
La discusión sobre la jornada de 40 horas no es solo técnica: habla del tipo de vida que queremos. Hoy, en Chile, la reducción de la jornada laboral es un avance que permite algo muy simple pero fundamental: más tiempo para vivir.
Sin embargo, algunos sectores de la derecha parecen despreciar ese tiempo recuperado. El diputado republicano José Carlos Meza lo dijo sin rodeos al criticar la ley:
“¿De qué sirve llegar más temprano a la casa si la gente igual tiene que encerrarse y no puede ir con sus hijos a la plaza?”
Y volvió a insistir:
“¿Qué saco yo con decirle a la gente ‘usted ahora tiene una jornada de 40 horas’? ¿A qué? ¿A encerrarse?”
Para él, volver temprano al hogar sería casi inútil porque, según su mirada, la gente “se encierra”. Detrás de esa frase hay una idea bien conocida: la sensación de que el país “se cae a pedazos”, de que salir a la calle es un riesgo permanente, de que todo está en llamas. ¿Pero es realmente así? ¿Es esa la manera correcta de describir la vida cotidiana de millones de chilenos y chilenas?
Y si, como promete el propio Kast, en su eventual gobierno “volvería la tranquilidad”, ¿a qué viene entonces tenerle miedo al tiempo libre? Los argumentos simplemente no calzan: se sostienen en un relato del miedo que se desarma solo.
Este tipo de afirmaciones no parecen errores aislados. Si fuera por ellos —como lo sugieren los discursos de Milei en Argentina— las jornadas serían más largas, no más cortas. ¿Para qué volver a casa? Esa es la pregunta que parecieran estar haciéndonos, aunque no lo digan explícitamente.
Pero la respuesta es evidente: para vivir. Para estar con quienes queremos, para cuidar, para descansar, para jugar con nuestros hijos, para tener tiempo propio, para hacer deporte, para dormir, para existir fuera del trabajo. Y si quiero ver una serie, leer un libro o simplemente no hacer nada, ¿qué le importa al diputado Meza? ¿Acaso tiene derecho a decidir qué hacemos con nuestro tiempo? ¿Ese es su concepto de libertad?
En los últimos años, Chile ha avanzado —lentamente, con tropiezos— hacia una idea simple y civilizada: que el trabajo no puede devorarse la vida completa. Que la gente necesita tiempo para vivir, no solo para producir.
Por eso, aunque Kast no incluya en su programa la eliminación de las 40 horas, declaraciones como las de Meza prenden alarmas. Ojalá que no sean un presagio de lo podría venir.
Francisco Letelier
Sociólogo









