
Con la llegada de las vacaciones escolares, uno de los temas que más complica a familias es el uso de los dispositivos móviles. Muchos padres se preguntan si deben establecer límites estrictos o permitir que sus hijos disfruten del tiempo libre sin tantas reglas, considerando que están de vacaciones. La escena se repite en hogares, plazas, restaurantes e incluso en el lugar de vacaciones: niños y niñas inmersos en pantallas, mientras los padres hacen la vida de adulta, por lo general acompañados de celulares.
Durante el año escolar, el uso de pantallas suele estar más regulado por la propia rutina. En vacaciones, en cambio, el tiempo se vuelve flexible, el ocio se amplía y los dispositivos se convierten en compañeros de viaje, fuentes de entretenimiento y, muchas veces, refugio contra el aburrimiento. Sin embargo, también pueden transformarse en un espacio de aislamiento o en una fuente de conflictos familiares cuando su uso se vuelve excesivo, sin regulación ocasionando cierta dependencia.
Regular o no regular parece ser el dilema, pero la cuestión no es tan simple. En realidad, regular no significa prohibir, y permitir tampoco implica dejar hacer sin acompañar. El verdadero desafío está en educar en el uso consciente y equilibrado de la tecnología, algo que requiere el diálogo permanente pero también educar con el ejemplo.
En el año 2023 la UNICEF advirtió que las prohibiciones totales no fomentan necesariamente hábitos saludables, sino que generan ansiedad y uso oculto. Lo más recomendable es la presencia activa del adulto, entendido como principal agente educador. Acompañar y conversar sobre lo que se ve, se comparte y se siente en línea, puesto que regular desde el miedo deriva en un control, mientras que acompañar confiando promueve la autorregulación y la autonomía ya que los límites son más efectivos cuando se modelan, no cuando se imponen.
En este sentido el MINEDUC, a través del Centro de Innovación, ha pensado una educación digital desde los mismos términos que la formación ciudadana: no basta con enseñar normas, es necesario desarrollar criterio. Por tanto, vacaciones pueden ser un laboratorio ideal para que niños, niñas y adolescentes aprendan a autorregular su tiempo, experimenten límites flexibles y comprendan las consecuencias de sus decisiones. Ya no basta con debatir frente a las horas en pantalla sino en el uso que se le da a la interacción en pantallas. Un niño que utiliza su celular para hacer fotografías, buscar recetas o aprender sobre animales está ejercitando curiosidad, creatividad y autonomía. En cambio, un uso pasivo y descontextualizado, por ejemplo, navegar en redes sociales sin un propósito claro, puede afectar la atención, el sueño y la motivación.
Esto nos obliga a repensar la noción de exceso. Tal vez el problema no sea cuántas horas usan pantallas los niños y niñas, sino qué hacen, con quién lo hacen y qué aprenden en ese proceso. Desde esta perspectiva, regular no consiste en imponer un límite cronológico, sino en orientar hacia usos significativos y equilibrados, por ejemplo, aprovechando momentos cotidianos para conversar con los hijos sobre el uso de celular, estableciendo acuerdos en vez de prohibiciones y promoviendo alternativas que equilibren las experiencias al aire libre o analógicas con experiencias digitales. Las pantallas y dispositivos móviles no son el enemigo, sino la falta de acompañamiento.
Karla Campaña
Académica
Pedagogía en Educación Básica
Universidad Autónoma de Chile
Talca








