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EUROPA Y EL PARAGUAS PRESTADO por Juan Carlos Pérez de La Maza

Durante décadas, tras la Segunda Guerra Mundial, Europa vivió una cómoda paradoja: erigirse como un director cultural y censor moral global, mientras delegaba su seguridad estratégica en otro:  Estados Unidos. El apoyo estadounidense a la OTAN no fue solo una alianza militar, sino un acuerdo que permitió a los europeos reconstruir su economía mientras posponían preguntas incómodas sobre poder, soberanía y responsabilidad. Hoy parece que ese aplazamiento llega a su fin y los países europeos deberán resolver por sí mismos esos delicados temas.

La posible retirada, total o parcial, de Estados Unidos de su rol central en la OTAN, que Trump viene anunciando hace tiempo, no implica necesariamente una traición ni un colapso del orden occidental, pero sí marca el cierre de una era. El mundo unipolar que emergió tras la Guerra Fría ya no existe, El “Fin de la Historia” que auguró Fukuyama nunca ocurrió.  Europa parece haber sido una de las últimas en asumir que ya no puede contar con un hermano mayor que vela por ella. Por eso, mientras Washington reorienta su mirada hacia China y el Indo-Pacífico, Europa descubre que su vecindario inmediato sigue siendo inestable, conflictivo y estratégicamente decisivo. La guerra en Ucrania mostró a los europeos esta cruda realidad.  El problema no es solo militar. Es histórico. Europa resurgió después de 1945 con la promesa de que un conflicto armado entre sus miembros sería impensable. Esa promesa se ha cumplido, pero al costo de externalizar su defensa, encargándola a la OTAN, financiada por Estados Unidos. Sin embargo, la guerra volvió al continente. Primero en los Balcanes, luego en Ucrania, y dejó al descubierto una verdad incómoda: la paz de los europeos ha sido, en gran parte, subsidiada. Europa vive hace más de 70 años bajo un paraguas prestado.

Sin el anclaje norteamericano, la fragilidad del consenso europeo se vuelve más volátil. Es que la Unión Europea no es un Estado, ni tiene una narrativa común de amenazas. Para el sur, la inestabilidad proviene del sub-Sahara y del Mediterráneo; para el este, el peligro es Rusia; para otros, la inseguridad viene del terrorismo, la inmigración o la dependencia energética. Sin un liderazgo externo que ordene prioridades, Europa corre el riesgo de fragmentarse estratégicamente, justo cuando más necesita unidad. Sin la fortaleza y la definición de prioridades de la OTAN, los europeos “dispararían” para cualquier lado.

Pero un escenario post OTAN también obligaría a redefinir qué significa “poder europeo”. La defensa común no puede limitarse a sumar los presupuestos militares o a comprar más armamento. Requiere integrar industria, tecnología, inteligencia, doctrina y, sobre todo, legitimidad democrática. Un proyecto de seguridad europeo que ignore a sus sociedades está condenado al rechazo. La memoria histórica del militarismo sigue viva, y no puede ser desoída. Los franceses, ¿están dispuestos a aceptar el rearme alemán?   Aquí emerge una tensión central: más autonomía estratégica exige más cesión de soberanía. No menos. ¿Lo aceptarían los británicos? Para muchos Estados miembros, ese es un umbral político difícil de cruzar. Sin embargo, la alternativa, una Europa débil, dependiente y reactiva, es aún más costosa. La pregunta no es si Europa puede permitirse una defensa común sino si puede permitirse no tenerla.  La ausencia del respaldo norteamericano también transformaría la relación de Europa con el mundo. Una Europa más autónoma podría actuar con mayor coherencia en su vecindad, evitar los alineamientos automáticos que exigen los norteamericanos y asumir un rol de mediación más creíble. Pero para ello necesita poder real, no solo normas y declaraciones.

El mayor peligro es la nostalgia estratégica: creer que el pasado puede restaurarse por inercia. Estados Unidos puede seguir siendo un aliado, pero ya no será un tutor permanente. Europa enfrenta, por primera vez desde 1945, la oportunidad, y la obligación, de definirse como sujeto geopolítico pleno. El futuro de Europa sin la OTAN, o sin el apoyo decisivo de Estados Unidos, no está escrito. Puede derivar en irrelevancia, división y vulnerabilidad. Pero también puede ser la partida de una madurez postergada. En última instancia, se trata de una pregunta política esencial: ¿está Europa dispuesta a asumir el costo de su propia libertad?  Si lo está, la retirada del paraguas no será una catástrofe, sino un desafío. Si no, quedará expuesta a un mundo cada vez más duro, en el que nadie le prestará un paraguas gratis.

 

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

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