Solemos reducir lo comunitario al conjunto de organizaciones formales y su interacción con las políticas públicas, pero podemos darle un sentido mucho más amplio. Así como el Mercado permite satisfacer necesidades vía el intercambio privado (usualmente a través del dinero), donde la lógica central es la competencia, la esfera comunitaria lo hace a través de la colaboración y la compartencia (sustantivo del verbo compartir, opuesto a la competencia).
Lo comunitario está en todas partes. En las relaciones familias, en redes informales de vecinos, en grupos de afinidad para el disfrute colectivo (como los de K-pop), en los compañeros de trabajo que comparten cotidianamente el almuerzo, y un gran etcétera. Asimismo, en lo comunitario se produce una amplia diversidad de bienes comunes, materiales e inmateriales. Algunos concretos: una olla común, el cuidado de una plaza, una pichanga. Otros son menos visibles: la participación, la reciprocidad, la confianza, la pertenencia, la identidad, la amistad o el amor. Todos ellos son fundamentales para la vida social, pero no son contabilizados ni considerados por las políticas estatales y, a veces, ni siquiera nosotros mismos reconocemos su importancia.
Usualmente se asume que es necesario «crear comunidad», sin embargo, creemos que lo se necesita es generar condiciones de contexto para que lo comunitario se despliegue. Una aproximación comunitaria a las políticas públicas implica pensar de qué modo estas pueden reconocer, respetar, facilitar o ampliar las oportunidades de los sujetos de buscar satisfacción a sus necesidades mediante la colaboración, tanto en la vida familiar, amical, vecinal o en cualquier otro espacio donde la lógica de la compartencia sea fundamental.
Las condiciones de contexto son, por ejemplo, entornos seguros, espacios públicos de calidad, servicios y equipamientos de proximidad, entre otros. Las condiciones materiales de vida son otro aspecto fundamental. Si una persona no tiene lo suficiente para sostener materialmente su vida, tendrá muy poca energía psíquica para destinarla a participar de la vida común. Alguien que trabaja todo el día lejos de casa y debe destinar una o dos horas diarias para trasladarse, tendrá muy poco tiempo y ánimo para cultivar las relaciones con su familia, sus amigos y su entorno.
Con entornos y condiciones adecuadas las relaciones comunitarias acrecientan su poder para reproducir la vida de manera creativa. Cuando esto no sucede, y las condiciones de vida son precarias, las relaciones comunitarias se estresan, se cierran en círculos cada vez más estrechos, buscando asegurar la subsistencia de cualquier manera.
Hoy el debate está puesto en dos reformas que, a nuestro juicio, son buenos ejemplos de políticas de lo comunitario: la reforma de pensiones y la disminución de la jornada laboral a 40 horas. Ambos proyectos podrían tener un efecto positivo en la ampliación de los mecanismos comunitarios que permiten la reproducción de la vida.
La primera se relaciona con un grupo etario que hoy tiene (y le dedica) más tiempo a la vida en común que ningún otro: las personas adultas mayores. Son ellas y ellos quienes saludan al pasar, hacen la compra en el almacén, apoyan el cuidado de los nietos, controlan el espacio público, mantienen jardines y huertas, etc. Pero, al mismo tiempo, un número importante vive en condiciones de precariedad, lo que limita su participación en la esfera comunitaria. Al aumentar en un corto plazo el monto de las pensiones la reforma tendrá un efecto positivo en las condiciones desde las cuales hacen su contribución a la vida colectiva.
El proyecto de las 40 horas, por otro lado, ayudará a un segundo segmento, uno que está inmerso en la lógica de reproducción del capital: los y las trabajadoras. En su gran mayoría se trata de personas agobiadas por la sobrecarga laboral, que experimentan largos tiempos de viaje y son responsables, a la vez, de la reproducción de la vida familiar. Por tanto, cuentan con poco tiempo y energía para participar de asuntos comunes. Una disminución de la jornada laboral eventualmente permitiría un diferencial de tiempo para dedicarlo a la familia, a la vida amical (que entendemos como parte de la esfera comunitaria), al vecindario o a otros espacios de proximidad y de naturaleza colectiva.
Políticas como estas fortalecen lo comunitario y le permiten tener un papel más relevante en la sociedad. Si dejamos que el capital y el mercado inunden todos los ámbitos de la vida, lo comunitario perderá su potencial creativo y transformador. Al contrario, si promovemos que su lógica colaborativa y de compartencia se despliegue más allá de la familia y la amistad, y crezca en múltiples ámbitos, estaremos conduciendo las energías humanas hacia la reproducción de la vida y la satisfacción de nuestras necesidades, tanto individuales como colectivas.
Francisco Letelier
Ximena Cuadra
Javiera Cubillos
Escuela de Sociología
Centro de Estudios Urbano Territoriales
UCM