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LA VUELTA DEL PÉNDULO por Juan Carlos Pérez de La Maza

A juzgar de los últimos procesos electorales, y especialmente los que vienen, es posible augurar, sin gran temor a equivocarse, que el histórico péndulo que hace oscilar las preferencias ciudadanas de los latinoamericanos, ha vuelto en gloria y majestad. Por si el Lector no lo tiene claro, cuando se analiza tendencias electorales, el péndulo describe metafóricamente la tendencia de los países de la región a experimentar cambios políticos radicales y oscilaciones entre diferentes ideologías y líderes a lo largo del tiempo. Esta metáfora sugiere que la política latinoamericana a menudo oscila entre extremos opuestos, como de izquierda a derecha, de nacionalismo a globalismo, de populismo a tecnocracia, y así en una particular creatividad.

En las últimas décadas, América Latina ha sido testigo de un resurgimiento de este péndulo político, con movimientos hacia la izquierda y la derecha en varios países de la región. Por ejemplo, en la primera década del siglo XXI, varios líderes de izquierda llegaron al poder en países como Venezuela, Bolivia y Ecuador, prometiendo reformas radicales y desafiando el statu quo neoliberal imperante. Sin embargo, en años posteriores se observó un giro hacia la derecha en varios países latinoamericanos, con líderes como Bolsonaro en Brasil y Macri en Argentina, que adoptaron políticas económicas más liberales y conservadoras. Ese cambio de rumbo fue interpretado como una reacción contra el populismo de izquierda y como un intento de restaurar la estabilidad económica y política. Sin embargo, más tarde vimos el regreso de Lula y del Kirchnerismo, respectivamente, lo cual sólo permitía ratificar el movimiento pendular. Por último, la reciente elección de Milei sería, nada más, una nueva expresión de este vaivén.

¿De dónde nos viene esta propensión a dar giros absolutos, cada tanto? ¿De dónde sacamos la idea de que, en política, todo lo anterior está mal hecho y todo lo que viene se hará bien?

Esta oscilación político-electoral puede atribuirse a una serie de factores históricos, sociales, económicos y culturales, entre los cuales podemos considerar la persistente desigualdad económica y social que, en muchos países latinoamericanos ha llevado a esos movimientos populistas que prometen cambios radicales/mágicos para abordar y borrar esas disparidades. También se debe tener en cuenta que numerosos (casi todos) países latinoamericanos tienen economías primarias, muchos monoexportadores, que dependen de la venta de sus recursos naturales, como petróleo, minerales y productos agrícolas. Y, las frecuentes fluctuaciones de precio de estos recursos pueden tener un impacto significativo en la estabilidad política y económica de la región, lo cual se traduce en cambios en la decisión electoral de las masas.

Otra variable que influye en esa suerte de vaivén electoral ha sido el historial de intervenciones extranjeras en América Latina, sea a través de influencia económica, sea mediante intromisión política o militar, las que han contribuido a acentuar la inestabilidad y a la polarización en la región. No olvidemos que, hace medio siglo fuimos un escenario importante de la Guerra Fría. Por supuesto que la corrupción, generalizada en muchos gobiernos latinoamericanos, ha ido minando la confianza pública en las instituciones democráticas y ha llevado a que la ciudadanía busque alternativas políticas más radicales. La reciente elección en Argentina puede ser analizada a la luz de esta pauta. Todo lo anterior, sin embargo, no puede dejar de lado la sucesión de ciclos económicos, tanto a nivel nacional como global, que siempre pueden influir en la popularidad de aquellos líderes políticos que dependen de la disponibilidad de recursos con que financiar sus programas. La caída en desgracia de Evo Morales puede ser un buen ejemplo de que, cuando se acaba la plata, se acaba el cariño electoral.  Por último, y aquí los chilenos somos un buen ejemplo, el brote de movimientos sociales, indígenas, feministas, de derechos humanos y, especialmente movimientos estudiantiles, han desempeñado un rol importante en la configuración de la agenda política y en la elección de líderes. El movimiento pendular que significó la transición desde Piñera a Boric no podría entenderse sin considerar este último factor.

Pero, si bien la alternancia en el poder, no sólo de apellidos sino ideológica, puede ser democráticamente sana, no lo es si su recurrencia impide el impulso de políticas estables, persistentes y afianzadas, que aseguren la prosperidad y el desarrollo latinoamericano.

Juan Carlos Pérez de La Maza

Licenciado en Historia

Egresado de Derecho

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