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Pablo Simonetti: “Los 90 fue una época en que se valoraba más la uniformidad que la diferencia”

En “Los hombres que no fui”, Pablo Simonetti cruza biografía con ficción y se sumerge en la década de los 90. “Había fuerzas muy oscuras del pasado que hicieron que muchas de estas personas resultaran dañadas o hayan terminado muertas. Yo les dedico la novela a mis amigos muertos”, precisa. Por Mario Rodriguez

“Tuve que buscarme otra vida, porque en mi mundo de pertenencia, la homosexualidad era vista como una perversión y un peligro”, cuenta Pablo Simonetti

Pablo Simonetti Borgheresi es uno de los escritores más relevantes de la narrativa chilena reciente. Después de un largo periplo, donde se titula de ingeniero Civil en la Universidad Católica de Chile en 1984 y sigue estudios de esa especialidad en la Universidad de Stanford, en 1996 da un giro radical y decide dedicarse solamente a la literatura. En esos años gana el prestigiado concurso de cuentos de la Revista Paula, con su relato Santa Lucia. Su camino estaba trazado. Su primera novela, “Madre que estás en los cielos” (Planeta, 2004) lo catapultó al estrellato, siendo traducida a varios idiomas.

Simonetti, acaba de publicar “Los hombres que no fui” (Alfaguara, 2021) donde se sumerge en temas que ha tratado a lo largo de su obra, como el de la identidad, y el reconocimiento público de su orientación sexual. Con lucidez, en esta su séptima novela, cruza biografía con ficción, ofreciendo una mirada un tanto nostálgica y franca de un medio social atrapado en las apariencias. “Lo que quería plantear es cómo hay una parte de la sociedad chilena que sigue atada a sus costumbres y sencillamente puede vivir con una indolencia total frente al país. Me imaginaba este buque flotando en un mar de insatisfacción social; en la calle hay protestas, bombas lacrimógenas, y adentro de este lugar da lo mismo. No es toda la elite ni toda la clase alta, pero hay personas en ella que viven tras muros muy gruesos, tratando de protegerse de todo lo que está afuera y seguir como en este baile cortesano, con una indolencia que puede ser muy peligrosa”, precisa Simonetti.

Pablo, “Los hombres que no fui” recorre un Chile de los años 90′ muy conservador, ¿cómo los vivió?

“Los 90 fue una época en que se valoraba más la uniformidad que la diferencia, creo que debido a dos matrices dominantes en ese entonces: la ética personal de regimiento militar que la dictadura inculcó en la ciudadanía mediante su aparato de comunicaciones y la censura, y la enorme influencia de la Iglesia en el Estado y en especial en los dos gobiernos democratacristianos. Es cierto que había una sensación de incipiente libertad, pero al mismo tiempo a las mujeres, las personas LGBTI+ y otras diversidades se les negaba no solo sus derechos como iguales, sino también un espacio vital que hoy consideramos irrenunciable para aspirar a una vida plena. Había fuerzas muy oscuras del pasado que hicieron que muchas de estas personas resultaran dañadas o hayan terminado muertas. Yo les dedico la novela a mis amigos muertos”.

Un Chile muy diferente…

“Hoy se valora cada vez más la diferencia, y enhorabuena”.

¿Cómo surge la idea de contar esta historia?

“Me pasó que me encontré con un par de personas que conocí y traté en esos tiempos de los 90, y verlos desde la distancia que nos da el presente me hizo pensar que yo pude ser como ellos”.

Esos complejos años 90

Pablo Simonetti (Santiago, 1961) nació en una acomodada familia de ascendencia italiana, siendo el menor de cinco hermanos. Sus primeros estudios los realizó en el Instituto de Humanidades Luis Campino de Santiago. En su formación como escritor fue clave su participación en el taller literario de Gonzalo Contreras.  Actualmente y complementario a su oficio de escritor, Pablo dicta un taller avanzado de narrativa y tiene una nutrida agenda de conferencias en Chile y en el extranjero. Otros de sus libros aparecidos son “La razón de los amantes” (2007), “La barrera del pudor” (2009), “La soberbia juventud” (2013), “Jardín” (2014), y “Desastres Naturales2 (2017).

En el relato, Guillermo, el protagonista de “Los hombres que no fui”, visita un remate de antigüedades que da paso a que fluya la memoria, el encuentro con el pasado y las personas que lo poblaron y también al escrutinio de las decisiones que debió tomar para salvaguardar su identidad. En ese departamento, en el edificio Barco, frente al cerro Santa Lucía de la capital, donde hace algunos años vivió, Guillermo deja que corra la memoria y tomen cuerpo las personas que formaron parte de su vida: Carmen, su última novia antes de asumir su condición de gay, excompañeros de la Universidad; Gonzalo, el hermano que nunca aceptó su condición; Alberto, la última pareja con la que vivió en ese departamento.

Pablo, en ese contexto tan complejo de los 90, el personaje principal, Guillermo Sivori, decidió dar un salto y reconocerse homosexual. ¿Qué le permitió hacerlo?

“Guillermo Sivori da ese salto, como muchos otros ya lo estaban dando, porque no estaba dispuesto a seguir mintiéndoles a los suyos, a los demás, a llevar una vida temerosa, escondida por los velos del disimulo. También lo dio, porque no dependía económicamente de nadie y porque había visto fuera de Chile que se podía vivir la homosexualidad con orgullo y libertad”.

Usted también vivió ese proceso. En una entrevista a la Revista Caras, reveló en octubre de 2014 que su pareja era, desde hace cuatro años atrás, el artista José Pedro Godoy. Se casaron (Unión de acuerdo civil) el año 2016 en el Castillo del Parque Forestal, en Santiago. ¿Le fue difícil, en sus inicios, asumir su condición?

“Muy difícil, porque tenía una familia muy católica y que estaba atravesada por el prejuicio religioso contra la homosexualidad. Mi adolescencia y aceptar que era gay fue muy duro para mí. Pero a la larga lleno de satisfacciones. Y ha hecho de mí lo que soy”.

¿Qué costos le trajo?

“Dejé de tener los mismos derechos familiares que mis hermanos, perdí a mis amigos del colegio y la universidad. Tuve que buscarme otra vida, porque en mi mundo de pertenencia, la homosexualidad era vista como una perversión y un peligro. Por supuesto que hubo excepciones, pero fueron eso, excepciones”.

En una reciente entrevista, Simonetti confidenció cómo se vivía el SIDA en los años 90’: “Lamentable era la negación del tema, como que las personas se escondían, por miedo a la estigmatización o se iban a una casa, y las familias encubrían la enfermedad, pero ellos eran víctimas también, porque había un discurso oficial de negación. Yo tengo gran respeto por don Patricio Aylwin, pero el año 1993 fue a Dinamarca y le preguntaron qué estaba haciendo por la comunidad LGTBI, y él respondió, ‘nosotros en Chile no tenemos ese problema’. Eso lo cuenta Òscar Contardo en su libro Raro. Era un ambiente de secretismo. Yo salí de ahí, me salvé y no tengo nada que reprocharle a mi vida, pero sí hubo personas que pagaron el precio y en la novela se trata del tema de VIH por el grado de inhumanidad que hubo en Chile en torno al SIDA”.

“Mi lugar en el mundo”

Pablo, ¿cómo fue para usted volver a esos años 90’?

“Sentí que en ese camino hubo pérdidas muy grandes, víctimas de la vida, de mi propio actuar, y junto con eso una sensación de liberación, como que me salvé. Por un lado, que pena haber dejado esas personas, pero al mismo tiempo tuve la oportunidad de encontrar mi propio camino, de estar en paz conmigo, de ser la persona que soy; yo no quiero estar en otro lugar ni tener otro trabajo ni abrazar otro cuerpo de valores. Muchas veces las pertenencias implican graves pérdidas de libertad, y tal vez eso define al país que estábamos viviendo entonces, un espacio de libertad, pero de una libertad muy limitada”.

¿Qué le significó escribir la novela después del estallido social del 2019?

Me hizo tomar conciencia de cómo ciertos ritos de pertenencia continúan inalterables, generando formas de privilegio que se mantienen hasta hoy y que atentan contra la esperanza de tener una sociedad meritocrática”.

Simonetti explica que los personajes de la novela “son más bien fusiones de varias personas que me tocó conocer”.

¿Esta novela es también un ejercicio autobiográfico?

“Todo el presente, que ocurre en ese paseo por las habitaciones de la casa donde tiene lugar el remate de antigüedades, es ficción, esos encuentros con los personajes que van iluminando la novela no ocurrieron. Respecto del pasado, los personajes son más bien fusiones de varias personas que me tocó conocer, dando origen a personajes nuevos, con elementos de ficción que los hacen más o menos diferentes a cualquier patrón y a la vez más sólidos desde un punto de vista literario. En cuanto al personaje principal, Guillermo Sivori es una versión de mí y a la vez un personaje más completo, mejor redondeado que yo, porque está cincelado por las fuerzas de la novela. Para mí lo importante es que los personajes finalmente respondan a las circunstancias y a los significados de la novela, y no que sean parecidos a cuál sea el modelo que los haya inspirado en primer término”.

¿Encontró en la literatura refugio para navegar en aguas turbulentas?

“En la literatura encontré mi lugar en el mundo. Cuando el lugar en el mundo viene dado por el lugar donde naciste, los padres, las creencias, pero tú no cabes, uno se siente perdido. Volver a encontrar un lugar que te da tranquilidad, seguridad, donde puedes encontrar el amor de otra persona y una vocación, te hace caminar erguido, con tranquilidad, amor, independencia”.

Esta es su séptima novela. ¿Qué viene ahora?

“Estoy escribiendo cuentos y al mismo tiempo buscando un personaje disponible, como decía Turguénev, para que encienda la mecha de una nueva novela”.

 

 

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