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Historias del golpe de Estado: Pedro Hidalgo y su experiencia “Del fuego a la luz”

El ex ministro de Agricultura del presidente Allende fue sorprendido por el golpe de Estado en la provincia de Ñuble. Detenido cuando intentaba regresar a Santiago, vivió una asombrosa experiencia de dolor y fe (Gabriel Rodríguez Bustos, escritor y periodista).

Ingeniero Agrónomo, ex vicepresidente del Instituto de Desarrollo Agropecuario (INDAP), Pedro Hidalgo Ramírez fue Ministro de Agricultura en el último periodo del gobierno del presidente Allende. En su libro “Del fuego a la luz” narra detalladamente su increíble historia.

El día 10 de septiembre de 1973 Pedro Hidalgo viajó a la provincia de Ñuble. Fue enviado a investigar los rumores de posibles grupos armados, situación que despertó la preocupación del gobierno. Era un país convulsionado y semi paralizado. Luego de largas horas de viaje, agotado, se aloja en el Hotel de Turismo de la ciudad de Chillán.

El día 11 es despertado al amanecer por el personal, ya que el establecimiento estaba siendo rodeado por militares. Logra huir en su renoleta y tras dar varias vueltas por la ciudad, consigue reunirse con algunos colaboradores y líderes locales de la Unidad Popular.

Sin ninguna posibilidad de resistir, los dirigentes deciden dispersarse e intentar sobrevivir cada uno por su cuenta. Tras pasar la noche en la modesta vivienda de un dirigente sindical, debe huir pues se comienzan a allanar las poblaciones y cientos de personas son detenidas.

Pedro y dos funcionarios amigos emprenden el regreso a Santiago por las rutas de la costa, con el fin de evitar los controles militares. En Portezuelo, uno de sus colaboradores insiste en detenerse frente a una capilla. Tras llamar a la puerta los recibe un anciano sacerdote quien les ofrece comida y alojamiento. Pedro, ateo declarado, reacciona agradecido y asombrado de la generosidad del religioso.

Tras pasar la noche y al sentir un helicóptero sobrevolando el pueblo, continúan su viaje por caminos laterales hasta que a media mañana se detienen frente a la casa de un campesino, quien les ofrece  desayuno junto a su familia.

LA DETENCIÓN

No alcanzan a ingresar a la vivienda cuando aparece el helicóptero. Intentan huir nuevamente, pero desde el aire son amenazados mediante un parlante. Llega un camión con militares a cargo de un teniente. Los tres son lanzados al suelo. También el campesino y su familia. Reciben culatazos y patadas. Les amarran las manos a la espalda y les cubren el rostro con un paño negro. Tras identificarlos, son alejados del grupo uno a uno. Se escuchan golpes, quejidos y disparos. Finalmente trasladan a Pedro y lo interrogan sobre un supuesto Plan Zeta y los lugares donde se ocultarían armas. Ante sus respuestas declarando no conocer ningún Plan Zeta, ni saber de armas, vuelven los golpes y con una bayoneta le provocan una herida cortante entre las piernas y en la zona axilar. Después lo ponen de espaldas y el teniente ordena disparar. Las balas pasan cerca de su cabeza. El ruido es ensordecedor y el estampido le provoca un intenso dolor en el oído derecho. Meses después sabrá que le han roto el tímpano y perderá la audición.

Tras el simulacro los tres son trasladados a la comisaria de Quirihue, donde son nuevamente golpeados, esta vez por carabineros, tras ser arrojados a una celda.

INTERMINABLE VIAJE AL HORROR

Los siguientes meses Pedro Hidalgo conocerá la profundidad del dolor, la crueldad y el horror. Pero también la fuerza de la solidaridad, los pequeños gestos de humanidad y la esperanza de la fe en medio de la irracionalidad.

Desde Quirihue, los tres funcionarios son trasladados hasta el Regimiento de Chillán donde reciben una nueva golpiza y viven un nuevo simulacro de fusilamiento. Pero será sólo el inicio de un peregrinaje de incertidumbre. Pasará largos meses en la Cárcel Pública, desde la que cada noche grupos de presos son sacados al Regimiento para ser sometidos a torturas, generalmente sin siquiera formularles preguntas.

En una de esas “salidas” es testigo de una situación extraordinaria. Tras ser trasladados a una comisaría y sin preguntarles nada, los carabineros comienzan a dar bastonazos a los presos ordenados de espaldas contra un muro. De pronto un muchacho comienza a gritar:

-¡Papá, basta, deja de golpearme!¡Papá, soy tu hijo que está preso!

El muchacho lloraba, el carabinero arrojó la luma al suelo y se abrazaron llorando.

A los pocos días vieron entrar a la cárcel al ex carabinero en calidad de preso político.

A fines de septiembre dieciséis detenidos encabezados por el ex Ministro de Agricultura son trasladados a la Isla Quiriquina. Cientos de hombres se hacinaban en un gimnasio. No había camas, ni servicios higiénicos. Debían dormir amontonados en el suelo y por las noches eran sacados en grupos para ser interrogados. Regresaban al amanecer golpeados y cabizbajos. Algunos nunca volvieron. Uno de ellos fue el abogado Fernando Álvarez, ex intendente de Concepción.

EL CAMINO DE LA FE

Los detenidos se organizaban como podían para soportar mejor las duras condiciones. Había un rincón para que los médicos intentaran curar a los más heridos, se turnaban para repartir el trozo de pan y la especie de café que les daban como desayuno y cena. El almuerzo generalmente consistía en sopa de pantrucas. Los católicos y los evangélicos también tenían sus grupos. El único libro permitido era una biblia.

Un día Manuel, el pastor socialista, lo invitó a participar en un momento de oración junto a su grupo. Pedro vaciló, pero finalmente aceptó como gesto de fraternidad. Le pasaron la biblia y el pastor le pidió que la abriera al azar y leyera el texto. Lo hizo y para su asombro y el de los demás leyó el capítulo titulado “Pedro sale de la cárcel” correspondiente al Nuevo Testamento.

En los días siguientes, caminando con Manuel entre los detenidos, el pastor lo instruyó en los conocimientos básicos de la biblia y en la figura central de Jesucristo.

NUEAMENTE EN CHILLÁN

En noviembre el grupo de los dieciséis es trasladado nuevamente a la cárcel de Chillán donde un grupo de militares los recibe con nuevos golpes. Y Pedro es encerrado en una celda de castigo, oscura, sin camastro ni ropa de abrigo, sin servicios higiénicos, salvo un hoyo en un rincón.

Comienza la etapa más dura de esta experiencia. Cuarenta días sin higiene personal, alimentado con café negro y un plato de porotos al día, Pedro Hidalgo vivirá una experiencia sobrecogedora de fe.

Sin comunicación alguna con el exterior, sin saber nada de su esposa y sus dos hijos, acechado por ratones y en medio de la oscuridad, temiendo perder el juicio, el protagonista de esta historia cuenta que una noche “sucede en la celda algo insólito que vendría a cambiar totalmente mi vida espiritual. Estaba tranquilo, tendido de espaldas y, de pronto, apareció sin ninguna explicación, en el techo de la celda, frente a mi cabeza, una cruz blanca, perfecta”.

Incrédulo al comienzo, pensando que esa visión era pura ilusión, esperó a la noche siguiente. Y el fenómeno nuevamente se repitió. La tercera noche la esperó de pie y experimentó una conversión parecida a la que narran algunos pasajes bíblicos. Cayó de rodillas y oró lleno de fe. No lo hacía desde los siete años.

Con los días un gendarme que vigilaba durante las noches le hizo llegar un breve mensaje de su esposa Fresia. Ella lo buscaba desde los primeros días sin que nadie reconociera su detención, ni le permitieran visitarlo. Frente a la cárcel los familiares esperaban noticias de sus seres queridos durante horas, todos los días. Y quienes no eran de Chillán se quedaban en una parroquia cercana donde la Iglesia les brindaba apoyo y acogida.

Pedro, dueño de una nueva luz interior y con la prudente ayuda del gendarme ocupará su tiempo en meditar, orar y crear con sus manos una cruz de madera que enviará a su esposa.

Con los días descubrirá que el extraño fenómeno de la cruz nocturna era causado por una pequeña ranura en la madera que tapiaba la diminuta ventana, lo que no modificó su nueva fe, convencido que era una señal de Dios que lo acompañaba.

LA CRUZ ROJA INTERNACIONAL

Tras cuarenta días incomunicado y gracias a un detenido que hablaba inglés la Delegación Internacional de la Cruz Roja que visitaba los recintos de detención a lo largo del país se entera de su situación. Lo visitan en su celda y verifican las inhumanas condiciones que debe soportar. Unos días después a él y a otros incomunicados se les permite ducharse, recibir alimentos y acceder a los servicios higiénicos una vez al día.

Pero el dolor no había terminado. Una posterior visita del Intendente militar significará una nueva sesión de golpes. El calvario continuaba, lo trasladan a un fundo junto a otro detenido y recibe una nueva paliza, esta vez de civiles.

Se acerca fin de año y la presión internacional obliga al régimen a otorgar mínimos beneficios a los detenidos. Al fin, recibe la visita de su esposa y se entera que sus hijos están bien, cuidados por su abuela.

En la enfermería tratan sus heridas no cicatrizadas y gracias a la generosidad de un abogado detenido convertido en juguetero, consigue un hermoso camión de madera para regalar a sus hijos en Navidad.

El encuentro familiar será emotivo e inolvidable.

LA LIBERTAD

Un día de febrero de 1974 es trasladado una vez más. Está vez seis militares lo llevan por las calles hasta la Intendencia Regional. Después de una silenciosa espera lo hacen pasar a una sala con una gran mesa. Allí hay cuatro oficiales de alta graduación. Uno de ellos lo interroga sobre su edad, su cargo en el gobierno del presidente Allende, su detención, sus acompañantes y a dónde se dirigía. Responde con tranquilidad, no tiene nada que esconder.

Después de un rato en la sala de espera el alto oficial le comunica que por orden del General Pinochet queda en libertad condicionada y debe presentarse en la tarde ante el Intendente.

¡Libertad! ¡No lo puede creer! Camina de vuelta aún incrédulo. La noticia corrió como pólvora. Al regresar a pie a la cárcel un grupo de personas comenzó a seguirlo mientras le decían ¡Fuerza Ministro!¡Ánimo, Pedro! En la cárcel liberan sus manos, retira sus pocas pertenencias y se despide con un largo abrazo de todos sus compañeros de infortunio. En la puerta lo esperaba su esposa y su hermana.

EXILIO IY RETORNO

Tras unos difíciles meses en Santiago, con los fantasmas de las torturas en su mente, nuevamente comienza a ser buscado y perseguido por el régimen dictatorial. Sus amigos le aconsejan dejar el país a la brevedad. Tras una tentativa frustrada y con la ayuda de un sacerdote holandés, logra asilarse en la embajada de Colombia. Se aleja de Chile con su familia.

Posteriormente será profesor en las más importantes universidades de Venezuela y Brasil.

Volverá en 1988 después del Plebiscito y en 1993 retornará definitivamente a Chile con su familia.  Por esos años se entera que su extraña liberación en Chillán fue efectivamente por una orden de Pinochet, pero que beneficiaba a un familiar de uno de sus asesores. La causa de la confusión fue por una increíble coincidencia de nombre con esa persona.

En los años 90 trabajó en la Dirección de Obras Hidráulicas del Ministerio de Obras Públicas de la Región del Maule. Actualmente es jubilado, vive en Talca y realiza consultorías internacionales en su especialidad.

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