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Los fantasmas

En 1988 yo tenía 5 años. No recuerdo mucho lo que ocurrió el cuatro de octubre. Pero sí tengo claro lo que pasó el cinco. Ese día vi llorar por única vez a mi papá. Creo que ni siquiera cuando la Unión Española llegó a la final de la Libertadores el 75 mi viejo soltó alguna lágrima, según cuenta mi mamá. 

Pero la noche de ese miércoles, mientras Matthei admitía al paso el triunfo del No, mi papá miraba la tele desde su sillón regalón. No sé por qué yo no estaba durmiendo, supongo que nadie estaba para vigilarme. Mi mamá hablaba con la vecina en el antejardín y mi hermano sí dormía plácidamente en la cama junto a la mía. 

Nunca voy a olvidar el rostro de mi papá, muy parecido al de mi tío Valericio en el ataúd abierto cuando yo tenía 11 años y asistía a mi primer funeral. Una cara inexpresiva mirando fijamente la tele y una lágrima que caía como en cámara lenta. 

En la mañana mi papá se veía igual que todos los días. Tomamos desayuno y nos llevó a la escuela. Fue todo tan normal que dudé si la imagen de mi viejo llorando fue cierta o un sueño. 

Después olvidé el asunto. Y como en la casa no se hablaba de política, con el tiempo no se me ocurrió preguntarle por esa noche. Al salir del colegio dejé Antofagasta y me fui a estudiar a Santiago. Ahí entendí todo, o al menos eso creía. Creía ser de izquierdas, creía que las cosas se podían cambiar, creía que jamás votaría a la derecha, creía que enamorarse era lo mismo que amar. Y ahora resulta que nada es lo mismo. La Constitución del 80 parecía eterna y no lo es. Aunque está por verse si sea suficiente con cambiarla. Tal vez su espíritu siga dando vueltas como un fantasma agarrado a los recuerdos. Porque el problema quizás no es la Constitución y sí el sistema neoliberal, el dinero, la ambición, el querer y no amar. 

¿Podemos ser algo distinto que una sociedad capitalista? ¿Podemos dejar de mirarnos el ombligo?

No sé qué diría mi papá de una nueva Constitución. No sé si hubiese llorado al enterarse que había ganado el apruebo. No sé por quién votaría o si votaría.

Mi viejo murió de un infarto el 2008. Habían pasado 20 años desde el plebiscito. Nunca le pregunté por qué lloraba esa noche. Aunque creo saberlo. Lo intuyo. O quiero creerlo. No sé, tampoco soy bueno para llorar.

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