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HABLEMOS DE FUTBOL: EL EGOÍSMO DE LOS GOLEADORES por Ricardo Moya

 

Es bien sabido en el mundo del fútbol que tener un goleador en el equipo es clave si queremos ganar partidos. Son muchos los casos en los que los equipos sufren por la ausencia de gol, a pesar de practicar un fútbol vistoso, asociativo y, por momentos, dominante. Se juega bien… pero no se gana. Y en el fútbol, sin gol, no sirve de mucho.

 

¿Dónde encontramos a esos jugadores determinantes? La verdad es que son relativamente escasos, y cuando aparece uno, rápidamente se llena de ofertas para jugar aquí o allá. Ellos poseen una fórmula que el resto del equipo no tiene: la capacidad de resolver en el último momento, cuando el margen de error es mínimo y la presión es máxima. Como en todo en la vida, en el fútbol también se paga por el talento, y especialmente por quienes pueden dar lo que otros no logran.

 

Pero junto con esa capacidad aparece una característica muchas veces discutida: el egoísmo del goleador.

 

El goleador vive para el gol. Piensa en el arco, siente el arco y respira el arco. Donde otros ven una jugada para asegurar la posesión, él ve una oportunidad. Donde el equipo piensa en construir, él piensa en finalizar. Y en ese impulso muchas veces decide solo, remata cuando podía asistir o fuerza una acción individual. Desde afuera, puede parecer egoísmo; desde adentro, es convicción.

 

Porque el goleador no duda. Y en el área, dudar es perder.

 

Muchos de los grandes goleadores de la historia fueron, en algún momento, catalogados como individualistas. Sin embargo, ese aparente egoísmo es también el que les permite asumir responsabilidades que otros evitan. El goleador convive con el error, con la crítica y con la presión constante de convertir. Puede fallar varias veces, pero necesita seguir intentando, porque sabe que una sola acción puede cambiar el destino del partido.

 

El verdadero problema no es el egoísmo, sino el desequilibrio. Cuando el goleador deja de jugar para el equipo, pierde valor; pero cuando el equipo no entiende la naturaleza del goleador, también se debilita. El fútbol es un juego colectivo que necesita individualidades decisivas. El goleador no debe dejar de ser goleador, pero debe aprender cuándo finalizar y cuándo asociarse. Y el equipo debe comprender que, muchas veces, el que resuelve no juega igual que los demás.

 

En el fútbol moderno, el goleador completo ya no solo convierte: presiona, se mueve, genera espacios, asiste y participa del juego. Sin embargo, su esencia sigue siendo la misma: transformar media ocasión en gol. Esa es su verdadera diferencia.

 

Tal vez el goleador no sea egoísta por elección, sino por naturaleza. Porque quien tiene el don de definir no puede renunciar a él. Y porque, al final, el fútbol suele perdonar muchas decisiones… aún más cuando la pelota termina dentro del arco.

 

Ricardo Moya Sánchez

Profesor de Educación Física

Licenciado en Educación Técnico de fútbol amateur

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