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REPORTAJE: Hasta donde aguante el cuero

Luis Jara no canta. Lo suyo es el cuero. Hacer monturas, cortar y coser. Un oficio que se nutre de la tradición campesina. Del caballo chileno. Pese al desinterés de los jóvenes y a la competencia desleal del mundo moderno, la talabartería no se rinde (Texto y fotos: Rodrigo Contreras Vergara)

De joven a Luis Jara no le gustaba trabajar el cuero. Mientras su tío le enseñaba los secretos de la talabartería y le repetía que aprendiera el oficio, que le podía servir, Luis escuchaba a sus amigos en la calle jugar alegres y despreocupados. No fue un amor a primera vista. Se demoró en tomarle el gusto a cortar, moldear y coser.

A los 55 años el ímpetu se calma, sin desaparecer. El tío Luis Miranda Lagos, el que le enseñó a modelar el cuero, tiene 83 años y se fue a vivir a Armerillo. Sigue trabajando la talabartería de vez en cuando.

El cuero es de familia. Y todo se mezcla. Y todos se conocen. En el local vecino trabajan los Fuica, de tradición talabartera, desde Jacinto, el abuelo; hasta Héctor, padre e hijo. Y un hermano que hace zapatos de huaso que Luis vende en su local.

Son tres locales en la 1 Norte, entre 11 y 12 Oriente, cerca del paso nivel. Los más tradicionales, asegura Luis con un dejo de orgullo, muy lejos de las dudas juveniles y agradeciendo la recomendación del tío de aprender el oficio.

Después de trabajar con el tío, estuvo 12 años con Luis González, en un local justo enfrente del actual. Después se independizó. Y ya lleva 26 años siendo su propio jefe. Y eso es bueno. Aunque, mirando de reojo a su esposa, Nora Núñez, que lo escucha detrás del mesón, se corrige: “Bueno, no me manda nadie…excepto…”.

Nora trabaja junto a Luis. Le aconseja. Como la vez que le advirtió, con buen ojo, que no aceptara un cheque. Incluso puede hacer algunos trabajos con el cuero. Pero, fundamentalmente, le acompaña. Se casaron muy jóvenes. Ella, 18 años, y él, 19. Tienen cuatro hijos. Tres mujeres y un hombre. Ninguno se interesó en la talabartería. Quizás a los nietos, se ilusiona Nora al recordar que cuando vienen al taller se ponen a jugar con las herramientas.

PURA TRADICIÓN

Entra al local Francisco Briceño y pregunta por su montura. Luis le dice que está lista. El cliente la mira y revisa. La quiere para “Badajo”, un caballo chileno que ocupa en su fundo “Los Rincones”, al sur de Iloca. Armazón, pellones, estribo, cincha, correas. Todo luce perfecto. El trámite lo cierra Nora.

Briceño cuenta que su familia es pura tradición, 120 años vinculados al campo maulino. “Uno nacía arriba de un caballo”, asegura. Dice que no exagera. Que antes le ponían al caballo una estructura con forma de “riñón” donde afirmaban al niño. Y sin preguntarle nada, advierte que no le hablen de los animalistas y sus ataques al rodeo. “Nadie ama más a los caballos que nosotros”, declara como si se encendieran las cámaras de televisión.

La montura que se lleva Francisco Briceño cuesta 650 mil pesos. Hay otras más económicas de 480 mil. Y otras más caras. Luis Jara tarda, dedicándole horas exclusivas, unos 3 o 4 días en confeccionar una. Pero por lo general el trabajo se alarga. Siempre aparece algo que hacer.

Briceño vuelve. Se le había olvidado la rienda. Aprovecha y se lleva un “adornito” de yapa.

Antes la tradición talabartera se traspasaba de generación en generación. De padre a hijo. Ahora es más difícil que los jóvenes se interesen. Algo similar ocurre con las tradiciones campesinas, aunque se nota menos. Entra un nuevo cliente. Viene de San Clemente. Se llama Juan Pérez y anda buscando un bozalillo para su caballo. El que tiene ya está viejo y quiere cambiarlo. Admite que las tradiciones en el campo se han ido perdiendo. Algo de culpa, acota, tienen los animalistas y sus protestas.

Otra persona entra y pregunta si arreglan cinturones. Sí, contesta Luis. Si la hebilla está cocida se demora 15 minutos. Si está remachada lo arregla altiro. El sujeto lo piensa, pero se va sin concretar el arreglo.

El fuerte de Luis Jara son las monturas. Y los arreglos. También vende trabajos realizados por otros artesanos, como zapatos de huaso, espuelas, argollas y cinchas. “Dios da para todos”. El cuero lo compra en Chillán y en una curtiembre de Talca ubicada en la carretera.

MUCHAS HISTORIAS

Un día llegó al local Virginia Demaría, la reconocida chef y presentadora de televisión, para grabar un capítulo de su programa “Plan V”. Traía una maleta para que le arreglaran una hebilla. Luis no hace habitualmente esos trabajos, pero aceptó el desafío. Arregló la maleta y Dimaría se fue contenta a embarcarse en el buscarril a Constitución. Se le dan bien a Luis las entrevistas. Lo mismo que la atención a los clientes. Sabe que hay que tratarlos bien, conversarles, ayudarlos. Recordó a un gringo que llegó con un traductor al local. Había comprado hacía poco un campo en la zona. Miraba los productos y consultaba. Fue también a otros locales y al rato volvió donde Luis. Venía un poco molesto, el traductor le decía que en los otros locales no lo habían tratado muy bien. Comenzó a pedir productos, tantos que -pensó Luis- se le iba a agotar el stock. No se le agotó. El gringo pagó mucha plata y subió todo a su auto último modelo.

Muchas historias. De las buenas y de las otras. Un tipo intentó llevarse unos zapatos de huaso puestos. Quería probárselos. Se los puso y cuando fue a pagar argumentó que no tenía el dinero. “Voy a sacar plata y vuelvo”, dijo. Sí, como no. Alegó un buen rato. Pero Luis y los compañeros que estaban en el local se pusieron firmes. El sujeto no se iba a ir con los zapatos puestos. Al final no le quedó otra que sacárselos y, entre amenazas, se fue. Otro dolor de cabeza eran los cheques sin fondo. Durante un buen tiempo colgó varios cheques impagos en una vitrina, cuando estos eran más populares. Hoy todo se hace por transferencias o en efectivo.

Luis Jara dice que el negocio ha cambiado mucho. Antes iba a ferias y había uno que otro talabartero. Actualmente hay muchos dando vueltas y la competencia es fuerte. A él lo avala la experiencia y la calidad de sus productos. No se queja. Sin hijos que se interesan en el oficio, seguirá hasta cuando Dios quiera…o el cuero aguante.

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