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“La polarización es consecuencia residual de una memoria que no se ha conversado”

En medio de la incertidumbre que vive la sociedad chilena, con sus posiciones encontradas, Yael Zaliasnik en “Memoriales Vivos” reflexiona sobre un ejercicio de la memoria, que puede ayudar a un reencuentro y sanación del Chile fracturado (Mario Rodríguez Órdenes. Fotografía: Jorge Sánchez)

Yael Zaliasnik Schilkrut (Santiago, 1969) es periodista, magister en Letras por la Universidad Católica de Chile y doctora en Estudios Americanos por la Universidad de Santiago.

Con certeza, Elisabeth Lira, Premio Nacional de Humanidades, precisa: “Los memoriales, los espacios y sitios de memoria en Chile han sido posibles, porque grupos y personas los han configurado y les han dado el soporte de sus memorias y de las memorias de muchos, buscando interpelar a todos. Construir una memoria compartida es una utopía que tiene la virtud de mover a distintas generaciones, buscando reparar lo irreparable. Es un desafío en las páginas de este libro”.

Es un desafío que se planteó Yael hace décadas y que le permitió publicar “Memoria Inquieta” (Fondo Cultura Económica, en 2016) y ahora “Memoriales Vivos” (UAH/Ediciones, 2022), un libro necesario en el Chile actual, que requiere que todos miremos y reflexionemos en nuestro traumático pasado. Diario Talca conversó con Yael Zaliasnik, doctora en Estudios Americanos por la Universidad de Santiago, poco después de su publicación.

Yael Zaliasnik Schilkrut (Santiago, 1969) es periodista, magister en Letras por la Universidad Católica de Chile y doctora en Estudios Americanos por la Universidad de Santiago. Investigadora sobre temáticas relacionadas con la memoria, teatralidad, arte y política. Es autora de “Memoria Inquieta” (2016). Integra el “Colectivo Patio 29. Resistencia contra el olvido”.

Yael ¿cómo fue construyendo “Memoriales Vivos”? Entiendo que viene trabajando el tema desde hace años…

“El libro nace de una investigación de postdoctorado que inicié en el año 2015, financiada por Conicyt/ ANID, patrocinada por el Instituto de Estudios Avanzados, de la Universidad de Santiago, y guiada por el profesor José Santos. Desde que hice mi tesis de doctorado, varios años antes, venía investigando temáticas vinculadas con las memorias y los actos que las mantienen en movimiento. Así, el año 2016, publiqué ‘Memoria Inquieta’, donde me enfoqué en distintos actos contemporáneos con muchos elementos de teatralidad (en una zona liminal donde prácticas políticas y artísticas con cuerpos presentes se entrelazan e influencian mutuamente) tanto en Chile como en Uruguay para escenificar y así propulsar, conversar, elaborar -o comenzar a hacerlo- las memorias de las últimas dictaduras. Investigando para ese libro, me di cuenta que existe una estrecha relación entre memorias y espacios, mediada por la teatralidad, en la que era necesario profundizar”.

¿Qué diferencias existen entre memoria histórica y memoria colectiva?

“Cada uno de estos conceptos enfatiza una dimensión distinta de la memoria. La memoria histórica supone la reconstrucción de datos obtenidos en el presente de la vida social y proyectados en el pasado, por lo que existe, de alguna manera, una reinvención del pasado. Como señala Joel Candau, ésta sería una memoria prestada, aprendida, escrita, pragmática, larga y unificada. La memoria colectiva, concepto que se le atribuye a Maurice Halbwachs, también reconstruye el pasado, pero lo hace por medio de los recuerdos que un grupo lega a los individuos o grupos de individuos, y es muy relevante para transmitir una identidad colectiva. Según Halbwachs (y muchos disienten), la memoria es siempre colectiva. Esto implica entender la memoria como una actividad social, más que por su contenido, por el hecho de ser compartida por una colectividad y, sobre todo, porque los procesos de intercambio social de los recuerdos, que se producen mediante la comunicación interpersonal, influyen de manera fundamental en su construcción y mantención. Esta memoria, en palabras del mismo Candau, es una memoria producida, vivida, oral, normativa, corta y plural”.

En Chile se ha castigado a algunos transgresores de los derechos humanos. ¿Es suficiente? 

“Por supuesto que es insuficiente. No basta con que unos pocos sean sentenciados (además, en una ‘cárcel especial’) como si con sus penas expiaran las culpas no solo de ellos sino también de otros, de tantos otros (e incluso, la culpa social). Y que esos otros hayan continuado muchas veces con sus vidas como si no hubieran perpetrado las graves atrocidades que cometieron, dañando a esas personas, pero también a sus redes y a una sociedad en su conjunto, que ha debido recomponerse o intentar recomponerse, pese a los sentimientos de desolación y abandono, pese al miedo (todo ahondado con la impunidad), a la falta no solo de ellos y/o de sus vidas de antes (quienes fueron torturados, por ejemplo), sino también de verdad, de justicia, a veces sin siquiera la certeza ni la pseudo paz que da tener, a lo menos, un cuerpo que enterrar y visitar”.

¿Cuál es, entonces, la reparación efectiva?

“Creo que la verdadera justicia es la única reparación posible y efectiva y, por supuesto, esta no se ha logrado o ha sido insuficiente (hay juicios incluso aún pendientes de resolución, después de tanto tiempo, y muchos solo pudieron iniciarse décadas después) y cada día vemos evidencias de ello en nuestra sociedad. Por querer dar vuelta la página lo antes posible -por intentar abocarnos únicamente a algunos casos que ciertos gobernantes decidieron serían ‘emblemáticos’-, tenemos heridas que aún escocen, que parecen cicatrizar, pero solo superficialmente pues, ante cualquier acontecimiento, roce, insinuación vuelven a abrirse y dejan en evidencia que no se han sanado nunca”.

¿Por qué es tan relevante que la sociedad chilena reflexione en torno a sus espacios de memoria?

“Es importante porque todo lo que no conversamos y no elaboramos de nuestro pasado traumático -y reitero que no me refiero a que es traumático únicamente para las víctimas y familiares directos, sino para una sociedad entera que permitió que esto ocurriera- vuelve. Vuelve porque, en realidad, no se ha ido nunca. Los lugares, los archivos, los testimonios son pruebas irrefutables de lo ocurrido, lo mismo que durante mucho tiempo (y aún, a veces), fue negado por algunos; negado, minimizado o incluso justificado, aumentando con estas actitudes el daño primero. La falta de escucha, así como de credibilidad (unidos a la impunidad), profundizan aún más el silencio y la herida”.

¿A qué llama espacios de memoria?

“Los que llamo ‘espacios de memoria’ son más amplios que los sitios de memoria reconocidos oficialmente como tales y tienen que ver con las prácticas, con qué se hace hoy en ellos para ejercitar en cuerpos y tiempo presente las memorias. En este caso, son muy relevantes pues son el escenario donde estos actos o expresiones se llevan a cabo, actividades que son fundamentales para propulsar un diálogo pendiente, ‘colocando en escena’ también la memoria, la solidaridad y, especialmente, la empatía, todo lo cual se vincula insoslayablemente con los afectos”.

Yael, la sociedad chilena sufrió una profunda fractura en 1973. ¿Cómo alcanzar una memoria colectiva, discutida y compartida?

“Probablemente alcanzar una memoria colectiva compartida sea una utopía, como escribió Elizabeth Lira acerca de ‘Memoriales Vivos’ o como sostienen distintos académicos que consideran este mismo concepto que, como señalé, se le atribuye a Halbwachs, como una aporía. No obstante, esa búsqueda es capaz de motivar y aunar a distintos colectivos, de incentivarlos para mantener las memorias siempre activas, a través de actos que, si bien no sustituyen la verdadera justicia son positivos, como he indicado, para colocar en escena la solidaridad, los afectos, la empatía, la responsabilidad social. Estas expresiones cumplen o pueden cumplir un papel significativo para impulsar la elaboración, el ‘trabajo’ de la/s memoria/s (en la conceptualización de Elizabeth Jelin) de la dictadura, memoria/s por definición ‘performativas’ (pues ‘actúan’ y traen cambios), dolorosas y necesarias, silenciadas, escondidas, evadidas, producto de una época de censuras y cesuras y de políticas posteriores de reconciliación (que han profundizado, mantenido y acrecentado la mencionada ‘fractura’). El desafío entonces consiste en llegar a más personas, que se sientan afectadas por hechos que, aunque no les ocurrieran a ellas ni a sus más cercanos, sucedieron en nuestra sociedad, algo de lo cual, de alguna manera, somos todos responsables. De lo ocurrido, claro, y de lo que hacemos también después con aquello que ocurrió, cómo lo comunicamos, ¿escuchamos?, lo compartimos, lo narramos, lo discutimos, lo asumimos, lo elaboramos”.

¿Cómo ha logrado La Moneda -símbolo de poder- convertirse en espacio de memoria?

“A través de acciones, de afectos y de efectos, porque el poder no solo limita, coerciona, domina, sino que, además y en especial produce cosas reales, saberes, discursos, los que, a su vez, de alguna manera, construyen realidad. Esta es también una de las características fundamentales de lo performativo, y de las expresiones de teatralidad que analizo en el libro, vinculadas con distintos espacios de memoria. Junto con re-presentar, estas expresiones (como las realizadas para el aniversario número 30 de las listas de los 119, que culminaron con actividades durante tres días frente a La Moneda) hacen algo, cambian algo. Logran cierto agenciamiento en tiempo presente, introduciendo, dentro de una repetición, un elemento distinto que tiene efectos concretos en un ‘escenario’ muchas veces más amplio que aquel donde se desarrolla el acto/ acontecimiento/ re-presentación específico/a. Memoria y poder, en realidad, van de la mano”.

¿Ha servido la memoria para sanar las heridas de nuestra sociedad?

“A través de distintas expresiones de memoria se ha practicado este y muchos otros lugares, transformándolos en espacios, en la definición de Michel De Certeau. Así, en lugares adonde se quemó, disparó, bombardeó, escondió cuerpos, torturó, asesinó se logran mantener activos y visibles (ellos, sus historias, sus ideales), propulsando diálogos, abrazos, conversaciones pendientes y creando communitas – el sentimiento entre los participantes de que pertenecen a algo mayor que la suma de individualidades- que reciben una carga importante del lugar en que acontecen, pero, a la vez, marcan también con esos actos el espacio. Estos transforman el dolor en acción, la oscuridad en luz y algo de esperanza. Es el caso no sólo de La Moneda, sino de muchos otros, como los que salen en el libro. El Desierto de Atacama, por ejemplo, y más precisamente, el memorial, construido alrededor de la fosa, donde quienes integran la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y Ejecutados Políticos de Calama (AFEDDEP), encontraron tras años de búsquedas con sus propias manos y datos de quien quisiera aportarlos, los pocos restos que tienen de sus seres queridos; el lugar donde funcionó el cuartel Tacora de la DINA, en la comuna de Macul, y Villa Grimaldi. ¿Esto logra sanar las heridas? No, pero ayuda para seguir viviendo, para no sentirse solos, para percibir cierto acompañamiento y reconocimiento de una sociedad que las más de las veces los ha aislado, intentando hacerlos creer que se trata de un problema de algunos y no de un tema social que, por lo mismo, requiere de un reconocimiento también social”.

¿Qué ocurre si no se hace el ejercicio de abrir la memoria colectiva?

“Halbwachs, en La memoria colectiva, pregunta: ‘¿Cómo una sociedad cualquiera podría existir, subsistir, tomar conciencia de ella misma si no abrazara en una mirada un conjunto de acontecimientos presentes y pasados, si no tuviese la facultad de remontar el curso del tiempo y de repasar sin cesar sobre los trazos que ha dejado de sí misma?’”.

En el Chile de hoy, con profundos cambios, ¿considera que se están dando los pasos para construir una memoria compartida?

“Considero que el miedo ciego frente a cualquier cambio, los recursos a los que se ha echado mano, la evidencia de una fuerte polarización en nuestra sociedad son consecuencias residuales de una memoria que no se ha conversado, dialogado, discutido, cuestionado, criticado, reconocido socialmente (su misma necesidad), ni siquiera en sus características obvias, como son su carácter plurívoco, subjetivo e incómodo. Lo mismo, nos lleva evidentemente a reabrir heridas que nunca se cerraron y nos dificulta e imposibilita para construir una sociedad realmente entre y para todos”.

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