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Entrevista: “Pinochet no pudo librarse de la oleada democrática”

En “Crónica de la transición”, Rafael Otano ausculta la compleja historia de Chile tras el regreso a la democracia. “El poder de Pinochet como exjefe de Estado fue muy grande y en algunos momentos dio la impresión que había prestado transitoriamente La Moneda”, precisa Otano (por Mario Rodríguez Órdenes)

Rafael Otano es periodista por la Universidad Católica de Chile y licenciado en teología y diplomado en latín clásico por la Pontificia Universidad de Salamanca.

El boom de las transiciones democráticas durante la década de los 80 fue una sorpresa. Una de esas aceleraciones insolentes de la historia que debe inclinar a los cientistas políticos a una bien ganada modestia. No hubo vigías que anunciaran ni la globalidad ni la intensidad del fenómeno que se avecinaba. En Chile también se vivió intensamente.

Rafael Otano acaba de publicar una nueva edición de “Crónica de la transición 1984 /2006” (Editorial Planeta, 2024) un libro clave para comprender la compleja historia de Chile reciente. Publicado originalmente en 1998 ayudó a definir una época, retratando el complejo proceso chileno al momento de enfrentar el fin del autoritarismo y el comienzo de una nueva vida para el país.

Es una completa crónica que narra hitos de la historia reciente: La Constitución del 80, el año del cometa Halley, la Concertación y la epopeya del NO, el candidato Aylwin y su primer gabinete, el Informe Rettig y las agrupaciones de detenidos desaparecidos, el asesinato de Jaime Guzmán, el secuestro de Cristián Edwards, los triunfos de Frei y Lagos, la caída de Pinochet, entre otros.

Rafael Otano (Pamplona, España, 1939), periodista por la Universidad Católica de Chile, es licenciado en teología y diplomado en latín clásico por la Pontificia Universidad de Salamanca. Ha atendido la cátedra de periodismo de Investigación en la Universidad de Chile y en la Andrés Bello. Otano está familiarizado con el clasicismo grecolatino, especialmente con sus historiadores. Considera que estos aún mantienen vigencia y que insertarse en su tradición viva es un modo de dar brillo a la crónica moderna. Por eso no tiene dificultad en aprender de Heródoto y Salustio.

Rafael, ¿qué detona el renacimiento democrático, como lo llama Jean Francois Revel, al proceso de transiciones democráticas que se vivió en el mundo?

Existía a finales de los ochenta una fe renovada en la democracia. La democracia era el nuevo nombre del progreso, de la creatividad. Eran demócratas las instituciones y los países que en el mundo contaban. El autoritarismo sufría paralelamente un reflujo y la Guerra Fría había terminado o estaba a punto de terminar con un claro ganador: la democracia liberal.  Ese sentimiento colectivo era el renacimiento democrático del que hablaba Revel en esa época. Muchas naciones que soportaban diversos modelos de dictaduras, querían pasarse al equipo de las democracias. Entre ellas había numerosas de América Latina. Y ahí estaba el caso de Chile”.

¿Qué rasgos tuvo en nuestro caso?

Los rasgos de la transición chilena derivan de haber elaborado una transición demasiado prudente, demasiado tímida, demasiado pensada. Era una transición dirigida por think tanks que logró un proceso casi sin vencedores ni vencidos. Por otra parte, los poderes fácticos producían inmovilidad, miedo. Esto tuvo un alto costo: la transición se alargaba, no terminaba nunca y los uniformados intervenían”.

¿La dictadura de Pinochet pudo impedirlo?

“Pinochet no pudo librarse de la oleada democrática que le rondaba. Tuvo que hacer concesiones – como realizar un plebiscito – que no estaba en sus planes. Las cesiones fueron al fin tácticas: sacrificar al dictador para salvar la obra de la dictadura. Y eso se logró y aún lo estamos sufriendo. El poder de Pinochet como exjefe de Estado fue muy grande y en algunos momentos dio la impresión que había prestado transitoriamente La Moneda, pero que no había entregado de verdad. Sin embargo, la transición lenta, muy lenta continuaba. Y, Pinochet quedó como actor de una u otra manera vigente, hasta el fin de su vida”.

¿Cuándo comenzó la transición?

“Para algunos –aprecia Otano en el prólogo escrito en 1995– la transición comenzó en septiembre de 1980, con la Constitución promulgada por el General Pinochet. Para otros, en agosto de1983, con el nacimiento del conglomerado opositor denominado Alianza Democrática. Otros señalan agosto de 1985, mes en que, bajo la inspiración del Cardenal Fresno, se firmó el Acuerdo Nacional. Algunos proponen el fracaso del atentado contra Pinochet (septiembre de 1986) o el triunfo del No (octubre de 1988) como comienzo más evidente del camino. Un camino, por cierto, que todos actualmente consideran que no ha culminado y al que ponen como posible fin el año 1998, señalado por las disposiciones transitorias de la Carta Magna, u otra fecha imprevisible, y sin duda, más tardía, cuando se eliminen de la Constitución los elementos que aún configuran una democracia tutelada y restringida”.

¿Para su investigación qué periodo eligió?

“En este relato se ha elegido como kilómetro cero de la transición un hecho académico poco ruidoso, que, visto retrospectivamente, se destaca porque anunció el agotamiento de un esquema de conflicto y propuso, como método, el consenso constitucional que luego se iba a producir”. (Se refiere al seminario ‘Un Sistema jurídico, político, constitucional para Chile’, realizado el viernes 27 de julio de 1984 en el Hotel Tupahue, en pleno centro de Santiago).

Rafael, alude a un comentarista europeo cuando señala: «Los chilenos están inventando la transición indolora». ¿Qué implicancias tuvo usar esta fórmula?

Una transición tan indolora y desdramatizada, un parto sin dolor, tuvo como consecuencia el acostumbramiento de los políticos a una especie de semidemocracia. Eso produjo una falta de arrojo para superar herencias que limitaban claramente el discurso y la realidad democráticas. Tal cosa sucedió no solo en los opositores que habían sido partidarios de la dictadura, sino en los viejos luchadores contra ella. Evidentemente esta situación restó energía a la instalación de la democracia. Había que tener cuidado para no ofender a los poderes fácticos. También había que desmovilizar a los propios partidarios para que no apareciesen como amenaza.  Ese desfiladero que es toda transición política con sus sustos y temores, se vivió ampliamente en el proceso chileno”.

¿Debilitó la democracia?

Fue una gran trampa. La constitución de 1980 fue hecha no solo a la medida del dictador. Tenía además la voluntad, por otra parte lograda, de prolongarse en el tiempo. Fue una operación exitosa: todavía nos debatimos en sus legados”.

¿Aprecia un Chile actual desesperanzado?

“No es un Chile desesperanzado, es un Chile desconcertado. Ante este nuevo ciclo de su historia le está costando apostar por algún modo propio de convivencia: transitar por la vida con opiniones flexibles, no con dogmas tenaces”.

¿Qué camino visualiza para afianzar una auténtica democracia en Chile?

“Aunque sea un lugar común, hay que mirar creativamente el futuro: como discurrir nuestro futuro en capítulos propios como la alimentación, la astronomía, la minería, la ciencia política, la salud de la tercera edad, el turismo, el ámbito del mar…Hay que estimular las preguntas, perder el miedo a pensar, redescubrir las grandes geografías del país, profundizar en su historia.  Y esto hacerlo desde un generoso y necesario pacto social”.

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