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LA LÁGRIMA SALOMÓNICA por Franco Caballero Vásquez

Se ha fijado usted cuando ha tenido que aceptar alguna situación, alguna circunstancia ocurrida totalmente diferente a lo que deseaba. Cuando, a pesar de lo que se desea, lo dejamos ocurrir porque sabemos que es lo mejor, racionalmente sabemos que es lo apropiado. Cuando dejamos partir. Esos pequeños momentos en la historia de nuestras vidas, que no suelen pasar muy a menudo, pero ocurren en una noche de lluvia en el sereno de las noblezas, mientras dejamos correr las llaves que vacían la parte que duele, atenderé en esta oportunidad.

Son reveces distintos a aquellos que nos restructuran, pues sabemos que hay de los cuales podemos revertir la situación. Maravilloso cuando pasa eso. Cuando nos equivocamos y en vez de atormentarnos por haber actuado así, reparamos el error. Es distinto, además, a tener pequeños duelos, dolores tras algún evento doloroso, no es el caso. El caso que nos convoca sufre una lágrima silenciosa por el capricho de un deseo interno que se entrega honorablemente al bien deliberado. Es una lágrima tras la decisión salomónica.

El rey Salomón (hijo del rey David) al ver que su hijo hará mal al pueblo, optó por el bien común y expulsó a su propio hijo en beneficio de la mayoría. Este tema surgió en una conversación con un amigo hace un tiempo atrás. De ahí que aparece el término popular de “decisión salomónica” me decía él. Eso no significa que el rey Salomón no haya sufrido esa noche, tras esa decisión. Piense usted si dejase ir a una mascota para que tenga mejor bienestar, por amor a ella acepta que se vaya, más no es usted ni yo de hierro para no vibrar una lágrima en el silencio negro de la noche como dice A. Pires tras ver su partida. Andy de Toy Story también sabe de esto.

Son pequeños momentos de degustación de la vida, donde se puede palpar y saborear esa cosa abstracta que son los sentimientos. Quizás si fuéramos ermitaños no tendríamos acceso a este tipo de emociones; podríamos decir que los sentimientos suceden porque existen las demás personas o que las emociones nobles existen porque existo socialmente. Mejor será no determinar nada, ni enfrascarnos en esa reflexión, al menos si rescatar la extensión que generan las emociones hacia los demás que no soy yo, provocando una expansión hacia lo comunitario.

El sentimiento del bien común es un aliciente para las representaciones sociales. Cuando se representa a la ciudadanía, se pasa a ser un sujeto público, por tanto, los actuares y pensares debiesen ir destinados al bien común. Tendrían que restarse los intereses privados y/o personales, para sumarse los de la comunidad encima. Abstraigo mis deseos para priorizar el del colectivo. Como cuando se juega futbol y vamos dos contra el arquero; si queremos ganar como equipo la toco al lado.

El gesto salomónico implica amor. La Ética implica amor. Los valores republicanos implican amor cuando se considera la globalidad de la nación como finalidad. Cuanto se relacione con lo comunitario contiene amor por los demás. La individualidad que trajo consigo el liberalismo, nos restó amor por los demás. La individualidad hace que el gol lo haga el jugador que lleva el balón; pues el jugador quiere cerrar él la jugada independiente del resultado del club. Creo que nuestro desafío como país radica en la noción colaborativa, si queremos subsanar la herida neoliberal. Como dice un profesor: «Chile es una economía, no una sociedad». El liberalismo impuso nuestros deseos personales ante todo; cualidad observable también en conductas institucionales y sociales.

Pero no perdamos el foco, al rey Salomón, según Wikipedia, se le acercaron dos mujeres que reclamaban la maternidad de un niño. Ante esto decidió hacerles una prueba y les dijo que lo dividieran, llamando a pedir una espada; la mujer que se opuso a la división, el rey descubrió que era ella la verdadera, por tanto, solo era una prueba. Este monarca, que legó entre tantas cosas la terminología de un gesto, permitió que se visibilizara dicha acción, pudiéndose reconocer cuando sucede, y con ello haciendo existir el gesto desde su acontecimiento original. Así se fundan los nombres de las leyes, por ejemplo, gracias al gesto que ocurre y se materializa en palabras. De esta concepción sabe bien la poesía, que crea vida con una estrofa, que en un verso describe lo sublime y en otro la mística indecible del ser humano. La poesía habla cuando se acaban las palabras puedo pensar. Dice en momentos asfixiantes, tal fuese una traductora cuando los sentimientos inundan y las comprensiones llegan. A veces a niveles tan altos que alumbran el bien común en poemas como los de Rabindranath Tagore cuando dice “Dormí y soñé que la vida era alegría. Me desperté y vi que la vida era servicio. Serví y comprendí que el servicio era alegría”. Somos uno, es cierto, uno como persona, uno como equipo, uno como colectivo, uno como ciudad, uno como región y uno como país. O uno como pueblo en la visión del rey Salomón, quien a conciencia de ser soberano pidió sabiduría y entendimiento.

Franco Caballero Vásquez

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