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H2V EN EL MAULE: OLVIDEMOS LA EXPORTACIÓN, MIREMOS LA DESPENSA por Lucas Olace

 

Cuando se habla de Hidrógeno Verde (H2V) en Chile, el mapa mental tiende a polarizarse: miramos al Norte Grande y su radiación infinita o al Extremo Sur y sus vientos constantes. En esa narrativa de «gigantes energéticos» enfocados en la exportación, la zona central y específicamente la “Región del Maule” suele quedar relegada a un segundo plano, vista erróneamente como un actor de reparto sin capacidad de competir en la carrera de los gigawatts.

 

Sin embargo, esta visión es estratégicamente incompleta. Si bien el Maule no posee las condiciones extremas para ser la «batería del mundo», tiene algo mucho más valioso para la economía interna inmediata: es la despensa de Chile. Un análisis crítico nos obliga a replantear la estrategia regional: el éxito del hidrógeno aquí no pasará por exportar energía, sino por transformar nuestra materia prima agrícola. El futuro no es el combustible para exportar, es el insumo para producir.

 

Intentar replicar los modelos de negocio de Antofagasta o Magallanes en Talca o Curicó es un error de cálculo. Nuestra competencia no está en el costo nivelado de energía (LCOE) para la exportación a granel, sino en la integración vertical. Aquí surge la línea de desarrollo más potente para la región: la producción de Fertilizantes Verdes (Amoníaco Verde) a escala local.

 

La agricultura maulina vive hoy bajo la espada de Damocles de la volatilidad internacional. Dependemos de la urea importada, con precios que fluctúan violentamente según la geopolítica y que arrastran una huella de carbono enorme. ¿Tiene sentido que la región agrícola más importante del país dependa de insumos producidos a 12.000 kilómetros?

 

La verdadera revolución del hidrógeno en el Maule radica en su capacidad química. El hidrógeno es el ingrediente base para el amoníaco. Desarrollar plantas modulares y descentralizadas que utilicen energía solar local para producir fertilizantes in situ resolvería tres problemas de una vez: soberanía alimentaria (estabilizando costos), descarbonización real (eliminando la huella de los insumos) y valor agregado premium. Una cereza o un vino del Maule producido con fertilizantes verdes es un producto de lujo en mercados exigentes. Estamos hablando de certificar la «Cero Huella» desde la raíz hasta la góndola.

 

Para lograrlo, el Maule debe convertirse en un laboratorio de «aplicaciones finales». Mientras el norte investiga cómo hacer hidrógeno más barato, nosotros debemos investigar cómo usarlo mejor. Necesitamos ingeniería local capaz de adaptar electrolizadores a entornos rurales y modelos de cooperativas agrícolas que inviertan asociativamente.

 

El hidrógeno verde en el Maule no se trata de tubos y barcos saliendo del puerto. Se trata de lo que ocurre tierra adentro. Si entendemos el H2V como un habilitador agroalimentario, encontraremos nuestro propio nicho: no necesitamos ser los mayores productores de hidrógeno, nos basta con ser los más inteligentes en su aplicación.

 

Lucas L. Olace Sepúlveda

Ingeniero y Magíster en Energías Renovables

Jefe de Especialidad de electricidad

Centro Educativo Salesianos Talca

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