
En política, como en muchas otras dimensiones, el éxito o fracaso se mide en función de las expectativas. Si un gobierno logra aquello que la ciudadanía esperaba de él, podrá terminar satisfecho de la misión cumplida. Si lo consigue a medias, pues mediano también será el reconocimiento ciudadano. Y si no alcanza ni siquiera las cotas mínimas de aquellos anhelos que incitó, la gente se lo hará saber. Y los historiadores también.
Cuando en 2022 Gabriel Boric asumía como Presidente de la República, lo hacía impulsado por un anhelo ciudadano de cambios innegable. La Historia se encargará, en un futuro lejano, de separar esos anhelos populares legítimos, del oportunismo delictual y la violencia irracional que también precedieron su llegada al poder. Lo cierto es que pocas veces, en la Historia reciente, una administración había generado tal cúmulo de expectativas. Si las carencias eran muchas, las ansias eran más. Fuera en la economía, la educación, la justicia o la salud, los chilenos tenían grandes esperanzas de cambio y de mejoras. Así, Gabriel Boric llegaba a La Moneda envuelto en un aura de ilusiones y promesas épicas: la refundación institucional del país, plasmada en una nueva Constitución, nos llevaría a un Chile completamente distinto, y su estilo de gobierno, sustentado en una ética superior, supuestamente marcarían un antes y un después. El relato inicial de su administración parecía sacado de un manual de épica juvenil: un presidente joven e impoluto, con un discurso fresco y cercano, dispuesto a “refundar Chile” y a dejar atrás las viejas prácticas políticas. Parecía cierto que se abría una nueva era. El resumen de aquellos días lo pronunció una señora que, entre lágrimas emocionadas y con voz entrecortada, repetía que el nuevo Mandatario “iba a cambiarlo todo”. Nada menos.
Hoy, cuatro años después, los chilenos sabemos que la épica juvenil puede terminar en tragicomedia, que el ideologismo sin conducción se convierte en torpeza pertinaz, y que los desaciertos y las chambonadas, por muy adornados de épica poética, no pasan a la historia como gestas, sino como advertencias. En definitiva, Boric no deja un legado de transformaciones memorables, sino un manual de improvisaciones y errores que los futuros gobiernos leerán como lo que nunca debe hacerse y, quiera Dios, ni el 2030 ni nunca, repetirse.
Los propósitos iniciales de transformación, hinchados de ideologismo, se estrellaron tempranamente contra la realidad. Tal vez la primera señal de lo que digo fue la visita de la ministra del Interior, Izkia Siches, al “wallmapu”. Su fallida incursión en Temucuicui, mezcla de voluntarismo ciego y ridículo, se transformó en el primer aviso de que la épica se iba a transformar en desacierto. Otro caso elocuente de este choque con la porfiada realidad fue el calamitoso proyecto constitucional con que la Convención intentó “cambiar Chile”. Tras el rotundo rechazo del 62% de los chilenos, uno esperaría que el gobierno hubiera aprendido que una es la retórica revolucionaria y otra muy distinta es la áspera realidad. Más tarde vendrían las contradicciones y tropiezos en seguridad, la improvisación y descontrol migratorio, la cínica ironía del “gobierno feminista” que amparó a Monsalve antes que a su víctima, y la economía que termina en un estado que los especialistas califican como de emergencia y que la gente común percibe como mucho peor que al inicio.
El resultado político fue igual o peor de magro y lapidario: incapaz de consolidar una coalición ganadora, Boric entrega el poder este miércoles a su adversario más directo, lo que equivale a un certificado de fracaso, emitido por esa ciudadanía que, hace cuatro años confió sus más sentidos anhelos a quien carecía de experiencia, se rodeó de aprendices, improvisó planes cargados de dogmatismo y que creía que bastaba su mera voluntad para que las cosas cambiaran. Gracias a Boric, hoy la mayoría de los chilenos sabe que las grandes promesas pueden terminar en grandes decepciones. Él cambió la forma en que los chilenos miran a sus gobernantes. Cambió la ilusión en desconfianza y la esperanza en frustración. Y esa, aunque no era la intención, sí es una transformación profunda.
Iba a cambiarlo todo.
Juan Carlos Pérez de La Maza
Licenciado en Historia
Egresado de Derecho








