sido un suicidio. Sin embargo, un informe del Servicio Médico Legal confirmó esta última tesis, pero será muy difícil creer esto para muchas organizaciones sociales”.

Y como dice Mónica Ojeda: Nada de esto tiene que ver con el mal, sino con la raza humana fracasando en su autodomesticación. ¿Podremos salir de este laberinto?

“Yo creo que si el Estado, todos los poderes que lo conforman, toma medidas concretas para que los eventos de contaminación no vuelvan a suceder, se realicen consultas ciudadanas convocantes para saber qué es lo que lo habitantes de aquellos territorios y se conformen una serie de reparaciones para los habitantes afectados, posiblemente podemos salir de este laberinto, como dices. Pero hace falta mucha voluntad política que ponga primero a las personas y no a las empresas al momento de tomar decisiones”.

(Crédito: David Valbuena):
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