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Fortunato Berríos: vida, obra y época de un presbítero notable

Talca ha sido pródiga en proyectar a grandes personajes, en todos los ámbitos del conocimiento, tales como: histórico, deportivo, militar, político, científico, literario, pictórico, arquitectónico, escultórico, religioso. En ese contexto, al sacerdote católico José Fortunato Berríos Rojas le correspondió actuar en un escenario muy diferente al actual…uno en el cual existió una inmensa fe en un Ser Superior. 

Hogar de Niños San José, que fundó en 1892, y cuya Personería Jurídica data del 31 de mayo de 1894, según Copia Nº 1217 del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile. Colección del Fondo Histórico y Patrimonial de Talca.

Nacimiento y contexto histórico

Quien con el tiempo llegaría a ser sacerdote, educador, escritor, poeta y eminente filántropo -llamado Apóstol de la Caridad-, nació en Santiago el 1 de junio de 1839. Fue hijo del hacendado Narciso Berríos Larrazábal –quien había enviudado dos veces y de su tercera esposa, Mercedes Rojas Rodríguez, ambos pertenecientes a antiguas familias de la Provincia de Talca. Aunque vio la luz en la capital de la nación, casi toda su vida y obra se desarrolló en Talca. Sin embargo, cuando solo tenía 10 años sufrió la pérdida de su padre, por lo cual tuvo que abandonar los estudios que seguía en el Convento de Santo Domingo en la capital. Ingresó a trabajar a los 14 años como dependiente en la gran casa comercial de Besa y Salinas, para sostener a su madre.

Allá realizó labores administrativas, evidenciando precozmente un profundo convencimiento de lo bueno y lo otro. De esa manera, un día recibió orden de uno de sus jefes de la casa comercial donde estaba empleado, de vender una mercadería como de primera calidad, estando ésa en mal estado. Antes de ser cómplice de un engaño el joven adoptó muy pronto la actitud que su conciencia le sugería, indicando a su jefe que prefería dejar su puesto a cometer la acción que su conciencia reprobaba. 

Tras el fallecimiento de su progenitor, su madre fue invitada por su hermano Vicente Rojas Rodríguez para que se viniera a residir en su hogar de Talca, hasta donde llegó el año 1854, donde fueron recibidos con los brazos abiertos. 

Parroquia de Vilches, que el padre Fortunato construyó en 1860, en el entonces apartado villorrio perteneciente a la comuna de San Clemente, declarada recientemente Monumento Histórico Nacional.

Los familiares de Talca

Don Vicente Rojas Rodríguez, hermano de su madre, era un conocido abogado en Talca, además de fundador del Cuerpo de Bomberos de la ciudad (1 de octubre de 1870). Sus primos serían también, con el paso del tiempo, destacados talquinos. José Fortunato Rojas Labarca (Talca 1857-Talca 1949) fue médico, dibujante, fotógrafo, grabador y literato, destacando además como talentoso pintor; Vicente Ignacio (Talca 1858-Talca 1955) fue abogado y Primer Alcalde Talca de 1891 a 1894;  y Federico (Talca 1881-Talca 1922) fue profesor de dibujo en el Liceo de Hombres.

Allí entró como contador en la acreditada casa comercial de Rojas, Astorga y Compañía, propiedad de su tío y de don José María Astorga. Así, ya instalados en Talca, comenzó a captarse las simpatías de todos quienes le iban conociendo, debido a su carácter bondadoso, discreto y, sobre todo, modesto. Porque las horas que el adolescente de 15 años tenía desocupadas al día sólo los pobres sabían en qué las ocupaba, y a pesar que ejercía la práctica cristiana con el mayor sigilo posible, no pudo evitar que sus amigos lo descubrieran ejerciendo caridad, sublime ejemplo que los conmocionó. Tenía la certeza de que ahí, actuando en los corazones que sufren, estaba la llave que abría la puerta conducente al camino de la inmortalidad, ruta que anhelaba conservar intacta a través de sus magnánimas acciones que quizás -pensaba- trascenderían la posteridad. 

Desde entonces, ese chico tuvo algunos “cómplices” que le ayudaron en su piadosa evangelización. A su edad, no le intimidaba lo que dijeran ciertas personas, importándole sólo la salud y bienestar de los desvalidos: víctimas de enfermedades, y esos que sufrían los caprichosos avatares de la fortuna al haber sido arrojados a miserables ranchos en las afueras de la urbe. De igual modo, por las mañanas se pasaba largos ratos de rodillas en el templo de San Francisco (1 Sur 2 Poniente), donde aprovechaba de escuchar las misas que podía antes de iniciar sus ocupaciones. 

Otros jóvenes y compañeros de trabajo y vecinos del barrio, no podían comprender que un joven de 16 años rechazara sus invitaciones para que participara en la vida licenciosa que seguían, y se dedicara a otras actividades que ellos juzgaban como sospechosas. Pronto la comunidad fue conociendo la generosidad del joven. Comenzó a enterarse de su altruismo para con los pobres y ancianos, a quienes les llevaba pan, huevos, azúcar. De igual manera, autorizado por el director de una escuela pública, enseñó cánticos religiosos a alumnos, hasta llegar a formar un afinado coro de carácter religioso, trasladándose durante la noche a continuar ensayando canto a la Casa de Ejercicios.

Cuentan testigos de vista que, a veces, le vieron arrobado en oración, de rodillas, con los ojos levantados al cielo, sin darse cuenta de lo que pasaba a su alrededor, prolongando el rato de oración más de lo que sus acompañantes deseaban. Las acciones en favor de los más necesitados las hacía a cualquier hora, igual en invierno -con lluvia y heladas- que en verano -con sol quemante-. Era un ritmo extenuante, si se tiene presente que por las noches se daba tiempo para estudiar tesoneramente textos religiosos.

El 22 de noviembre de 1866 falleció su madre, lo que fue un duro golpe para el joven. Ello lo impulsó con más fuerza a refugiarse en su fe, tratando de absorber aquella significativa pérdida. Su madre fue el último vínculo que lo ataba al mundo de las personas, de las cosas y de la naturaleza. Una gran mujer por la cual se esforzó con ahínco para que nunca careciera de los elementos mínimos para su subsistencia.

Frontis del desaparecido Seminario San Pelayo de Talca en 1920, del cual fue protagonista relevante para que se erigiera, junto al sacerdote Miguel Rafael Prado. De la revista El Seminario de Talca en el 50º Aniversario de su Fundación.

Prematura partida y legado

El joven se inspiró en los encuentros que ya tenía con sus pares para fundar la Sociedad San Luis Gonzaga, la que comenzó a operar el 22 de octubre de 1859 (llegó a tener más de 2 mil socios). Y poco después emprendió la tarea de fundar las capillas de Jesús Obrero en el Barrio Sur; y la de María (para la cual el prestigioso ingeniero y escritor Daniel Barros Grez hizo el plano), en el corazón del Barrio Oriente. Igualmente, en 1860 levantó una iglesia en el apartado villorrio de Vilches, comuna de San Clemente, la que fue declarada Monumento Histórico Nacional debido a su sobria arquitectura religiosa rural, que toma como referencia materiales propios de la zona, destacando el uso de adobe y ladrillo cocido para muros, piedras para las fundaciones, madera de roble para la estructura de techumbre y las carpinterías de terminación adobes. 

En 1869, a los 30 años de edad, ingresó al Seminario de Santiago, y a fines del mismo año obtuvo el presbiterado. En enero de 1870 retornó a Talca, precedido de la Banda de Músicos del Seminario Mayor de Santiago y una muchedumbre que lo aclamaba, lo que diarios de época describieron en sus páginas como un acontecimiento social relevante. 

Recién ordenado sacerdote se le nombró ministro del Seminario Conciliar San Pelayo, del que fue cofundador, y que inició su puesta marcha gradual el 1 de abril de 1870 con 29 alumnos. Fue vicerrector entre los años 1870 y 1874 y seis años después el Arzobispo y jurisconsulto Rafael Valentín Valdivieso lo ascendió a Rector del mismo establecimiento desde 1875 a 1887. Adquirió en Italia el Altar Mayor del Seminario -todo en fino mármol- y entre 1875 y 1889 fue profesor de Historia Antigua y de Historia de la Iglesia, de latín y griego. En síntesis, investido en un comienzo de modesto empleado seglar, fue durante más de 20 años un referente de la Iglesia Católica en la zona, pero fundamentalmente un gran precursor de los fundamentos de su acción en Talca. 

Empero, en su estadía en Talca, no todo fue miel sobre hojuelas para el sacerdote Berríos, ya que “ciertas” personas le acusaron públicamente, mediante un pasquín -folleto impreso-, de atentar gravemente a la moral y censuraron su “conducta intachable”, lo que el religioso enfrentó con silencio. Por tanto es probable que jamás se llegue a conocer el tenor de esas acusaciones, sus fundamentos, sus posibles “certezas” o “imprecisiones”, ni los argumentos esgrimidos, ni quién o quiénes las hicieron, ni si iban dirigidas al hombre o al sacerdote, extraviadas para siempre en las ciénagas del tiempo, ya que el prestigio e influencia del religioso estaba profundamente consolidado en Talca y su gente, por lo que no existió posibilidad de redundar.

Una vez cristalizado el Seminario San Pelayo canalizó sus energías a la fundación de un albergue para niños abandonados y maltratados, al que puso bajo la protección de San José. La cristalización de la Casa de Huérfanos se obtuvo mediante Personería Jurídica del 31 de mayo de 1894, según Copia Nº 1217 del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile. En junio de 1884 los huérfanos debieron trasladarse a una vivienda más pequeña y modesta, para que pernoctaran en ella los soldados del Batallón Talca que regresaron de la Guerra del Pacífico. Más adelante, y a consecuencia de las gestiones del vicario foráneo, monseñor José Luis Espínola Cobo, la Casa de Huérfanos se entregó para que la administrara la Congregación Hijas de San José Protectoras de la Infancia. 

Igualmente, entre los aspectos no muy conocidos de su obra, está que asumió como capellán del Hospital de Talca en 1887, a petición de las Hermanas de la Caridad -que prestaban sus servicios allí durante la epidemia del cólera que causó más de 28.000 muertos, en una época en que el país tenía 3.000.000 de habitantes desatada en la urbe-, cargo desde el cual se comprometió en forma abnegada, solicitando licencia para abrir un oratorio en el lazareto de los enfermos de cólera a quienes atendía personalmente.

Sin embargo, a inicios de 1888 su salud comenzó a resquebrajarse, por lo cual consagró casi todo su tiempo al cuidado de los huérfanos, hasta que se vio obligado a entregar la Rectoría del Seminario San Pelayo al Presbítero Manuel Tomás Meza. Así, seriamente resentido por la enfermedad pulmonar que lo aquejaba, en diciembre de ese año se le trasladó al Fundo Panguilemu, propiedad en ese entonces de don Pastor Cerda, situado al norte de Talca, donde falleció el sábado 21 de diciembre de 1889.

Finalmente, en la distancia quimérica del tiempo, o en las divisiones artificiales en que el ser humano lo ha estructurado, un poco para saber lo que ha vivido y lo que le resta por vivir, Fortunato Berríos trascendió su época. Tuvo -asimismo- el privilegio de que su nombre y obras hasta hoy no han sido veladas con un manto de olvido, porque después de 130 años de haber partido físicamente de este universo, su presencia pervive en la memoria de vecinos y creyentes de Talca, al igual que en una cripta y monumento al interior de la iglesia San Luis Gonzaga, situada en el lado norponiente de la emblemática Plaza las Heras.

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