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¿QUÉ HAY TRAS EL ESCÁNDALO DE LAS FUNDACIONES? por Rodolfo Schmal

Los escándalos están a la orden del día. No es algo nuevo. Su tenor, frecuencia y magnitud van cambiando de color en base a las circunstancias, los intereses de la opinión pública y de los medios de comunicación. Cuesta encontrar a alguien que esté libre de polvo y paja. Así como un día están implicados altos oficiales de las FFAA, en activo o en retiro, al otro día lo están altos personeros del mundo empresarial o del mundo político nacional, regional y municipal. Pocos son quienes se libran de la tentación de meter mano. Pocos son también quienes se atreven a poner las manos al fuego por alguien.

Por suerte aún no hemos perdido la capacidad para escandalizarnos, para poner el grito en el cielo; tampoco la capacidad para estrechar el cerco a quienes incurren en conductas, comportamientos, actividades delictuales y cuasi delictuales. Sin embargo, queda mucho trecho por recorrer, como lo demuestran los hechos que hoy nos abruman.

Estamos inmersos en un contexto, un ambiente en el que por tener más somos capaces de cualquier cosa, de incurrir en las barbaridades más inimaginables posibles. Lo estamos viendo día a día.

Tenemos fundaciones creadas con propósitos y objetivos altruistas, oficializadas sin el más mínimo control de verificación de lo que hay tras ellas. Fundaciones que persiguen, de la boca para afuera, satisfacer necesidades de las poblaciones más vulnerables del país. Fundaciones que al final del día fueron creadas para defraudar y que actúan con una impunidad que se quisiera cualquiera de los mortales de a pie. Creadas por quienes se creen intocables, con licencia para financiar con dineros públicos sus caprichos de consumo vía directa o indirecta por medio de testaferros.

Aclaro: ¡no todas las fundaciones! Existen también fundaciones que no solo no merecen reproche alguno, sino todo nuestro respaldo.

La magnitud de estos desvaríos se ha intensificado a medida que el Estado ha estado externalizando gran parte de las tareas que le eran propias a organizaciones del mundo privado, entre ellas, las fundaciones que se crean ex profeso para estos propósitos. Todo esto al amparo de un modelo privatizador que tiene como ley sacrosanta que lo privado es más eficiente que lo público. Ley que bien sabemos tiene sus bemoles. Entre ellos, los que estamos observando en estos días: la corrupción pública-privada.

En la región de Antofagasta, una fundación privada sin mayores antecedentes previos en la temática de un proyecto destinado a favorecer a los más pobres de entre los pobres, se adjudicó cuantiosos recursos públicos para ejecutarlo. Por esas casualidades de la vida, quien preside la fundación, su contraparte pública, el seremi de vivienda, y la diputada de la zona son de un mismo partido. Su fundador, hoy ministro, había sostenido en su momento, que venían a elevar los estándares morales imperantes. Con razón dicen que no hay que escupir al cielo.

En la región de Bío Bío, otra fundación privada, también se adjudica un millonario proyecto con fondos públicos de la gobernación. Este proyecto estaba destinado a la implementación de un programa para mejorar un barrio de la ciudad de Concepción. Si bien el presidente de la fundación no sabía dónde estaba parado, distinto era el caso de la tesorera y directora del proyecto adjudicado, quien fuera candidata a la alcaldía de Concepción. En la ejecución del proyecto se constata la existencia de frondosos gastos en lencerías y restaurantes que nada tienen que ver con el proyecto.

Y así, como una película en movimiento, se van destapando casos y casos, en las más diversas regiones, que ilustran la inexistencia de los debidos y oportunos controles y contrapesos. En buena hora desde los partidos opositores ponen el grito en el cielo. Ojalá lo hubiesen puesto también cuando los afectados eran los suyos.

La postura del caiga quien caiga debe ser de todos, sin excepción, tal como debe ser la del respeto irrestricto a los DDHH en todo lugar y momento, sin excepciones. Sin embargo, no será suficiente si no cambiamos nosotros y el modelo de sociedad en que estamos sumergidos.

Es triste observar cómo dentro de quienes se dicen de izquierda están asomando comportamientos más propios de la derecha, donde el afán de lucro está por sobre la vocación de servicio. El mayor triunfo del neoliberalismo será cuando logre que todos nos transformemos en meros consumidores alfa, beta o gamma.

Ingeniero Civil Industrial Universidad de Chile

Magíster en Informática de la Universidad Politécnica de Madrid, España

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