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Matías Rivas Aylwin: “La DC de Andrés Aylwin, Leighton y Castillo Velasco ya no existe”

Matías Rivas Aylwin, nieto del referente del partido democratacristiano, autor del libro “Yo no soy un Quijote”, va más allá en su análisis y asegura que esa DC “no se ve por ningún lado que vaya resucitar”. Por Mario Rodríguez

Andrés Aylwin Azócar (1925 – 2018) fue un gigante de la política chilena. En momentos que la política está tan desprestigiada, la concibió como un acto de servicio y de entrega por los otros. Abogado y militante del Partido Demócrata Cristiano en alguno de sus escritos señaló: “No es la política la que está ausente en el corazón de las masas, sino la forma de hacerla, donde la lucha del poder por el poder desplaza a la lucha consecuente por grandes ideales y valores”.

Más de alguna vez lo entrevisté y era difícil no conmoverse por la emoción reflejada en su rostro, cuando se refería a la barbarie que había ocurrido en Chile desde del Golpe militar de 1973.

En “Yo no soy un Quijote” (Editorial Catalonia, 2021) su nieto, Matías Rivas Aylwin conversó con Diario Talca y revisa algunos de los momentos claves de su vida. “Cuando estaba con él, sentía que la vida tenía un sentido profundo, que un mundo bueno era posible, y que todos teníamos algo que aportar”, comenta Matías.

Matías, ¿cómo surge su motivación para escribir “Yo no soy un Quijote”?

“Antes de que mi abuelo falleciera tuve la oportunidad de entrevistarlo largamente con la idea de guardar algunos recuerdos. Luego descubrí, meses después de su muerte, que había dejado cerca de 5 mil documentos, algunos muy valiosos e inéditos, que hablaban de cosas que yo desconocía de su vida. Al poco tiempo, me di cuenta de que la mejor manera de preservar esas historias era escribiéndolas”.

¿Cómo fueron sus años tras su retiro de la política en 1998?

“Muy activos. Escribió, por ejemplo, un libro que se llama ‘Simplemente lo que vi’, en el que relata sus experiencias durante la dictadura. Él siempre había querido escribir una novela, pero se percató de que la manera más honesta y consistente con su trayectoria para abordar este período era a través de un libro histórico, periodístico y testimonial. Yo no he leído un libro que logre transmitir, mejor que ‘Simplemente lo que vi’, lo que significa una dictadura en la vida diaria de un pueblo, en lo más pequeño y en lo más simple”.

¿Estaba decepcionado de la política de la Concertación?

“Muy decepcionado. La transición fue una época muy compleja para él, ya que vio que no había un compromiso tan latente con los derechos humanos de parte de sectores de los cuales uno esperaría justamente ese compromiso, ya que fueron (como cualquier chileno y chilena que viviera en esos años) víctimas de la dictadura”.

El mismo año de su retiro de la política, Pinochet asume como senador vitalicio. ¿Qué pensaba de él?

“Le contesto eso con un episodio concreto. Durante la transición, con Pinochet todavía como comandante en jefe del Ejército, Andrés Aylwin lo acusó de ser el máximo líder político de la ultraderecha y que debía renunciar a su cargo. Esto provocó la molestia de Pinochet, quien luego le planteó al presidente Patricio Aylwin, por oficio, su indignación por lo que hacía su hermano menor. Andrés Aylwin creía que Pinochet era no solo responsable de la violencia que estremeció a Chile durante 17 años, sino también de las heridas que quedaron producto de esa violencia, visibles hasta hoy”.

La tragedia del 73

Visionario, dos meses antes del Golpe Militar, Andrés Aylwin escribió: “Frente a la crisis que vive Chile no existen soluciones fáciles ni milagros. Ni menos se puede pensar que la destrucción y el asesinato de la democracia puedan ser el camino para salvar a la democracia”.

¿Qué significó para él la caída de Allende?

“Fue un dolor profundo. Su amigo Edgardo Riveros lo vio llorando frente a La Moneda poco después del Golpe. Se abrazaron y lloraron juntos. Él creía que matar la democracia no era la forma de salvar la democracia. Además, sintió que su generación había fracasado rotundamente y que el Golpe era solo el comienzo de una gran tragedia que se instalaba en Chile”.

¿Por qué vio en el gobierno de la Unidad Popular una oportunidad perdida?

“Obviamente no puedo hablar por él, así que solo puedo ofrecer una interpretación. Pienso que, por el momento histórico de esos años, donde se debatían proyectos revolucionarios; en tiempos en que la palabra política y utopía, como dijo Patricio Guzmán, eran sinónimos; pues bien, en tiempos así, pienso que Andrés Aylwin tenía mucha confianza en el futuro de Chile, en sus posibilidades, pero veía en el gobierno de Allende mucho odio, mucha exclusión. Y así no se podía construir nada duradero”.

¿En qué circunstancias adhiere a la carta de un grupo de trece democratacristianos que rechaza categóricamente el Golpe de Estado?

“Cuando fue el tanquetazo, mi abuelo y Bernardo Leighton, junto a otros democratacristianos, se pusieron de acuerdo en que, si había un Golpe, tenían que hacer una declaración de rechazo. Es así que, el mismo 11 de septiembre, mi abuelo va a la casa de Bernardo y comienzan a redactar la carta. Quedó bastante avanzada y el 13 de septiembre la terminaron. La carta la escribió fundamentalmente Bernardo, con algunos párrafos que agregó mi abuelo. En una entrevista, Andrés Aylwin llegó a decir que, si la DC permanecía en silencio en ese momento, carecía de futuro”.

¿Qué costos le trajo?

“Es un todo. La declaración, su rol como abogado en causa de derechos humanos, su presentación en la OEA el año 1976, todo eso lo llevó a ser relegado a Guallatire en 1978, al norte de Chile, donde estuvo a 5 mil metros de altura luchando por su vida. No es casual que, dado su historial médico de neumonías, lo hayan puesto en ese lugar. Yo creo que lo mandaron al altiplano para que se muriera… y casi lo lograron”.

La barbarie de la dictadura

Si bien Andrés Aylwin está estrechamente ligado al concepto de derechos humanos, también es cierto que dedicó gran parte de su labor política a otras causas, como la reforma de la Constitución de 1980, asunto que consideraba un imperativo moral que la sociedad debía enfrentar, precisa Matías.

¿En qué momento Andrés Aylwin comprendió la tragedia que vivía Chile tras el Golpe Militar?

“A finales de septiembre y comienzos de octubre de 1973, mi abuelo recorrió las zonas que representaba como diputado: Paine, San Bernardo, San Antonio, entre otras. Ahí descubrió que había personas desaparecidas que se presumían muertas. Luego escuchó los testimonios de los familiares y así, muy rápidamente, comenzó a comprender que existía una política de exterminio no solo de militantes de la Unidad Popular, sino también de personas que eran consideradas enemigas de los latifundistas que habrían sido afectados por la reforma agraria. Y tomó una decisión clara: ya no ser diputado no lo eximía de la responsabilidad de cuidar y velar por las vidas de estas personas”.

En 1976 junto a cuatro abogados redactó un documento para denunciar los atropellos a los derechos fundamentales en Chile. ¿Qué alcances tuvo ese documento?

“En Chile, la prensa tergiversó la información y presentaron a los firmantes de ese documento como traidores a la patria, como canallas. Ricardo Claro, Sergio Diez, Jaime Guzmán, fueron algunas de las personas que ayudaron a difundir esa tesis. Sin embargo, la verdad terminó imponiéndose y mi abuelo tuvo muchas muestras de afecto y de apoyo en los días posteriores a la presentación de ese documento. Además, la prensa internacional recogió la noticia y redactaron editoriales criticando al gobierno por las violaciones a los derechos humanos. Fue un aporte, una luz que permitió que se hiciera público un hecho que la dictadura insistía en negar”.

Una portada de La Tercera, con letras rojas y mayúsculas decía: “Chilenos injurian a su patria en la OEA”. ¿Cómo le dolió que lo trataran de traidor a la patria?

“Fue un dolor profundo y diría que de los más ignominiosos que le tocó vivir. Que te acusen de traidor a la patria por defender a la patria es algo kafkiano. Ese episodio permaneció muy latente en su memoria, tanto así que en su último discurso en la Cámara de Diputados en 2015, en un homenaje a su persona, dijo que si alguna vez volvía a haber una dictadura en Chile, que supiéramos que jamás las personas que defienden los derechos humanos son traidores, sino personas que aman la patria profunda, esa que nunca mata a sus hijos”.

Tras el término de la dictadura, ¿qué explica la defensa acérrima que tuvo de los presos políticos, durante el gobierno de Patricio Aylwin?

“Él sabía que eran personas que habían sido torturadas y que habían luchado contra un régimen opresor. Los presos le decían que habían visto a sus amigos ser asesinados, que sus padres habían sido desaparecidos, y que ellos no se dejarían tomar sin defenderse. Es decir, eran personas que habían luchado contra la dictadura y que, ahora, recuperada la democracia, merecían su libertad. Así había ocurrido históricamente en los países que transitaban de una dictadura a una democracia, pero Chile fue una excepción a la regla”.

Su posición era que los presos políticos no eran terroristas, sino que seres humanos de carne y hueso que no actuaron por maldad, sino por desesperación…

“Así es. Eran personas desesperadas que habían visto a sus padres morir, a sus hermanos desaparecer, a sus hijos ser torturados. Él no justificaba la violencia, nunca lo hizo, pero comprendía las circunstancias que llevaron a estas personas a hacer lo que hicieron. Además, como le dije, pesaba mucho que los presos políticos habían sido torturados y condenados a penas elevadísimas, propias de un sistema penal totalitario y represivo”.

¿Se basaba su posición en la tesis del legítimo derecho que tienen los pueblos para rebelarse contra una tiranía?

“Diría que, más que en eso, él basaba su posición en el entendimiento de que Chile no sería capaz de alcanzar verdad, justicia y reconciliación sin hacerse cargo del sufrimiento y de la injusticia de tener a estas personas encarceladas. ¿Cómo se iba aceptar que 400 personas que lucharon contra la dictadura, ahora en democracia, siguieran presas, mientras que las personas que violaron los derechos humanos caminaban libres?”.

¿Le manifestó su posición al presidente Aylwin, que era su hermano?

“No solo eso. En una de mis entrevistas con él, me dijo que su hermano le manifestó, poco después de asumir su mandato, que en materia de derechos humanos él, su hermano Andrés, sería su consejero más importante. Le tenía una confianza absoluta”.

El tema era muy complejo. Usted cita una carta que Andrés le escribe a su hermano donde le dice: «Tal vez yo solo pueda decirte algo que posiblemente te va a molestar… Veo mucha influencia de personas que tienen una muy relativa sensibilidad frente a los problemas de derechos humanos. Esas personas no me han escuchado a mí…».

“Mi abuelo se sentía ignorado por ciertos grupos de la Concertación que no tenían una adecuada conciencia de la importancia de hacer avances significativos en materia de derechos humanos. Para ellos, mi abuelo era alguien pegado en el pasado, un viejo respetable, pero al mismo tiempo un obstáculo. En otras palabras, era alguien que no estaba en armonía con el espíritu de los acuerdos de la transición”.

El adiós

“Quizás hoy, cuando el país se encamina a un nuevo pacto social, sea necesario recordar el legado de un hombre que antepuso el interés del prójimo al propio; que supo actuar por convicción y no por cálculos mezquinos, y que en circunstancias adversas se atrevió a levantar la voz por los que sufrían”, precisa su nieto.

Matías, ¿cómo lo recuerda como abuelo?

“Lo recuerdo sentado en su sofá, con un chal cubriendo sus piernas, tapado con varios polerones, sentado al lado de mi abuela Mónica. Siempre juntos, siempre alegres. Cuando estabas con él, sentías que la vida tenía un sentido profundo, y cuando lo escuchabas, te transmitía que un mundo bueno era posible, y que todos teníamos algo que aportar”.

Menciona que la vida le dio la posibilidad de un segundo tiempo para disfrutar a la familia, a los nietos. ¿Cómo eran los domingos de larga sobremesa?

“Él era bueno para contar historias. Y aquí hay algo interesante: esas historias, como el rescate de Jacques Chonchol en la población La Victoria, a dos días del Golpe, recuerdo haberla escuchado en una de esas sobremesas. Pero después, al leer sus libros, me di cuenta de que no aparecía por ningún lado. Él era tan modesto que siempre buscaba no ser el protagonista”.

Don Andrés no era un hombre de rencores, ¿de donde sacaba tanta fortaleza para enfrentar las vicisitudes de la vida?

“Podría decir varias razones, pero me gustaría citar una: mi abuela Mónica. Ella fue un roble que hizo posible que él hiciera todo lo que hizo. Sin su amor y compromiso, difícilmente Andrés Aylwin hubiera sido quien fue. Ella lo acompañaba a visitar a las víctimas de la dictadura, muchas de las cuales la recuerdan hasta hoy como una figura sencilla, que no buscaba llamar la atención y que simplemente estaba ahí, porque sabía que era lo correcto”.

En uno de sus últimos discursos señaló que sería bueno que la DC se alejara del poder. ¿Temía que el poder corrompe a los hombres?

“Yo creo que temía que la DC se había alejado mucho de los valores que la fundaron y cuando tú ves en lo que se ha transformado la DC hoy (un partido minúsculo y que tendrá muy poco o nada que decir en la redacción de la nueva Constitución) te das cuenta de que esa desconexión con sus valores fundacionales, con su misión histórica, la han conducido a una irrelevancia inédita. La DC de Andrés Aylwin, Bernardo Leighton y Jaime Castillo Velasco, por nombrar a algunos, ya no existe, y no se ve por ningún lado que vaya resucitar”.

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