
La política exterior de un país debería ser, por definición, una política de Estado. Esta afirmación, casi de manual, se vuelve más relevante en sociedades donde la polarización interna amenaza la continuidad de los consensos. Es que la diplomacia no es una prolongación del debate doméstico. El país no debiera llevar al exterior sus discordias internas. La herramienta mediante la cual un país se posiciona en el mundo, protege sus intereses y construye alianzas que trascienden coyunturas, que es la definición de la labor diplomática, debiera prescindir de ideologías. Y, aquellos países que hacen lo contrario, tiñendo su diplomacia con colores ideológicos, contravienen sus intereses permanentes.
Digo lo anterior mientras observo que, desafortunadamente, cuando a la actual administración chilena le restan unos pocos meses, el Presidente Boric insiste en corregir o refundar la relación de Chile con el mundo según sus propias convicciones ideológicas. El Mandatario ha insistido, en una suerte de obsesión personal, en criticar al presidente Trump, desairar al presidente Milei, manifestar cercanía con la causa palestina, tratando de dar lecciones de moral a medio mundo. El error es evidente: transformar nuestra política exterior en un péndulo, sólo provoca merma de credibilidad internacional y capacidad real de influencia.
La ideologización de la diplomacia, el error que señalo, se inicia cuando se busca aliados por simpatía política, más que por intereses comunes. Este es un error antiguo. Pensemos en la segunda mitad del siglo pasado, cuando los países latinoamericanos moldeaban su política exterior según lealtades ideológicas, perdiendo autonomía. Pensemos en Cuba, cuya cercanía con la URSS terminó perfilando su política exterior, pero reduciendo su capacidad de maniobra cuando esa potencia colapsó. Al respecto, Chile no debiera privilegiar su relación diplomática según sintonía ideológica. Nada logramos con acercarnos a los BRICS, si no somos uno de ellos. Otra señal del fenómeno que critico es el uso de la diplomacia como una suerte de púlpito moralizante. A nadie gusta recibir reproches ni lecciones de moral. Menos todavía cuando estas admoniciones provienen de quien aún no cumple 40 años y concluye un gobierno desastroso. La diplomacia ideologizada no solo es menos eficiente. También es más frágil, más contradictoria y más riesgosa.
Al contrario, hay ejemplos de países que, pese a alternancias políticas internas, mantienen la continuidad de su política exterior más allá de esos cambios de gobierno. Pensemos en Finlandia durante la Guerra Fría. Ese país, pese a la alternancia política interna, mantuvo una ecuánime distancia entre Estados Unidos y la Unión Soviética, una estrategia que preservó su autonomía. Igual ocurre con Canadá, los países nórdicos, Costa Rica y varios más. Estados que entienden que un orden internacional basado en reglas claras y permanentes, obliga a mantener líneas diplomáticas invariables, no sujetas a vaivenes internos circunstanciales.
Nuestro país, desde el retorno a la democracia, fue internacionalmente reconocido por tener una política exterior estable, profesionalizada y transversal. La firma de numerosos tratados de libre comercio en la última década del siglo XX y la primera del actual, sólo fue posible mediante esa invariabilidad aludida. Por otra parte, la seriedad jurídica demostrada ante tribunales internacionales en las varias disputas limítrofes con nuestros vecinos, sólo fue posible en un contexto de conducción diplomática exenta de sesgo ideológico. Por último, la activa participación chilena en organismos multilaterales, económicos, ecológicos o sanitarios, reforzaron la imagen de un país de conducta diplomática inalterable y, por ende, confiable. Pero en los últimos quince años esa continuidad se ha debilitado. ¡Y qué decir en los últimos cuatro! Parte de ello se explica por la creciente polarización interna que ha llevado el péndulo político a la diestra y a la otra. La tentación de que cada gobierno marque diferencias con el anterior, para satisfacer a sus bases, ha llevado a la diplomacia chilena a desmantelar alianzas y forjar otras nuevas, debilitando la credibilidad señalada. Por último, el afán de pontificar e intentar demostrar una supuesta superioridad moral, ha atentado contra nuestros verdaderos intereses permanentes.
Es de esperar que el próximo presidente no cometa el mismo yerro.
Juan Carlos Pérez de La Maza
Licenciado en Historia
Egresado de Derecho









