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LA RECETA DE LOS MATINALES por Juan Carlos Pérez de La Maza

Cuando éramos más jóvenes y sufríamos un problema grave, de aquellos que nos complicaban de manera seria, soñábamos con la existencia de una receta que, por arte de magia, remediara nuestras angustias y nos sacara, ojalá sin dolor, de las dificultades que nos aquejaban.  Pero, de a poco, la vida nos fue enseñando que esas recetas mágicas no existen o, por lo menos, no están al alcance de los mortales comunes. Y aprendimos que, para solucionar nuestras tribulaciones, casi siempre hay que disponerse a algún dolor, esforzarse un poco más y, sobre todo, ver las crisis como una oportunidad de cambio y mejoría.    Así, la receta, no mágica, para enfrentar exitosamente nuestras cuitas pasa, primero que todo, por reconocer que estamos en problemas y asumirlos. Luego, hay que disponerse a un esfuerzo adicional, muchas veces doloroso, para tratar de salir de aquella contrariedad. Finalmente, debemos reformular nuestro derrotero de tal modo de no seguir como si nada hubiera pasado, y buscar nuevos caminos.

Hasta aquí el párrafo tipo “autoayuda”, con fórmulas que tanto éxito han dado a psicólogos y gurúes de matinal. Lo que sigue, el Lector ya lo sospecha, es política. Política aplicada.

El gobierno está en problemas, como Ud. sabe de sobra. Por doquier observamos impericias, mal manejo, faltas a la probidad y, en los propios términos de personeros oficialistas, corrupción lisa y llana. Todas estas desgracias, lo sabemos, no son ajenas a nuestra Historia. Pero si bien habían ocurrido antes, lo cual no las exculpa ni menos justifica, antaño eran menos frecuentes, menos burdas y evidentes. Con menos desvergüenza que hoy, tal vez. Entonces, ¿qué debiera hacer el gobierno del Presidente Boric para enfrentar resueltamente los problemas que aquejan a su administración?  Lo primero es admitirlos. Con sinceridad, aceptar que su entorno, mediato e inmediato, está plagado de incompetencia, precipitación y hasta torpeza. Los ejemplos abundan, el Lector ya los conoce. Ante ellos, sólo cabe asumirlos. No justificarlos en la inexperiencia, ni excusarlos en la falta de una capacitación. Es que lo que la ciudadanía espera de sus autoridades, especialmente de las más elevadas, es un estándar moral superior y una preparación acorde con sus responsabilidades. Y con su sueldo. El Primer Mandatario debe reconocer que está en problemas. Sin medias tintas, ni empates, ni letras chicas.

Luego, es lo que todo el mundo le dice, pero él no escucha, es tomar medidas drásticas. Draconianas, dicen los rebuscados. La severidad es parte del ejercicio del poder. Y así como, a veces, un dolor de estómago no se cura con aspirinas, sino cirugías, el Presidente debiera aceptar que ciertos componentes de su equipo, muy queridos probablemente, no le ayudan, sino, por el contrario, le estorban y hasta perjudican. Y en nada contribuye a la solución el repetir que los cambios en el equipo gubernamental son su exclusiva atribución. Lo sabemos. Y esa exclusividad es la que le asigna a él, también en exclusiva, las consecuencias de no actuar a tiempo. Aquel encargado que, sabiendo, debiendo y pudiendo, no cambia el fusible defectuoso, se hace responsable de todo lo que ocurra más tarde.

Por último, y observando que aún le queda más de la mitad de su mandato, Boric debiera reformular sus prioridades y su agenda mediata. Asumiendo que, hasta aquí, las cosas no han salido como él pensaba, sea en el plano constitucional, tributario, previsional, económico o legislativo, lo prudente es cambiar la ruta y hasta el destino. No se debe confundir la persistencia con la obcecación, ni la firmeza con la testarudez. Los grandes estadistas, el Presidente sueña con parecérseles, son aquellos que lucen, junto a su tesón valórico, una ductilidad táctica. Por eso, nada habrá de conseguir aferrándose a aquel programa de 2021, que hoy parece tan añejo, con el que pretendía refundar, reescribir y hacer Chile de nuevo. La frase de sus primeros días “Boric va a cambiarlo todo” hoy no es más que un recuerdo, triste para algunos, mordaz para otros.

En política, la inteligencia se expresa en poseer sentido de oportunidad, destreza en el empleo de recursos y, especialmente, en la capacidad de adaptarse a escenarios cambiantes.

Juan Carlos Pérez de La Maza

Licenciado en Historia

Egresado de Derecho

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