La convulsionada sociedad del siglo XXI continúa celebrando un ritual que ni el tiempo ha logrado eclipsar; una mística Noche de Paz que hace que en las calles zumben pregones de obesos Viejitos Pascueros ofreciendo “novedades para los regalones” y mucho más (por Jorge Valderrama Gutiérrez)
Entre las curiosidades navideñas perdidas en Chile están las de llevar ofrendas -flores, tortillas, frutas- a los pies del pesebre; regalar emboques y runrunes; preparar mote con huesillos y jarabe de culén. En tanto, la tradición de armar un árbol de Pascua la inició un grupo de familias alemanas que arribó a Valdivia en 1850 a colonizar el sur, junto con el de diseñar y mandar tarjetas navideñas. Ese año algunos chilenos armaron su primer árbol de Navidad, bajo el cual aún se acostumbra poner un pesebre (sólo en 1908 se instaló uno en el centro de Santiago). Junto con lo anterior, también se incorporaron otras costumbres, como elaborar Pan de Pascua, colgar calcetines de colores con regalos en su interior, poner coronas en las puertas y entonar la universal canción “Noche de Paz”. Además, pocos saben que sólo en Chile llaman Viejito de Pascua o Viejo Pascuero a quien el resto del mundo conoce como San Nicolás, Papá Noel o Santa Claus. En lo que respecta a los saludos epistolares, el profesor Charlie López destaca que las primeras tarjetas de Navidad fueron comercializadas por J.C. Horsley y Sir Henry Cole en 1846. El diseño mostraba una fiesta familiar a cuyo pie se leía: “A Merry Christmas and Happy New Year to You”.
Merry Christmas
Para muchos Navidad es una fecha “mágica”; sinónimo de recuerdos, remembranzas y “fantasmas”; una tradición romántica asociada a titilantes lucecitas, árboles de pascua, regalos, Pan de Pascua y encuentros familiares… Y -curiosamente-, aún en este siglo y en nuestro país, sobrepasado por una delincuencia organizada y atroz, que salpica de horror e inseguridad a barrios, poblaciones y todo lugar citadino, saturando todos los días noticieros, portadas de diarios, revistas, comentarios personales y redes sociales, Navidad continúa siendo un baluarte de sensibilidad, cordura y fuente de amor inagotable que retrotrae a una época lejana, tras años nebulosos, pero profundamente añorados por los de más edad.
Así continuando con estas sencillas reflexiones, en su libro “Detrás de las palabras” el precedentemente mencionado profesor británico Charlie López, del Center Trinity College London y director del Instituto Big Ben, explica el origen de dos sentencias archimanoseadas durante esta festividad: Merry Christmas. Así, el experto señala que la palabra inglesa “Christmas”, que en español corresponde a Navidad (nacimiento), en inglés deriva de la expresión “Christ’s mass” que traducida literalmente significa “Misa de Cristo”, aludiendo al tradicional oficio religioso que se celebra en la medianoche del 24 de diciembre, nuestra chilena Misa del Gallo, para celebrar el nacimiento del hijo de Dios.
Sobre la cronología del nacimiento del Mesías no hay acuerdo ni en la primitiva Iglesia ni entre las diversas fuentes históricas.
No obstante, recientemente se han realizado estudios al respecto que sugerentemente concluyen que Jesús pudo haber nacido en una data muy alejada a la ancestralmente aceptada como tal (25 de diciembre), entre las que figuran 28 de agosto, 20 de mayo y 19 de abril -entre el año 6 y el 4 antes de la Era Común, según Mateo y Lucas- como las más factibles desde una perspectiva histórica.
Teosofía v/s historiografía
De esa manera, la fecha tradicionalmente aceptada la fijó en el siglo VI el monje escita Dionisio “El Exiguo” (llamado así por su baja estatura), quien el año 532 -a petición del Papa Hormisdas- cambió el Calendario Juliano, herencia romana, por uno Cristiano que remontó el nacimiento del Salvador al año 754 de la fundación de Roma, correspondiente al año uno de la Era Cristiana. Sin embargo, el reinado de Herodes el Grande, muerto el 750 de la cronología de Roma, evidenció un error de cálculo de cuatro años, y aunque dicho desliz se conoce desde hace mucho tiempo, no se ha modificado para no inducir a más confusiones.
En ese tenor, el año 336 la Iglesia Católica, a través del Papa Julio I, consagró el 25 de diciembre como el nacimiento “oficial” de Jesús. Asimismo, en 601 el Papa Gregorio I incorporó dichas festividades idólatras a las celebraciones propias de la Navidad de la curia católica, permitiendo a quienes se habían convertido a la fe mantener sus primitivas tradiciones que transformaron a esta festividad religiosa en un agasajo popular que entremezclaba elementos reverenciales con otros enlazados a la exultación y al placer. Es decir, la Navidad Cristiana tiene su origen directo en el calendario romano, que desde el siglo III señalaba para ese día la celebración del “Día Natal del Sol invicto” (Dies natalis solis invicti), continuación de la antigua fiesta del solsticio. Dicha festividad unía en el plano mitológico a las divinidades con el ciclo anual del sol, que con el solsticio invernal parecía volver sobre la Tierra como por un renacimiento, lo que otorgó “luminosidad” a la figura de Cristo.
También, en otra perspectiva, un magno festival romano ejerció una gran influencia sobre la forma actual de celebrar el nacimiento del Salvador o Mesías: cada 17 de diciembre y durante un período que oscilaba entre tres y siete días la antigua Roma rendía honores a Saturno -símil de la deidad griega Cronos-, cuyos festejos incluían la ornamentación de los templos con follaje; el intercambio de regalos, especialmente velas de cera y muñecos de barro; y la suspensión del trabajo y actividades mercantiles (asueto).
En conexión con lo anterior, a los Reyes Magos o Magos de Oriente, sólo se sabe que tienen su origen en la Biblia, siendo el Evangelio de Mateo la única fuente que los menciona. ¿Quiénes eran realmente? ¿Sacerdotes, místicos, astrólogos con poderes más allá de lo humano? Si bien pocos dudan de su existencia, sí se pone en tela de juicio su número: tres, cuatro o muchos. La Estrella de Belén, supuesto astro que los guio durante tres meses al lugar de nacimiento de Jesús, es uno de los enigmas más grandes del mundo cristiano y su rol en la Navidad va a la par con el nacimiento mismo. ¿Fue una conjunción planetaria, un cometa o un objeto tripulado? Para intentar responder a ello se han escrito decenas de libros.
Ya en la antigüedad, el pensador griego Eurípides filosofaba que “al sostener que existen los dioses, ¿no será que nos engañamos con mentiras y sueños irrealizables, siendo que sólo el azar y el cambio mismo controlan el mundo?”. Centurias más tarde Blas Pascal testificaba que “Dios, es o no es, y puede establecerse una especie de apuesta. En una apuesta hay que considerar dos cosas: las probabilidades de ganancia y lo que se arriesga. Algunos sacrificios durante una existencia bien corta, ¡he aquí lo que arriesgamos apostando a que Dios existe!”. Años después Einstein sostenía “que el sentimiento religioso cósmico es la motivación más fuerte y noble para la investigación científica”; mas, antes Lope de Vega ensambló poéticamente: “Repastaban sus ganados/ a las espaldas de un monte de la torre de Belén/ los soñolientos pastores”, simbolizando el asombro terreno ante la magnificencia de un supuesto nacimiento divino.
Y es en Navidad, quizás más que en otras fechas del calendario, cuando en torno al Árbol de Pascua moros y cristianos, agnósticos y creyentes, opulentos y pobres, pueden reunirse para cantar juntos, tomarse de las manos y abrazarse cálidamente. Entregar un presente, evocar escenarios. Ser como niños, asombrarse con nimiedades, disfrutar de “pequeñeces”, vivificar sus vidas… porque a la Navidad no la forman ni la chimenea, ni algunos programas de la TV, ni el champagne, ni la cena, ni los regalos, ni el pino, sino las miradas compartidas con quienes se ama en una milenaria conspiración de amor que dura instantes. Su espíritu podrá tocar a las personas cuando puedan sentirla en su interior, porque Navidad es atreverse a pensar, a creer y disfrutar de imperecederas y ancestrales tradiciones. ¡Que esta Nochebuena traiga paz y aligere el alma de pesos inútiles!
Natividad eterna
Actualmente, niños, jóvenes, adultos y ancianos, es decir, casi todos los cristianos del orbe, conmemoran la Navidad en diciembre, mes mágico, poseedor de un encanto especial, equivalente al “verano” de los meses, el más atractivo y “famoso”, el más esperado… y ¿el más breve? Un mes en que se vierte tanto afectiva fraternidad, como esclavizante compulsión consumista. Es una celebración que se asocia a Nochebuena, a un centellante árbol de pascua, al Viejito Pascuero, pesebres, villancicos, Estrella de Belén, a regalos y cálidos abrazos familiares…
Es cierto que para algunos empresarios y comerciantes es una oportunidad más para que las personas abran sus bolsillos y carteras, contraigan deudas, compren futilidades y se enganchen en extensos créditos. Tampoco faltan los que denostan de dicha fecha con clichés como “Navidad es puro consumismo”, “debemos terminar con el materialismo exacerbado”, “Santa Claus es de origen impío”, y otras… pero el amor, la luz y los buenos deseos no hacen daño, ni tienen fecha. Hasta en los barrios más modestos, el aroma a Pan de Pascua y Cola de Mono inunda el aire, anunciando que se aproxima Nochebuena; ¡Que ya viene Navidad! Los compradores compulsivos sólo necesitan excusas para dar rienda suelta a su obsesión, de igual manera que los que tiran “malas ondas” son inviolablemente adictos al pesimismo. Como no todos los días son Navidad, en esta singular fecha, dejemos que nuestro amor, de la mano de nuestros sueños, anule suspicacias. Y cuando llegue Nochebuena sentémonos a la mesa familiar (con los iPhone apagados, idealmente en otra habitación), y evoquemos con nuestra compañera/o e hijos/as aquellas imágenes casi olvidadas, ésas en que aparecen cuando eran pequeños, alegres, abriendo austeros regalos… instantes eternizados en codiciadas fotografías.








