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LA PAJA DEL TRIGO por Rodrigo Biel Melgarejo

Un ensayista norteamericano llamado Harlie Warzael, sostiene que “la emergencia de las redes sociales ha propiciado que se active una perversa interacción entre los algoritmos, las fuerzas ultras y los medios de comunicación”, agregando que mientras más “divisivo es el discurso político, más lo premia el algoritmo, con mayor presencia y difusión”.

Dicho autor reflexiona en cuanto a que hoy la política se hace con un tono desvergonzado, ocupando más espacio en las redes sociales, lo “que legitima y justifica que los medios de comunicación les dispensen una mayor cobertura mediática”.

En buenas cuentas, esa “desvergüenza” de la política hace que se utilice la mentira sin ningún pudor, convirtiéndola en otra más de las armas de convencimiento.

No es el único autor y/o ensayista que ha hecho un llamado de alerta a la alimentación de los medios de comunicación vía las redes sociales, pero, además, mostrando un divorcio con la realidad, en escenarios o eventos internacionales y nacionales, incluidos los bochornos de las encuestas.

De ahí que no podamos extrapolar las “impresiones” de las redes sociales e incluso las noticias, a lo que realmente piensa, quiere y está dispuesta a realizar la ciudadanía. Puede ser un indicio, pero no la verdad, con mayor razón cuando se refiere a cambios culturales, los que no se hacen de la noche a la mañana, demorándose en internalizarse y aceptarse.

Hace poco, un diario español explicaba esto mismo en base a un llamado a huelga general en Madrid, con un total de 20.000.000 de impresiones en redes sociales y 3.500 noticias; sin embargo, su resultado fue mínima presencia en las calles. Cuántas veces hemos visto esa misma diferencia en nuestras propias calles.

Por otro lado, al replicar una mentira por redes sociales, se la va internalizando en los usuarios, aceptándola sin más, lo que provoca daños irreparables en las víctimas, como se ha visto en procesos judiciales.

Los filósofos distinguen entre la mentira que se dispersa comúnmente entre las personas, con aquella que fluye en el espacio político; somos testigos de lo que vemos y escuchamos en las franjas electorales televisivas, allí oímos afirmaciones de los actores políticos que nos consta que son mentiras, sin embargo, se dicen y propalan por el éter.

Y entonces, nos preguntamos si esa mentira es diferente a aquella otra que se dice para engañar, que se escapa a lo cotidiano. Si será admisible que la mentira política se haga “con la intención de levantar ciertas emociones o para producir ciertos efectos en los actores”, como dice en un trabajo sobre el tema, el profesor Santos de la Universidad Javeriana de Cali en Colombia.

Puede que esté equivocado, lo admito, pero creo que la mentira cualquiera que sea su origen o espacio que se utilice para propalarla es negativa, provocando una desconfianza que se generaliza a todo el espectro social.

Si estamos conscientes que nos están mintiendo, qué hace que aceptemos ese discurso y apoyemos a ese que nos miente; o también, por qué creemos en las mentiras que dice nuestro candidato y no en las del adversario, cuando sabemos que ambos mienten.

Pareciera que nuestras sensibilidades políticas nos mueven a aceptar como si fuera verdad aquello que nos dice el candidato que es de nuestro redil, mientras que al otro le espetamos de inmediato su mentira.

En buenas cuentas, calificamos según sea quien propala lo que es contrario a la verdad. Es digno de estudiar el fenómeno, pero por sobre todo, internalizar que la mentira provoca desconfianza, aquí y en todo lugar.

La filósofa Hanna Arendt, señala que “nadie ha dudado jamás que la verdad y la política jamás se llevaron demasiado bien y nadie, por lo que yo sé, puso nunca la veracidad entre las virtudes políticas”.

A partir del pensamiento de dicha autora, el profesor argentino Lucas G. Martín, (“El concepto de mentira política organizada en Hannah Arendt”: Foro Interno. Anuario de Teoría Política, vol. 19 (2019), pp. 5-27) nos dice que el conocimiento de una verdad y la falsificación de esa misma verdad, debe atribuirse a la comunidad, y que ésta se guía como si la verdad que conoce no existiera, como si la realidad fuese la falsedad que se sostiene colectivamente.

Concluyo que demostraremos madurez cívica, cuando seamos capaces de despejar la paja del trigo, es decir la verdad de la mentira.

Rodrigo Biel Melgarejo

Abogado

Profesor Universidad de Talca

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