Hay una Constitución que como proceso debemos reconocer que fue elaborada de manera prudente en términos democráticos. Hubo una Constitución que podría decirse costó mucho menos que las propuestas constitucionales post estallido social. Hubo/hay una propuesta de Constitución que no requirió de representantes que elaboraran una carta magna, no requirió de tantos procesos eleccionarios y por tanto no padeció la burocratización de la democracia contemporánea. El desarrollo de esta Constitución duró tres años, y me refiero a la propuesta constitucional del segundo gobierno de Bachelet. Y no me interesa hablar de ella ni hacer ningún tipo de gesto propagandístico, sino que solo destacar el proceso constituyente de los años 2013 – 2018 en nuestro país como muestra de que se puede elaborar una Constitución de una forma muy democrática, mucho más que con el modo representacional y que, además, expresa de manera más fidedigna la voluntad de la sociedad.
Este proceso se realizó mediante cabildos ciudadanos y agrupamientos autoconvocados, los cuales reflejaron resultados que fueron sistematizados en una propuesta constitucional en el año 2018. En esta ocasión los constituyentes fuimos todos nosotros, todos quienes se reunieron como amigos, centros vecinales, grupos de diversa índole, donde dirimimos por los aspectos fundamentales del país según la percepción de cada uno. La sociedad sin la necesidad de ser representada —gran problemática de la democracia actual en que las figuras políticas terminan siendo especuladores y objetos legales de poder aspiracional— articuló un documento orgánico, en torno a las bases civiles, resaltando la participación ciudadana, fomentando el deseo colectivo, la expresión de la voluntad social y sin grandes inversiones.
Esta propuesta fue presentada por la presidenta en un acto «bastante solemne», dice el archivo de la Universidad de Chile, y luego entregada al gobierno de Sebastián Piñera que, sin darle cabida ni interés, la terminó por archivar. Evidencia de uno de los grandes problemas democráticos de la política chilena: el presidencialismo. Tres años tirados por la borda, y bueno, esa misma propuesta es por la que Piñera se tomaba la cabeza cuando ocurrió el estallido social, porque podría haber considerado aquella constitución de los cabildos con base ciudadana y haberse quedado con los seductores créditos de haber sido el gobierno que cambió la constitución. Ya lo sabemos, se manifestó en el 79% por el deseo de cambiar la constitución, no debemos olvidar ese interés común. El reciente premio nobel de economía James Robinson se ha referido acerca de Chile diciendo: «es un país de un crecimiento económico impresionante, buena distribución del ingreso y fuertes instituciones” y el mismo se pregunta, pero “¿por qué son infelices?” a lo que se responde “porque a pesar de estas mejoras (…) hay una falta de inclusión en muchas dimensiones. Hay un sentimiento oligárquico que debe cambiar”. O sea, nuevamente, nuestro problema presidencialista, nuestra crítica eterna, ya lo decía Hans Kelsen, Chile tiene un problema con el presidencialismo, refiriéndose a la constitución de 1925. Ese modelo ha perdurado y es preciso ajustarlo.
Aquí abro hilo entre el poder constituido y el poder constituyente. El primero es en el cual está fundado el Estado moderno, desde la línea de Hegel, Hobbes, Rosseau, ellos crearon un Estado trascendente y controlador de las revoluciones sociales. En la otra línea está el poder constituyente, el cual refleja el pensamiento contrario, pues se basa en aceptar la naturaleza humana como energía social y, por tanto, los movimiento y revoluciones son inmanentes de la sociedad.
Esto indica que cada vez que surja una revolución, un movimiento, un estallido debe expresarse legalmente en el cambio constitucional para actualizar el Estado y su forma administrativa de ejercer una democracia que radique en el poder social y no en el poder político. Este es el problema cuando el poder ejecutivo está por sobre el poder legislativo. A cinco años del octubre chileno el descontento permanece; se hace pertinente atender este malestar que ya comienza a somatizar y el antecedente constituyente bacheletista inspira una nueva alternativa para sanarnos.