Inició el año escolar. Regresaron los furgones y los tíos. Ya no son todos los vehículos amarillos. Son más grandes y seguros. Una pega donde se requiere responsabilidad y se puede ser su propio jefe (por Rodrigo Contreras)
El primer día llegué muy encima de las 12 y los tíos miraban insistentemente el reloj, atentos a la salida de los niños. El colegio era el Adventista en la 4 Sur. El único furgón amarillo con el tradicional logo de “Escolares” era el de la señora Marta. Me dice un poco apurada que lleva más de 40 años en el rubro. Ya, pensé, aquí está. Pero el tiempo apremiaba. Le pregunto si venía al día siguiente. Me dice que sí, que iba a llegar tipo 11. Vale, nos vemos mañana entonces.
Llegué puntualmente a las 11. El furgón amarillo no estaba. Sí estaba estacionado un furgón blanco esperando obviamente a los escolares. Le explicaba al tío del tema y le preguntaba si podía entrevistarlo, cuando llega otro furgón y se estaciona detrás. Me dice, mire… ahí llegó la jefa, mejor hablé con ella.
La jefa acepta hablar, pero no quiere que aparezca su nombre. Tampoco quería decir que era venezolana, pero el acento la delata. Le pregunto derechamente y termina por reconocerlo. Llegó hace 8 años a Talca. Trabajó como delivery durante la pandemia. En esa época conoció a gente que trabajaba transportando escolares. Le hablaron del tejemaneje, de los requisitos, de lo que se ganaba. Le gustó la idea y comenzó con los trámites. El curso de conductor profesional, licencia de dos años, intachable hoja de vida como conductor. Todo salió bien. Se compró un furgón (no solo uno) y aquí está, de jefa.
Debe ser, cree, la única extranjera que trabaja manejando furgones. Le ha ido bien. Además, le encanta tratar con niños. Son revoltosos, claro, como todo niño, pero entregan mucho cariño. Los extrañó durante las vacaciones. Contaba las horas para que empezaran las clases. Tiene niños en el Colegio Adventista y también en otros del centro. Le cuento que estoy esperando a una señora que lleva más de 40 años en el rubro. La identifica altiro. Sí, la señora Marta, la del furgón amarillo. Esa, sí, no ha llegado todavía. Son las 11:25 y Marta no aparece. La jefa se impacienta y para deshacerse del periodista preguntón indica que adelante se acaba de estacionar el tío Cristian.
Los apoderados comienzan a ubicarse delante de la salida del colegio. Varios llegan en sus autos y se estacionan como pueden, algunos se suben a las veredas y comparten espacio con los furgones escolares. Los vehículos que transitan por la 4 Sur deben disminuir la velocidad al enfrentar unos conos que avisan que el paso de cebra frente al colegio está recién pintado.
Cristian es Cristian Arancibia. Lleva cuatro años dedicado al trasporte escolar. Antes, pasó algo muy personal que le hizo mirara las cosas desde otra perspectiva. Falleció su padre, con quien a los 11 años aprendió a manejar una micro. Él era chófer de michos en Talca y le traspasó el interés por los autos y la conducción. En esa época Cristian llevaba 10 años trabajando en una empresa grande, con mucha presión y complicados horarios de trabajo. ¿Es esto lo que quiero para mi vida?, se preguntó. La respuesta fue que no, que no quería estar atado a ese ritmo. Cristian quería ser su propio jefe. Un conocido que trabajaba transportando escolares le contó cómo era rubro, qué tenía que hacer para incorporarse. Le dio unas vueltas y como el trabajo cumplía la regla de ser su propio jefe, se decidió y compró un furgón. También, como es requisito, debió sacar la licencia profesional, hacer un curso y completar todos los trámites y exigencias de la ley que regula este tipo de transportes.
El año pasado Cristian transportó a 18 niños. Y este año empezó con 26. Lo más importante es que tras cuatro años le tomó el gusto. Le agrada interactuar con los niños. Aunque puede llegar a ser difícil, porque los menores por naturaleza son inquietos, no le han tocado casos complicados. Sabe perfectamente cuando un pequeño está enojado. Y cuando tiene que poner orden lo hace y los niños entienden. Los ve casi todos los días durante diez meses, año tras año, así es que los va viendo crecer. Les toma cariño y a los papás también. En esta pega, explica, hay que tener buena disposición, en especial con los padres que quieren que sus hijos viajen seguros y a cargo de personas responsables.
Por norma, Cristian sale con bastante anticipación a buscar a los niños. A veces los papás le dicen que por qué tan temprano. Pero a él le gusta andar con tiempo ante cualquier imprevisto. No es cosa de andar apurado, menos con los problemas de tráfico de la ciudad. Hay puntos complicados como la Avenida Circunvalación, viniendo del barrio Norte. El centro es siempre complejo en las horas punta. No andar apurado es finalmente un tema de seguridad. Con mayor razón tratándose de transportar niños.
Cristian piensa que fue una buena decisión dejar su antiguo trabajo. Manejar un furgón escolar implica, asegura Cristian, ser responsable para llevar de manera segura a los menores a sus colegios y hogares. Es, en definitiva, su propio jefe.
Son cerca de las 12 y todos los tíos se acercan a las puertas del colegio a buscar a los niños. La tía Marta no apareció ese día.








